Los mexicanos compran España

Dicen los expertos que, a diferencia de otros inversionistas, en general los mexicanos tienen pretensiones más duraderas. 
Mariachi
(Cortesía)

España

Por los precios bajos. Por la lengua y cultura común. Por diversificación geográfica. Por volver a la tierra de los antepasados. Por ingresar al mercado europeo. Por confiar en que pronto llegará la recuperación económica y los beneficios aumentarán. Por motivos como éstos, los grandes empresarios mexicanos llevan ya dos años dando rienda suelta a sus chequeras para comprar varias empresas españolas. Según el Ministerio de Economía de España, desde el año pasado México es el séptimo país que más ha invertido en La Madre Patria. Y de acuerdo con el Banco Nacional de Comercio Exterior de México, la tendencia va en aumento, pues sostiene que “es un buen momento para invertir en España: es un mercado muy atractivo, los precios están por debajo de su valor natural y los indicadores muestran que ahora su economía solo puede ir a mejor”.

Dicen los expertos que, a diferencia de otros inversionistas (sobre todo de los anglosajones, que suelen apostar más por la especulación), en general los mexicanos tienen pretensiones más duraderas. México tiene una macroeconomía estable, liquidez y, sobre todo, ganas de ir más allá de su continente. Empresas como Cemex, Bimbo, Grupo VIPS o Televisa, aterrizaron en la península ibérica desde hace varios años. De ellas, hay quien va y viene. Bimbo, por ejemplo. En 2001, la compañía de los Servitje vendió su filial hispana por 900 millones de euros a la estadunidense Sara Lee. Una década después, en plena crisis económica, la recompró por 115 millones de euros. Con negocios así, ¿quién no querría estar presente en el mercado español?

Pero hay una fórmula que parecen seguir los magnates: comprar una empresa por una cantidad inferior a lo que valía antes de estar en problemas financieros, “sanearla” (es decir, pagar sus deudas y hacer un recorte de personal, entre otras cosas), relanzar al mercado sus productos y, si funciona, seguir adelante con ella. De lo contrario, la revenden por un precio superior al que la compraron. De esta manera, la casa nunca pierde y “aquí paz y después gloria”.  Por el momento, los mexicanos están en la fase de compra y saneamiento.

En noviembre de 2013, el Grupo Sigma, de Armando Garza Sada, adquirió la mayoría de las acciones de Campofrío, compañía de alimentos cárnicos y embutidos. Poco antes, David Martínez, del fondo estadunidense Fintech, invirtió en la ampliación de capital del banco catalán Shabadell, cuyas oficinas fueron compradas, también, por 300 millones de euros desembolsados por Moisés El-Mann, promotor de complejos turísticos y centros comerciales. Por su parte, Miguel Valladares es ahora el segundo accionista de Zinkia, una productora de series de animación. La familia Martín Bringas, propietaria de los supermercados Soriana, es parte de Tandem Capital, una sociedad de capital de riesgo valenciana que invierte en empresas medianas españolas de alimentación, distribución y ocio.

El grupo ADO adquirió por 800 millones de euros la compañía de transportes Avanza. El Banco Popular recibió una inyección de capital del grupo inversor encabezado por Antonio Del Valle, cabeza de BX+ y del grupo petroquímico Mexichem. Roberto Alcántara, presidente del Grupo Toluca y de VivaAerobús, invirtió 100 millones de euros en el grupo de comunicación Prisa (editor del diario El País). Y, por supuesto, no podía faltar Carlos Slim quien, además de invertir en otro banco, La Caixa, compró el equipo de futbol Real Oviedo. Pero no solo los particulares traen sus millones a España. La estatal Pemex ha “salvado” de la desocupación a los empleados de los astilleros gallegos al encargarles la construcción de barcos y grandes buques para alojar a los trabajadores de sus plataformas petrolíferas.

Juan Carlos Martínez Lázaro, profesor de economía de la escuela de Negocios del Instituto Empresa, institución académica que forma a la élite española de los negocios, considera que “la economía mexicana y sus compañías han crecido mucho en los últimos años y ahora están inmersas en una estrategia de internacionalización que, en una primera fase, se centró en Latinoamérica y Estados Unidos, pero que ahora mira hacia Europa. Y comienzan por España porque es la puerta perfecta de entrada hacia el continente”.

Claudia Luna, economista mexicana residente en Madrid desde 2006 y directora de la revista Conexión Hispanoamericana, sostiene que esta tendencia “es una cuestión de oportunidad, pero también de simpatía mutua. Por historia y porque España es el segundo socio comercial de México, después de Estados Unidos. Hay un potencial para que un centenar de empresas mexicanas lleguen a España. Por ahora han sido las grandes, pero pronto llegarán las Pymes”.

A pesar de una serie de fuertes reformas estructurales (impuestas por la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional), España no logra salir del estancamiento económico. Miles de jóvenes (la generación más preparada en toda su historia) emigra a otros países en busca de oportunidades, pues el índice de desempleo no baja del 25 por ciento y, por si fuera poco, la deuda pública del país supera el billón de euros (98 por ciento de su Producto Interior Bruto), la economía general de la eurozona tampoco avanza y España no puede devaluar su moneda, como lo había hecho antes con la peseta. México, en cambio, es por ahora un país con 12 de sus ciudadanos entre las mil primeras fortunas del planeta, según Forbes, y que, de acuerdo con el informe de riqueza mundial elaborado por Credit Suisse, en el año 2018 tendrá 273 mil millonarios dispuestos a salir de comparas por el mundo. Así son los caprichosos ciclos de las economías y mercados. A finales de los noventa, después de la crisis del “efecto tequila”, los empresarios españoles desembarcaron con fuerza en México y, mientras esperan beneficiarse de las reformas del presidente Enrique Peña Nieto para que realicen lo que podría ser una “segunda oleada de inversiones”, ahora es el turno de los mexicanos.