Michelle Bachelet: la joven que se convirtió en presidenta

La infancia de Bachelet y la relación con su padre marcaron la vida de la hoy jefa de estado

El libro “Hijas de General” es la historia de Michelle Bachelet y Evelyn Matthei, quienes de niñas jugaron juntas y en su adultez se encontraron contrincantes para la Presidencia de Chile. Las periodistas Nancy Castillo y Rocío Montes son las autoras responsables de esta historia, publicada en 2013, llena de detalles íntimos de la vida de las dos candidatas.

Aquí algunos extractos de la investigación periodística, todos ellos sobre la infancia y adultez temprana de la hoy presidenta de Chile.

“Él, Alberto, le decía Mica a su única hija.

Ella, Michelle, lo llamaba Papá.

29 de septiembre de 1973.

Mica, No te podré cantar el ‘Feliz cumpleaños’.

No te podré abrazar, besar ni entregarte algún regalo.

No te podré invitar a comer donde los chinos. Pero te deseo un montón de felicidades, otro montón de abrazos y besos en tu cumpleaños, con el cariño y amor de tu padre, que siempre te recuerda, esté donde esté.

Ni siquiera detenido, Alberto Bachelet dejó de preocuparse de su hija que acaba de cumplir 22 y ya milita en la Juventud Socialista”.

“Debe permanecer su primer mes de vida en una incubadora. El nacimiento prematuro de Michelle definirá la relación del padre con ella: siempre la cuidaría mucho y la intentaría proteger. Bachelet —como buen militar— es preocupado de la disciplina. Pero con sus niños es tierno y cariñoso, como con su esposa Ángela. En la casa del paradero 28 de Gran Avenida —actual comuna de El Bosque—, la pequeña Michelle suele arrastrarse por el living y acercarse hasta donde su padre lee el diario. Él deja el periódico, la pone encima de su pecho y allí, acurrucada, Michelle se termina de tomar la mamadera. No será casualidad, entonces, que muchos años después, el 27 de marzo de 2013, Michelle Bachelet escoja El Bosque para realizar el discurso donde anuncia su repostulación a La Moneda: ‘Mi casa todavía está en Los Morros, donde está el departamento de Salud Municipal’, dirá en esa oportunidad”.

“La hija del general Bachelet adora el cuarteto de Liverpool y, en especial, a Paul McCartney. Su nivel de fanatismo por el grupo lo refleja una anécdota que una de sus compañeras de curso recordó en 2004. Sucedió en una clase de castellano. Todas las alumnas debían llevar una fotografía de algún familiar y relatar una de sus historias. Michelle olvidó la tarea y, pese a que hurgaba en su bolsón, no aparecía ninguna imagen. Hasta que le tocó su turno y, entonces, sucedió un milagro. —A ver, señorita Bachelet, ¿qué nos trajo usted? —preguntó la profesora. Sin inmutarse, Michelle mostró una fotografía de un joven de pelo largo que guardaba en uno de sus cuadernos. Y explicó: ‘Es mi primo que vive fuera de Chile y que tiene un grupo musical. Se llama Ringo. Ringo Bachelet’. Mucho tiempo después Bachelet se encontró con su profesora de castellano en una tienda. A esas alturas la imagen de cada uno de los integrantes de The Beatles era conocida por todo el mundo. Cuando se despedían, la anciana le dijo: ‘Pucha que es famoso su primo, señorita Bachelet’. Y le guiñó un ojo”.

“El 14 de septiembre de 1973, dos días después del golpe, comienza la etapa más compleja del general: lo detienen en su domicilio. Permanecerá desaparecido por un mes. Ni Ángela ni su hija saben de su paradero. Ambas están solas: sin el militar y sin Betingo, quien vive en Sidney. Bachelet padre, cincuenta años, está preso en la base aérea de Colina y en la Academia de Guerra Aérea, desde donde se las ingenia para hacer llegar mensajes a su familia. En una primera carta, fechada el mismo 14, pide ropa, útiles de aseo y sus remedios para el corazón. ‘Un largo abrazo, mami, y otro para Michelle’, escribe en una pequeña hoja de papel cuadriculado. En una segunda misiva, que data de alrededor del 21, le da instrucciones a su mujer respecto de diversos trámites. Nunca deja de mencionar a su hija: ‘Decirle a Michelle que lo más importante es que sea pronto una doctora excelente ; dicho en otras palabras, que estudie’.”

“Entre el 11 de septiembre de 1973 y el 12 de marzo de 1974, fecha en que fallece el general Bachelet en la Cárcel Pública, el padre y la hija viven un capítulo intenso que marcará para siempre la vida de la socialista. La noticia de esa muerte se la da su madre. Michelle, universitaria, está pasando visita a los pacientes de cirugía cuando de pronto ve a aparecer a Ángela Jeria en la sala. Sabe de inmediato que algo malo ha ocurrido. Lo ve en la cara de su madre. —Alberto murió —le dice Ángela. Michelle no puede ni quiere creerlo. Se abraza con su madre. Y así, una en brazos de la otra, lloran. La muerte prematura de su padre y sus circunstancias han sido hasta ahora el episodio más doloroso y traumático de la vida de Michelle.”

“Ángela y Michelle no lo sabían, pero esa historia aún no había terminado . Once meses después, ambas serían detenidas en Villa Grimaldi y Cuatro Álamos y saldrían juntas al exilio. Primero Australia, luego Alemania Oriental. Cuando Michelle está en la RDA, la visita su novio Jaime López. Es un destacado dirigente socialista que se ha quedado en Chile de clandestino organizando la resistencia contra Augusto Pinochet. El muchacho tiene miedo y le confiesa a su polola que existe el riesgo de que lo detengan si regresa a Santiago. Ella no lo duda y le dice que debe hacerlo. El ejemplo de su padre sigue vigente en esta muchacha de 25 años, que considera que el general murió por ser consecuente. ‘Yo de ti no espero menos’, le dice, animando a López a volver a Chile. El joven lo hace. En junio de 1975 se pierde su rastro, después de ingresar al país de manera clandestina. En el PS existe la certeza de que, después de sufrir torturas, López comenzó a colaborar con la DINA y se convirtió en un traidor. ‘Cuando nosotros mentíamos en algo o decíamos algo que no correspondía, la gente decía : ‘Vamos a preguntarle al computador’. Y ese computador era Jaime López’, recuerda Gladys Cuevas, amiga de Michelle de la JS y detenida en Villa Grimaldi. Michelle Bachelet, enamorada, no puede creer que se haya convertido en un delator. Su amiga Gladys Cuevas reflexiona: Yo creo que lo que la prensa llama desconfianza (en Michelle) no es desconfianza. Es saber que las personas, por buenas que sean, pueden fallar”.