Logran readaptación pese a adversidades

Algunas personas logran salir adelante luego de estar en prisión.
"El Avión" trabaja en una carpintería tras cumplir su condena.
"El Avión" trabaja en una carpintería tras cumplir su condena. (Especial)

Monterrey

Contra las estadísticas y el entorno, la readaptación es posible en Nuevo León, como lo muestran historias similares a las de El Avión e Iván, otrora delincuentes que accedieron a contar su testimonio a MILENIO Monterrey.

Hoy en sus treinta y tantos, El Avión trabaja en una carpintería fabricando casas para perros, que vende en 300 o 500 pesos. "Depende del tamaño", indica mientras sigue serruchando un pedazo de madera que le donaron.

En 1996, le puso fin a la vida del bravucón de la colonia, con un arma de fuego al calor de una riña.

"Fue la mayor estupidez de mi vida", reconoce y sus ojos se nublan. Por este hecho, cumplió 10 años de condena en el penal del Topo Chico y el de Apodaca.

Fue en este periodo que cayó en cuenta que amaba su libertad por encima de cualquier otra cosa.

Decidió no volver a delinquir, y por ello dejó la droga mediante un programa de rehabilitación y se involucró en programas laborales dentro de la prisión. Tenía entonces 21 años.

Pero la vida le tenía una prueba más: ya fuera, los tatuajes que adornan sus brazos, torso, espalda y mentón provocaron que un grupo delictivo lo confundiera con un vendedor de droga. Fue privado de su libertad, torturado y baleado. Lo dieron por muerto.

Sólo recuerda que la sangre se empezó a juntar en torno a las vendas que sus captores le pusieron en los ojos, perdió el conocimiento. Hoy, unas cicatrices en su cuerpo le impiden que olvide esa experiencia, pero también le recuerdan que hay vida después del infierno de la delincuencia.

El día a día lo pasa en el taller de carpintería, y su frase motivacional proviene de la canción 1Life, del rapero español Shotta: "...la vida es una, y hay que disfrutarla...".

Iván, uno de sus compañeros de rehabilitación, apenas tiene la mayoría de edad, pero una historia impactante por contar.

A los 15 años se enroló con un grupo delictivo. Entró por curiosidad, y para impresionar a sus compañeros de la secundaria. Primero estuvo en la tiendita de la colonia vendiendo droga, después lo ascendieron a halcón y, finalmente, se desempeñó como repartidor.

Pero como siempre, estas historias nunca tienen un final feliz. Dos de sus mejores amigos, chicos también de 15 años, fueron ejecutados por las balas de un grupo rival. "Entendí que sólo había tres caminos: el hospital, la cárcel, o peor, la muerte".

Han pasado dos años desde que se alejó de esa vida, y ahora se dedica a impartir charlas a jóvenes. Es un convencido de que el dinero fácil no es tan fácil en realidad, y que si deseas algo, debes ganártelo con trabajo.

Iván vivió de cerca los asesinatos propios de la guerra entre grupos delictivos, pero dice tener la conciencia tranquila, porque nunca mató a nadie. Su rostro es como el de cualquier joven que acaba de ganar la mayoría de edad, pero en él ya no quedan rastros de inocencia.

Planea reanudar sus estudios, y su rehabilitación es evidente en su estilo de vida. "Duermo tranquilo", confiesa, lujo que en sus días de criminal no daba.

De acuerdo a los índices de seguridad publicados por el Estado con fecha de diciembre del 2013, en los penales locales existen 5 mil 390 internos sentenciados y ejecutoriados, entre adolescentes y adultos, inscritos en programas de reinserción social.