“Sus huesos estaban desunidos; lo limpié, lo pegué y lo armé”

De los cinco taxidermistas que laboran en Nuevo León, William Alexander trabaja con mascotas. Cuenta que comenzó en el arte de disecar animales a los 15 años, cuando desenterró a su perrito muerto ...

Las dimensiones de su taller son muy distintas al espacio donde comenzó a guardar animales muertos a los ocho años, cuando ocultaba restos de insectos y otras especies dentro de una caja de cartón bajo su cama.

Aunque William Alexander argumenta que fue su profundo amor a los animales lo que lo llevó a practicar el arte de la taxidermia, sus padres se oponían a ese oficio. Lo tachaban de loco y pecador.

"Mi madre y mi padrastro me decían que estaba loco y mi papá me decía que era dañar la fauna y un daño hacia Dios, que conservar un animal muerto era un pecado de Dios. ¿Cómo va a ser un pecado? Si estoy tomando algo que está muerto para darle vida, para que lo vean, no sólo yo", argumenta abriendo sus ojos oscuros que se ocultan bajo una gorra en color azul.

Cuando William explica tener el don de disecar animales, lo hace con las manos sobre el corazón de un caballo. El órgano mide poco más de veinte centímetros, su color es marrón, con ciertas fisuras rojizas, y al levantarlo un líquido viscoso escurre entre los orificios que conectaron con las arterias del equino.

Sin embargo, esto no es lo único que espera su turno en el taller. Ese espacio con inofensivas tonalidades cálidas en sus muros, se decora con cráneos blancos de todo tipo de especies, mientras en la ventana, a un lado del escritorio ondea una bandera de El Salvador, su tierra natal.

En el suelo se hay una gran cantidad de moldes en forma de animales y el patio de 3 metros de ancho por unos 10 de largo resguarda más de 50 de estos modelos en forma de un león, ya sea acostado o parado, un pato, un gallo y varias iguanas.

Desde los 10 años de edad, William mostró interés por abrir y explorar las más profundas cavidades de insectos que provenían de la biodiversidad de El Salvador. A los 15 años disecó a su mascota.

"Se me murió mi perrito, lo enterré, y luego al mes lo saqué. Todos sus huesos estaban desunidos; lo limpié con cloro, lo pegué y lo armé", explica moviendo sus manos morenas, gruesas y con callos.

La curiosidad desenfrenada por explorar animales con dimensiones cada vez mayores lo introdujo a laborar en el Museo de Historia Natural de El Salvador, aunque dejó a medias sus estudios en la Facultad de Biología.

"Los biólogos, paleontólogos, me decían: 'Te veo muy activo, con muchas ganas de hacer algo, ¡vamos a escarbar huesos de dinosaurios!' y yo: '¿Qué?', tenía 17 años", recordó entusiasmado.

Convivir con expertos en la taxidermia y biólogos lo llevó a desarrollar el oficio con el que mantiene a su esposa y dos pequeños hijos.

Para su familia, fraternizar entre un gran congelador repleto de animales en pellejo con pieles cubiertas por sal, cráneos, un corazón de caballo, grasa recién desprendida de la dermis y unos cuantos chorros de sangre, es algo cotidiano.

"Tengo 10 años de que me vine a Monterrey, salí a los 18 años de El Salvador. ¿Por qué me vine? Por las circunstancias; una, la delincuencia, los mara salvatruchas; otra, la complicación económica, el apoyo de la familia y aquí (Nuevo León) hay mucha cacería", argumentó.

Al trasladarse al noreste de México, se dedicó sólo a animales de caza, como venados, pumas y hasta un enorme león, al que le dejó intacta su larga y dorada melena.

Pero en los últimos años, el arte de disecar mascotas ha sido una técnica muy solicitada en la entidad, pues de los cinco taxidermistas que laboran en el estado, sólo William cuenta con la paciencia de tratar especies pequeñas.

"Debes ser un profesional y un artista para poder realizar este tipo de trabajo. Para poder realizar lo que el cliente tuvo por años, y yo no tengo años con el perro, yo tengo semanas con él, y muerto", argumentó William cuando mostró el contrato, donde el dueño se compromete a costear los gastos y él a entregar un buen trabajo.

Mientras relata el proceso, William raspa con un bisturí el cebo del pelaje de un marrano europeo, traído desde Sinaloa. La cremosa pasta con un tono amarillento cae al piso, lentamente.

Al tener la piel sin grasa, la limpia en bórax y después se coloca para ser curtida. La dermis, desde su primer roce con los químicos, crea una reacción similar a un volcán en erupción, pues un humo blanco cubre el recipiente, mientras un efusivo burbujeo brota desde dentro.

A William no le basta con lo laborioso del proceso; también esculpe el molde donde será montada la piel, una vez curtida y lavada.

"Fabricamos el molde de poliuretano, y le colocamos la piel con barro, con el molde estamos ahorrando material, estamos haciendo arte y conservando la naturaleza", mencionó al guardar botes vacíos de plástico dentro del molde, antes de ser cubiertos con poliuretano líquido.

Luego, William, con delicadeza, da forma al torso de un labrador, cuidando de no dejarlo con una enorme panza y perfeccionando cada doblez del cuerpo.

Después, desdobla cada pliegue de la piel, que luce impecable y natural, la inserta al molde utilizando barro, y al finalizar cose la dermis para dejar intacta a la mascota, con una mirada fija y posicionada como su dueño le indicó al taxidermista.

El complicado proceso de taxidermia lo hace con cariño, así le entreguen gallos con gramos de maíz en el estómago, o becerros con dos cabezas, como ya le ha sucedido.

Al terminar, muestra las fotografías de las especies a las que logró "devolverles la vida", mientras dirige su mirada hacia la entrada y dice: "Siempre me pregunto: ¿ahora qué va a entrar por esa puerta?"