Esperar lo inesperado

El tablero de juego cambia muy rápido en el sector energético mundial. Bastan tres ejemplos de los últimos cinco años para pensar distinto el tránsito de México rumbo a un nuevo modelo energético
Aldo Flores Quiroga. Secretario General del International EnergyForum (Arabia Saudita)
Aldo Flores Quiroga. Secretario General del International EnergyForum (Arabia Saudita) (Foto: Cortesía)

La persuasión de un gran número de analistas en 2008 era que se avecinaba una era de precios de petróleo altos porque los costos de producción aumentarían ante el fin del petróleo fácil y los vaticinios de escasez prolongada. Las primeras fisuras en esa perspectiva surgieron a partir de 2011 con el inesperado crecimiento en la producción de Estados Unidos en yacimientos no convencionales, convertido después en un enorme boquete con el aumento espectacular en la producción de ese país. El impacto fue tal que, a pesar de la pérdida de producción que siguió a la Primavera Árabe en Libia, Yemen y Siria, y la reducción en la oferta de Irán por las sanciones a su programa nuclear, la oferta mundial es aún mayor y los precios bajos desafían los pronósticos de hace apenas un año. Los miembros de la OPEP ni siquiera intentaron revertir esta tendencia, planteando nuevas preguntas para el futuro del mercado petróleo.

En 2010 se hablaba de un renacimiento de la energía nuclear y estaban en marcha iniciativas internacionales promoviéndolo activamente, pero el accidente de Fukushima en 2011 puso fin a esta visión. Japón cerró centrales nucleares hasta nuevo aviso, Alemania anunció que las cerraría por completo y varios países suspendieron sus planes. No ayudó tampoco el aumento de costos y la demora en la entrega de centrales en construcción. Hoy Japón ha reiniciado la operación escalonada de centrales nucleares porque otra ruta le es insostenible, Alemania confirma que las cerrará en vista de la oposición interna y China retoma el ritmo nuclear en búsqueda de energía limpia y mayor seguridad de suministro. El renacimiento esperado es incierto y el ánimo del sector viró del optimismo al pesimismo.

Ante el inevitable aumento en la demanda de gas que siguió al cierre de centrales nucleares, el precio del gas subió a niveles insospechados en Asia y Europa, mientras la bonanza norteamericana generaba expectativas de una “era dorada del gas”. Pero los bajos precios del carbón redujeron el atractivo del gas en Europa, y el conflicto en Ucrania puso la alerta sobre la seguridad de suministro de gas de Rusia. Los precios del gas cayeron de la mano de los del petróleo, las energías renovables lograron avances significativos y la expectativa de una creciente oferta en el Pacífico auguró un futuro difícil para las compañías gaseras. Aún no sabemos si el gas tendrá una era de oro, plata o bronce, si bien es claro que su consumo continuará aumentando.

El común denominador es que eran impredecibles. Nadie podía saber que uno de tantos empresarios trabajando en una esquina de Texas encontraría la clave que derivaría en la revolución de los mercados de petróleo y gas. Nadie podía imaginar que la trágica protesta de un vendedor de frutas en Túnez derivaría en la Primavera Árabe y la caída en la producción petrolera del Norte de África y Medio Oriente. Nadie, o casi nadie, tomó en serio la errónea colocación de los generadores de respaldo (de diésel) de la central de Fukushima, que cesarían de funcionar una vez inundados y agravarían el impacto del terremoto y el tsunami. El efecto de cada una de estas actividades fue como el del famoso aleteo de una mariposa que puede provocar un huracán en otra parte del planeta. Una circunstancia local provocó una reacción en cadena que terminó cambiando al mundo entero.

El cliché aplica al sector energético como anillo al dedo: la única constante es el cambio. Habría que agregar que se trata de un cambio que sorprende una y otra vez, y que ahora significa una nueva era para el sector energético mundial. El motor del crecimiento de la demandase ha desplazado rumbo a Asia; la oferta petrolera cuenta ahora con tres polos en Arabia Saudí, Rusia y Estados Unidos. Los mercados financieros influyen cada vez más sobre los precios de los energéticos; el carbón más que el gas plantea desafíos competitivos para las energías renovables. La geopolítica regresa con giros nuevos y viejos a jugar la partida en el tablero petrolero. La lista de novedades y vaivenes podría extenderse a lo largo de muchas páginas.

La apertura brinda al sector energético de México nuevas herramientas para adaptarse a esta realidad cambiante. Pero no basta con tener fe en las fuerzas del mercado ni en el voluntarismo del Estado para conseguir los anhelados logros de la reforma. Es preciso que las empresas energéticas del país aprendan a vivir en un ambiente dinámico e impredecible, algo que no han hecho bajo el paraguas de Pemex. Es imprescindible que el gobierno deje a Pemex comportarse como verdadera empresa, regule mejor al sector en su conjunto y encauce la competencia para el bienestar general. Y es clave que la sociedad siga procurando la responsabilidad del sector energético con el medio ambiente y la comunidad. La reforma energética propone, pero la dinámica y cambiante competencia global dispone.