“Uno se tiene que amarrar la tripa para darles escuela”

La familia Campos Álvarez vive desde hace nueve años en las orillas del arroyo El Obispo, donde no sólo se enfrentan a múltiples carencias, sino a los prejuicios de la sociedad.

Santa Catarina

El olor a basura en los márgenes del arroyo El Obispo, cerca de la colonia San Francisco, en el municipio de Santa Catarina, retan las estadísticas que aseguran que en Nuevo León la pobreza ha disminuido.

Sí, algunos habitantes aceptan que la autoridad los ha querido reubicar a otras zonas, pero lo que no aceptan es cambiar de hogar para comenzar a pagar la luz o el agua, porque eso en otra casa sería un lujo.

Ahí, en El Obispo, la energía eléctrica y el agua potable "gratis" son un aliciente que contrarresta los bajos salarios. La cercanía al trabajo evita, además, pagar pasajes de camiones que cuestan más de 10 pesos cada uno.

En medio del estado, donde un millón 22 mil personas son pobres, según los últimos reportes del Coneval, existe la familia de Elvira Álvarez y Guillermo Campos.

Como esposos, Elvira y Guillermo llegaron desde hace nueve años al arroyo El Obispo, en busca de una nueva oportunidad para vivir mejor. Aunque para otros no sea una opción habitar en el margen del río, para ellos sí lo fue y continúa siendo.

Con una sonrisa en su rostro, Elvira abre la puerta improvisada del barandal de su hogar para platicar de su vida y la de su familia. Sus hijas, quienes a lo lejos escuchan la conversación, juegan descalzas con su perro "Dastan", a quien le avientan agua por diversión.

Grace, de nueve años, Ariatna, de cinco, y Rosario, de cuatro, aprovechan que el arroyo está seco en temporada de calor para jugar en las orillas como si fuera un gran resbaladero cuando se baja el sol. Para la madre, ellas son su adoración, al grado de dejar de comer hasta "amarrar la tripa" para que ellas puedan tener educación.

"Lo que ganamos no es mucho y no es poco, pero creo que lo sabemos administrar", cuenta la señora Álvarez, "creo que nos las vemos más duras ahorita que entran a la escuela, con el material, y pues uno se tiene que amarrar un poquito la tripa, como dice mi esposo, para poder consumir la lista del material, porque no son unas listitas, son unas listotas. Son como 700 pesos de cada una".

En medio de sus carencias, la señora Elvira pone su fe en Dios: "Sabrá Dios, cómo le iré a hacer, solamente Dios sabe; Él nos tiene que dar".

Admite que el trabajo de su esposo en la obra a veces no alcanza, pero ella confía fielmente en que Dios es quien le llevará el sustento.

"Yo creo en un Dios, que Él es el que me tiene que dar la comida, Él me tiene que vestir y Él sabe de dónde; ya cuando menos se acuerda uno ya llegó la comida y ya".

La señora Elvira, junto a su familia, no sólo tiene que enfrentar la carencia en ingresos y la dificultad para servir a sus hijas un plato de comida en la mesa. A ello se suman los prejuicios de quienes cuestionan su manera de vivir.

"Muchas veces dicen las señoras de la colonia 'los del río qué necesidad tienen, los del río están en la gloria', ellos dicen eso, y mucha gente dice eso porque no viven como nosotros, creen que porque uno no paga luz y agua no gasta lo mismo y no se lleva lo mismo", dice.

Mientras continúa la charla, Elvira ve a sus hijas que continúan jugando. Rosario, la pequeña de cuatro años, anda por ahí descalza, voltea y le dice a su mamá "ma', ¿ya le echaste de comer a la paloma?", a lo que su madre responde con un "sí".

"Aquí estamos, le echaremos ganas aquí donde estamos. Gracias a Dios que tengo un techo para taparme; ya si se llena el río, ya estaría de Él".