“Toda mi vida ha sido así, por eso no me gustaría ver”

Nora llegó a Monterrey cuando tenía 14 años, para estudiar primaria y secundaria.

Monterrey

INora recuerda su natal pueblo de Abasolo con cariño. Recuerda los vendedores de gelatinas en las afueras del Templo a Nuestra Señora de Guadalupe con su inmenso óleo de la Virgen Morena, y los niños gritando alrededor buscando pagar su producto. Recuerda el revolotear de las palomas frente a la vieja casona que sirve de Palacio Municipal, y los alegres gritos de sus hermanos y hermanas cuando sus padres los llevaban a nadar al parque acuático en días de campo.

Sin embargo, cuando Nora regresa en el tiempo no lo hace a través de imágenes, sino con sonidos. Su niñez ocurrió en la penumbra, aunque eso no le impidió disfrutar su vida.

"Yo no veo, nada más veo luz, veo bultos, y nada más. Toda mi vida ha sido así; y no me gustaría ver, porque como no sé qué cosa es ver, quizá me vaya a doler, así que mejor así me quedo. Siento que no me ha faltado nada por no ver; siento que viví mi infancia normal como todos los niños, mi juventud también, mie dad de adulta y cuando conocí a mi esposo normal. Creo que soy una persona muy afortunada, pues el 90 por ciento de las cosas que soñaba de adolescente las he cumplido", señala mientras descansa en una mecedora junto a su esposo Refugio en la terraza de su casa, donde viven solos.

La decisión de Nora de salir de Abasolo y tener una vida alejada de lástimas ocurre desde su adolescencia, donde elige tomar las riendas de su existir a pesar del temor y preocupación de sus padres. A los 14 años llega a Monterrey para estudiar la educación primaria y secundaria, en donde conoce a su esposo.

Pese a su discapacidad visual, la pareja no tuvo limitantes en cuanto a los deseos para formar una familia. A los pocos años de matrimonio arribó a su vida el que hasta hoy es el mayor de sus hijos: Franklin; y poco después su hija Wendy.

Hoy ambos son profesionistas, él ingeniero mecánico, y ella posee una Maestría en Educación Especial.