“Francia en la presidencia de Hollande”

El libro de John Gaffney, “Francia en la presidencia de Hollande”, muestra al presidente francés como un personaje que parece luchar contra un vendaval permanente de críticas y descontento
Tal es la desorganización en la derecha francesa que Hollande bien puede vivir para pelear otro día en las elecciones presidenciales de Francia en 2017.
Tal es la desorganización en la derecha francesa que Hollande bien puede vivir para pelear otro día en las elecciones presidenciales de Francia en 2017. (Foto: Shutterstock )

Es una imagen bien elegida. El amable político socialista parece el gerente del banco local de todo el mundo y que eligieron en mayo de 2012 para un periodo de cinco años como presidente de Francia. Su taza de desgracias se empezó a llenar en su ceremonia de inauguración al aire libre, cuando un torrente de lluvia lo empapó y nadie le ofreció un impermeable o gabardina. Dos años y tres meses después está empapado hasta el tuétano por una tormenta que barrió Sein, una isla rocosa de Bretaña donde conmemoró la liberación de Francia en la Segunda Guerra Mundial.

Los errores que marcaron la primera mitad de su mandato convirtieron a Hollande en el presidente más impopular desde que Charles de Gaulle instauró la Quinta República en 1958. Ganó la presidencia con la promesa de ser “normal”, todo lo que su presuntuoso predecesor, Nicolas Sarkozy, no era. Pero no comprendió bien cómo funciona el poder presidencial en Francia de los tiempos modernos, dice Gaffney.

En particular, él y su equipo no pensaron lo suficiente si se podría lograr una “normalidad” en un sistema y cultura política que señalan al presidente como una figura fuera de lo común, con una relación única, casi mítica, con la gente. Todos los ojos en Francia están puestos en el desempeño público del presidente, y si se queda corto, el pueblo le da un veredicto implacable. Para finales de 2014, el punto de corte del libro de Gaffney, Hollande era objeto de la burla, la antipatía y el desencanto.

En opinión de Gaffney, profesor de política de la Universidad Aston en el Reino Unido, Hollande cometió cuatro errores. No le aclaró a los votantes lo difíciles que iban a ser los procesos sociales y económicos; no explicó lo duro de los recortes del gasto público que Francia tendría que hacer; prometió un nuevo amanecer ético que no podía lograr; y presidió “un ambiente de vaudeville en términos de desempeño político”.

El cuarto error, que perforó su mística presidencial al hacer que los franceses se burlaran de él en lugar de sólo criticarlo por sus fallas en política, se conecta con Valérie Trierweiler, su compañera al inicio de su mandato. En junio de 2012 ella tuiteó su apoyo por un simpatizante de izquierda disidente que también competía en la elección contra Ségolène Royal, la ex pareja de Hollande y madre de sus cuatro hijos. Con este tuit, Trierweiler se convirtió en algo más que una bala perdida en el Palacio del Elíseo: “Se convirtió en un misil Exocet”, escribe Gaffney.

La sensación de que la presidencia de Hollande descendía a una descarada historia de postal al lado del mar se intensificó a principios de 2014, cuando una revista de moda publicó fotografías que expusieron su romance con la actriz Julie Gayet. Como Gaffney lo pone, “había algo cómico y que disminuía a la presidencia de que su escapada no fuera en un Ferrari (como se rumora que Valéry Giscard d’Estaing, un ex presidente, lo hizo alguna vez) sino en la parte trasera de una motoneta”, conducida por un chofer que obedientemente llevó a la pareja por sus croissants de la mañana.

El punto más bajo llegó en septiembre de 2014 con las memorias de Trierweiler, una implacable destrucción de una personalidad que pintó a Hollande no como alguien tan tranquilo, modesto y compasivo con los franceses comunes -la personalidad presidencial que cultivó- sino como un hombre obsesivo, hipócrita y con desprecio hacia los pobres. 

Lejos de restaurar la dignidad de su cargo del que acusó a Sarkozy de haber desperdiciado, Hollande simplemente aceleró una tendencia en la que lo sagrado del sistema político de la Quinta República se arrastra hacia lo profano. Mientras tanto, a Hollande se le termina el tiempo para sacudir a Francia de su letargo económico.

Tal es la desorganización en la derecha francesa, y tal es la falta de apetito de la izquierda por un candidato diferente, que Holland bien puede vivir para pelear otro día en las elecciones presidenciales de Francia en 2017.

Pero la Quinta República, con su retorcido énfasis en la imagen presidencial y en el papel que desempeña, es un sistema que necesita una renovación. El libro de Gaffney plantea preguntas importantes sobre los procesos políticos modernos de Francia y, sobre todo, la naturaleza del poder presidencial.