“Quería que viviera muchos años, pero no se pudo”

Sea una vez por año, a diario o cada semana, la costumbre de visitar a los ausentes nunca será inoportuna.
"Vengo, les rezo y les cuento de lo que pasa en la semana".
"Vengo, les rezo y les cuento de lo que pasa en la semana". (Francisco Zúñiga)

Monterrey

Karla Paola le habla con cariño a su niña Kailey. Le llevó globos y un muñequito, y le platica de su hermanita mayor. Cuando lo hace, los ojos se le llenan de amor, y quiere abrazarla y besarla.

No puede, porque la bebé duerme en su tumba.

"Todos los días la recuerdo, la tengo en mi corazón", dice Karla Paola Ruiz Vázquez, quien hace tres meses sepultó a la pequeña, que nació prematura y no pudo sobrevivir. Apenas la tuvo tres días en sus brazos.

"Siento mucha tristeza cuando pienso en ella, la esperaba con ansias y se fue... es muy difícil, más cuando no vivió nada, yo quería que viviera muchos años, pero no se pudo", dice.

Por el día de los Santos Difuntos fue a visitar a la niña, le llevó globos que colocó en la cruz que corona la tumba, y ahí puso un muñequito y flores. Como arreglaría su cuarto, así arregló la sepultura.

Igual que Karla Paola, la gente que llega a los cementerios va por sus seres queridos, y los siente tan vivos a como antes.

Cada semana, María del Carmen González Martínez visita a su esposo Romualdo Ruiz Huerta, y a sus padres, Josefina Martínez y Porfirio González al panteón Las Huertas, en Guadalupe.

Pero hoy es algo especial. Limpió la tumba donde yacen desde hace muchos años, para dejarlos presentables para las visitas que llegarán.

"Vengo, les rezo y les cuento de lo que pasa en la semana; también les pido que me ayuden, que intercedan por nosotros", dice. Mientras vivan en su recuerdo, afirma, seguirán vivos, aunque estén en otra parte.

Cuenta la tradición que el 2 de noviembre, los muertos regresan por unos instantes al mundo de los vivos y aspiran el aroma de los alimentos que les gustaban cuando vivían.

Por eso les llevan lo que más les agradaba, como tortillas de harina, mole o frijoles refritos. Si los muertos captan los aromas, entonces no debe ser muy difícil que escuchen.

Juana Romero así lo cree. Por eso le llevó mariachi a su esposo Felipe Ochoa. Durante media hora, los músicos tocaron frente al sepulcro canciones como "Te vas ángel mío", así como muchas otras.

A don Felipe, quien murió hace tres años, le gustaban más las canciones de El Viejo Paulino, o de Luis y Julián, pero por ahora, lo único que había a la mano era el mariachi, comenta su esposa.

"No sé, a lo mejor por ahí anda, escuchando. A nosotros siempre nos gustó la música, y seguro debe estar escuchando", cuenta la mujer, sentada en la tumba vecina, mientras observa a su nuera, quien se afana en limpiar la lápida.

Para todos ellos, la muerte no los ha separado de sus seres queridos. Aunque sus restos estén bajo tierra, aunque se esté en mundos diferentes, ellos permanecen ahí, cerca de su corazón.