El trompo y el guante de Hualahuises, en el olvido

Artesanos señalan que cada vez son menos los pedidos para fabricar estos artículos que anteriormente le dieron notoriedad al municipio.

Hualahuises

Hualahuises, municipio artesanal". Así se recibe a los viajeros de la Carretera Nacional, cuando llegan al que han considerado El Vaticano de Nuevo León.

Se le nombra así porque Hualahuises quedó encerrado en el municipio de Linares, y lo artesanal se debe a su fino trabajo de talabartería, la fabricación de juguetes de madera y a los reconocidos guantes de beisbol Joga.

En la mayoría del año las calles del municipio están prácticamente solas, donde sólo se aprecia el paso de los vecinos y una que otra bicicleta.

Previo a las fechas decembrinas en el taller de don Juan Morales Zúñiga, a una calle sobre la carretera, los tornos eléctricos están callados y no hay niños que bailen el trompo.

En la plaza principal se escucha un ligero martilleo. Provienen de una casona antigua de un deslavado color rojo. Tres personas golpean la piel y dan los últimos detalles a los guantes de beisbol, mismos que pasarán a la bodega mientras esperan comprador.

Las artesanías del municipio de la región citrícola parecen descansar previo a las fiestas decembrinas.

Taller en silencio

"Los trompos que les voy hacer para las fotos son los únicos que hecho por estas fechas". Con una sonrisa, don Juan Morales Zúñiga invita a todo aquel que llegue a su taller.

Sin rejas, en Hualahuises todavía se pueden quedar las puertas abiertas del taller sin problemas.

Con más de 40 años, Juan Morales Zúñiga se ha dedicado a ser tornero. Bajo un árbol situado a un costado aprendió, de ver a su padre, el arte de fabricar "trompos, yoyos, baleros, palotes para las tortillas de harina, mangos para los sellos, baquetas para la batería, patas de cama. Con muestra todo le hacemos".

Pero durante décadas lo más solicitado fueron los juguetes, y ello le dio una fama regional que llevó sus trompos y baleros a Poza Rica, Matamoros, Reynosa y Ciudad Valles.

Don Juan formó parte de un negocio al que también se dedicaban 14 familias del municipio, entre la década de los 70 y 80. Entre todo el pueblo, la producción de juguetes superaba 50 mil trompos por semana.

"Cuando llegaba el 30 de abril hasta se prevenía uno, yo llegaba a guardar hasta cien o 200 mil trompos, hablamos de hace unos 15 o 20 años. Ahora no hacemos ni mil para esas fechas", comenta.

Si el visitante se descuida un segundo, se perdió el proceso en que don Juan convierte un tronco de madera en un trompo. Darle la forma, lijarlo, hacerle las ranuras, pintarlo y encerarlo no tarda ni un minuto. El trompo gira rápidamente en el torno, y de ahí se espera que haga lo mismo en la mano del niño.

"Yo te voy a decir una cosa, que no cualquiera tornea trompos, no cualquiera, o sea hay que machucarse uno para tener la habilidad de hacerlo rápido", lo dice el hombre, que perdió una parte del dedo central de su mano izquierda.

Pero hoy el taller está en silencio, y así ha estado por gran parte del año. Don Juan tiene su empleo fijo en el ayuntamiento municipal, por lo que hacer juguetes pasó a segundo término.

"Ahora para la Navidad tampoco, está fría la cosa, no hay pedidos. Yo siempre he dicho, no sé, a la mejor estoy equivocado, que ha hecho falta promoción. Se habla mucho de artesanías pero acá no llega nada, o sea estamos en el aire", comenta.

Dos de sus tres hijos varones se enseñaron, como él, nomás viendo, a hacer trompos. Hoy no es su principal fuente de ingresos.

Los guantes del Toro

La situación parece no ser tan grave en los guantes Joga. Cuando el beisbol era el deporte rey en la región, se surtían guantes de piel fabricados en Hualahuises a todos los pueblitos y grandes ciudades del país.

Joaquín García Garza recuerda los buenos tiempos. Un día Fernando El Toro Valenzuela jugó con uno de los guantes hechos en Hualahuises, lo que sin duda catapultó la fama del producto. La fama del guante Joga, además, es que pueden durar hasta 20 años en perfectas condiciones.

"Con Fernando Valenzuela, en 1982, le vimos un guante de nosotros. Ramiro Peña trae nuestros guantes, el jugador de aquí que estaba en Yankees y ahora juega para Atlanta", comenta Joaquín Garza, quien fundó la empresa hace 37 años en el patio de la casa de su madre.

Cuando el beisbol seguía siendo el rey, hace no más de 20 años, el negocio empleaba a 35 personas llegando a producir una variedad de 20 guantes, en unidades de 300 a 400 por semana. Hoy no se fabrican ni cien.

"Depende mucho del mercado, si el mercado nos jala pues nosotros tenemos capacidad para trabajar con cien personas, ahorita sólo ocupamos el 10 por ciento", refiere.

En la sala principal del taller tres hombres dan los toques finales a los guantes: las perforaciones para meter las correas, se golpea para aflojar la piel y costearlo para darle forma a los dedos.

Al fondo hay dos mujeres cosiendo la piel, aunque todo comienza con don Edmundo García Garza, quien corta la piel de res, según el tipo de guante que se pida.

Nacido en Montemorelos, él tiene los 37 años de la empresa trabajando ahí. Ha visto como el taller se llenaba de empleados para ahora ser sólo 5 los trabajadores.

Jugador de las nueve posiciones del beisbol en sus buenos tiempos, hoy se dice feliz con el empleo que tiene aunque sabe que los tiempos no son los mismos de antes.

"Sí me gusta esto porque hay mucha gente que lo admira, en la forma en que muchos dudan cómo se hace y aquí, pues, Nuevo León tiene esta marca. Surtimos muchos años al sur, pero después se puso un poco difícil para las ventas, porque bajó", expresa.

Don Edmundo debe seguir cortando la piel para darle forma las manoplas, porque ahora tienen un pedido de guantes pero que será el único de la temporada.