Rituales, el vínculo entre vivos y muertos

Entre tradiciones propias y ajenas, el noreste diversifica los procesos de despedida y memoria de los seres queridos que ya no están.
Antaño, la fotografía fúnebre era lo usual, así como la ayuda con tareas domésticas a los dolientes.
Antaño, la fotografía fúnebre era lo usual, así como la ayuda con tareas domésticas a los dolientes. (Especial)

Monterrey

El altar de muertos en no era una costumbre del noreste de México, aunque en los últimos 20 años ha tomado fuerza pues hoy escuelas, empresas e instituciones culturales montan el propio cada 2 de noviembre.

El noreste tiene sus rituales para sobrellevar la pérdida del ser querido; la hospitalidad, el apoyo, el respeto y la perpetuidad a través de una fotografía fúnebre forman parte de ellas. Y hoy tenemos música en los panteones, cremaciones y hasta urnas virtuales para recordar a los muertos.

De los ritos regionales, se trata de costumbres que se daban en los pueblos desde finales del 1800 hasta comienzos de la década de 1960, aunque en algunos casos continúan.

El historiador Enrique Tovar Esquivel destaca la importancia de las esquelas anteriores a las publicadas en prensa o transmitidas por televisión, las cuales eran pequeñas tarjetas que se daban a parientes o vecinos, como si fuese una invitación para una boda, sólo que llevaba un listón negro.

Un testimonio perturbador hoy pero usual en las comunidades era la fotografía fúnebre. Ya fueran niños o adultos, se buscaba sacar un último retrato antes de que la persona fuera enterrada.

"Así se acostumbraba. Lo que tenemos actualmente es que la gente retrata a sus difuntos a través de los celulares en pleno funeral", dice Gerardo Nevárez, jefe de la Unidad Regional de Culturas Populares.

Acompañar a pie al cortejo hasta el panteón era señal de respeto, pero en la ciudad ha devenido en una caravana de automóviles, aunque se conserva el hecho de disminuir la velocidad.

Otro ritual poco explicado es el colocar piedras sobre las tumbas. El cronista de Agualeguas, Juan Jaime Gutiérrez, describe el significado de este ritual de raíz judía.

"Poner las piedras simboliza el amor o la memoria que se guarda por el finado permanecerá por la eternidad, como las rocas".

En el noreste, para celebrar el día de Todos los Santos o los Fieles Difuntos sólo se acostumbraba lavar la tumba del ser querido, cortar la maleza y poner flores, además de tratar de pasar el mayor espacio de tiempo en dicho lugar.

Llevar música al camposanto es reciente, pues hasta hace 30 años no era bien visto el ruido o llevar comida a estos sitios.

Es claro que existe interés de la gente por conocer más tradición, explica Guadalupe Piedra, Jefa de Atención al Público de 3 Museos.

"El público asimila muy bien esta tradición, lo vemos en las actividades culturales que cada año tenemos que variar las opciones porque la gente quiere conocer más", comenta.

Actualmente la Pinacoteca, los 3 Museos, el Museo del Obispado, Arte AC, entre otras, promocionan sus altares de muertos, así como escuelas y universidades.

[b]Costumbres de migrantes

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Con una fuerte presencia en las últimas décadas en el área metropolitana, los grupos étnicos radicados en la entidad viven particularmente la celebración del Día de Muertos.

Francisco Bernal es representante de la comunidad mazahua. Explica que la mayoría de los integrantes del grupo étnico viaja al Estado de México para conmemorar la festividad.

"Muchas de nuestras comunidades celebran la fecha en sus comunidades de origen pero a partir del arraigo que ya tenemos se celebra aquí. Sorprende la forma en que producimos los altares y no hemos sentido rechazo a esto", comenta Galileo Hernández, de la asociación Árbol de Todas las Raíces.

[b]1974: instalan el primer altar en Nuevo León

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El primer altar de muertos del que se tiene registro en Nuevo León fue montado en 1974 en una galería de arte ubicada entre las calles Rayón y Ocampo, en el centro de Monterrey, por el pintor Luis Alférez Patlán, y en él se honró a los pintores Frida Kahlo y David Alfaro Siqueiros.

"Aquí no se hacía eso. En primer lugar la gente me satanizó porque festejar a la muerte era algo así como prohibido pero con los años fui ganando adeptos, lo que nos permitió presentar el proyecto a la Secretaría de Educación", expresó el promotor cultural en entrevista telefónica.

Hoy, Alférez atiende su restaurante en la plaza central de García, y en la hacienda de El Llorón de Icamole mantiene la tradición de montar altares cada 2 de noviembre. En esta ocasión se lo dedica a Francisco Villa, quien se dice, visitó la hacienda.

"La cercanía con Estados Unidos produjo que el Halloween se extendiera con mucha fuerza y creo que lo importante era promover nuestras tradiciones, por eso lo hicimos", explica.

A casi 40 años de colocar el primer altar, que provocó que el pintor se refugiara en García a raíz de las críticas que recibió, hoy ve con beneplácito que la tradición exista en escuelas e institutos culturales.