CRÓNICA | POR ISRAEL SANTACRUZ

Un albergue también puede saber a hogar

Una noche en el refugio Antonio I. Villarreal

El café caliente reconforta a doña Blanca, una de varios indigentes que pasan la noche en el refugio Antonio I. Villarreal, en donde una plegaria los une…aunque sea por unos momentos.


Monterrey

Las manos arrugadas de doña Blanca tiemblan sin cesar, de menor a mayor intensidad y casi derramando el café caliente que se encuentra en un diminuto vaso desechable. Junto a ella, una paramédico le cuestiona si se trata de artritis o es a causa de las bajas temperaturas.

Con voz baja, casi un susurro, doña Blanca responde de manera casi imperceptible, y esboza una ligera sonrisa que calma a la paramédico. La octogenaria de no más de un metro y medio de estatura y cabellera plateada toma un pequeño sorbo de la bebida caliente a fin de no quemarse con ella. Cierra los ojos, como si en cada instante esa bebida entrara en su cuerpo y la llenara de vigor, de energía. Deja el vaso a un costado de un viejo catre que será su resguardo durante la fría noche, y con un pequeño giro de su muñeca lanza hacia sus hombros un agujerado reboso negro, ese cálido compañero de largas jornadas.

Es la única mujer en el albergue Antonio I. Villarreal. Junto a ella pernoctan hombres de diversas edades y latitudes, mas no de vivencias. Y así, sin más, señala su procedencia: “Yo soy de la calle, como perrito”, asegura al tiempo que tambalea un poco su cuerpo, como can asustadizo en plena avenida.

“Uno tiene que esforzarse para vivir, para conseguir su comida, y yo sigo trabajando. Lavo ajeno, ayudo en los quehaceres del hogar y todo por ganarme unos pesitos por un plato de comida. A uno le tocó difícil, pero pues no puedo decir que mi familia me tiene aquí porque sería mentira, a mí me gusta la vagancia”, señala mientras lanza una mirada fija a los ojos, una mirada tan fuerte y penetrante que los 22 indigentes restantes que se resguardan del frente frío más intenso de la temporada invernal parecen haber desaparecido. Su mirada dice más que sus palabras.

Se inclina un poco para tomar el vaso de café nuevamente. Sobre un poco, traga, e inhala apaciblemente.

“Aunque no me guste, a una le tocó vivir así. Tengo dos hijos, hijo e hija, y como ocho nietos. Pero una no quiere ser carga o molestia. No se vale, ellos ya su vida, ya tienen su familia, por eso mejor prefiero estar en la calle, es ése mi hogar, y aparte, cuando hay estrellas y buen clima, el cielo se ve bien bonito”, relata en un tono que pasa de la tristeza y melancolía a la emoción, como quien posee una inmensa pena, pero que a través de la libertad de sus pasos la controla.

De pronto, la mirada de doña Blanca se pierde en un joven a varios catres del suyo. El hombre grita, pero lejos de atemorizar a los presentes, capta su atención.

Jhonny Bernabé es el ejemplo de que la juventud no garantiza triunfo cuando de vivir en la calle se trata, pero también ejemplifica una esperanza tan grande como frío es el clima que los azota en cada esquina.

Buscando el sueño americano, aquel joven de 27 años y de entradas considerables en su corta cabellera, relata que procedente de Reynosa, tuvo que detenerse en Monterrey, tras ver cómo dos compañeros hondureños pidieron agua en una “casa equivocada”.

“Terminaron colgados, creo. La mera verdad yo nomás escuché los plomazos y patas pa’ qué las quiero. Pero gracias a Dios sigo vivo, y eso es suficiente para festejar”, dice aquel hombre que parece ser el más jovial de todos los indigentes.

Se pone de pie y alza la voz. Decide lanzar una plegaria a Dios. Algunos no paran de comer su ración de huevo con jamón y dos rebanadas de pan blanco; otros simplemente voltean a mirarlo mientras hacen fila para tomar su baño caliente; pero la mayoría se pone de rodillas o alza sus brazos, apoyando la plegaria.

En ese momento, aquellos hombres y la anciana, mismos que no contaban con un hogar, estaban formando uno… al menos por algunas horas, antes de que regresen a su realidad.


"A uno le tocó difícil, pero pues no puedo decir que mi familia me tiene aquí porque sería mentira, a mí me gusta la vagancia"