“El verdadero valor de la cultura arquitectónica”

En su obra, el arquitecto presenta una revalorización a antiguos inmuebles que hoy se encuentran abandonados.
El historiador expone este tema en su libro.
El historiador expone este tema en su libro. (Gustavo Mendoza Lemus)

En Patrimonio moderno y cultura arquitectónica en Monterrey: Claves de un desencuentro, el investigador José Manuel Prieto González (Asturias-España, 1971) propone una mirada de revaloración a todos estos inmuebles que tienen su valor y que hoy vemos abandonados.

Editado por el Fondo Editorial Nuevo León en conjunto con la UANL, el libro no sólo describe la historia de inmuebles como la Cervecería Cuauhtémoc o la Fábrica de Dulces La Imperial, sino que explica cuál es su valor en la actualidad.

Prieto González, catedrático de la Facultad de Arquitectura, expone en entrevista por qué es importante voltear la mirada a este patrimonio que aún hoy se puede conservar y revalorar.

Se tiene la noción sobre la necesidad de proteger el patrimonio antiguo pero, ¿qué pasa con el patrimonio de arquitectura moderna en Monterrey?

Cuando hablamos de la historia o de lo histórico la gente entiende a menudo que estamos refiriéndonos a un pasado remoto, a un tiempo antiguo, y lo cierto es que también podríamos estar aludiendo a una etapa moderna o contemporánea, es decir, a historia reciente, que sería lo que nos afecta aquí directamente, como ocurre con el caso de la arquitectura industrial.

El patrimonio moderno de esta ciudad, que incluye también la arquitectura industrial, es muy valioso tanto en términos cuantitativos como cualitativos. Monterrey cuenta con edificios modernos de gran valor, como la Maderería La Victoria o la Estación de Ferrocarril de la colonia Industrial, que sin embargo están en situación de abandono y semirruina desde hace muchos años.

¿Cómo revalorizar esta arquitectura, que hoy vemos abandonada y que es difícil hacer conciencia sobre su valor artístico?

Últimamente me he cuestionado mucho ese tipo de cosas: hasta qué punto una persona que se levanta a las cinco de la madrugada y regresa a su casa a las nueve de la noche, percibiendo por su trabajo un salario muy escaso, con qué derecho le voy a pedir a esa persona que aprenda a valorar los monumentos de la ciudad o a apreciar la reforma peatonal de la calle Morelos, ¡me va a mandar a la mierda y con toda razón!

Creo que corremos un riesgo, pues en la medida en que estos valores patrimoniales no sean apreciados por el conjunto de la ciudadanía y estas cuestiones interesen sólo a una élite académica, intelectual y burocrática, no va a servir de nada y hará muy vulnerable ese patrimonio.

La forma de salvaguardar este patrimonio es generando empatía con él en ese gran sector de la sociedad, aunque haya muchas circunstancias que lo hagan difícil.

Dedicas un espacio amplio del libro sobre la Fundidora, ¿qué destacas de este rescate?

Fundidora es de lo mejor que se ha hecho en esta ciudad en materia de rescate patrimonial a través del reciclaje cultural, aunque es verdad que fue mucho lo que se desmanteló en los años que estuvo cerrado.

Lo que se ha hecho en materia de reciclaje de edificios como la antigua nave de Maquinaria (actual Cineteca) o la Nave Lewis, creo que ha sido sumamente interesante.

Con respecto al actual Museo del Acero, soy crítico sobre todo en relación a atracciones como el llamado Show del horno, porque el concepto de show se refiere a espectáculo y, en ese ambiente, el espectáculo pretende sobre todo edulcorar, dulcificar o hacer más amable la actividad laboral que allí se desarrollaba, lo que equivale en última instancia a falsear la historia. Porque después de ver el video del veterano trabajador y todo lo demás sale uno con un sentimiento casi de envidia de no haber trabajado allí, cuando lo cierto es que trabajar en Fundidora debió haber sido algo durísimo. Si quisieran hacernos sentir un poco lo que era trabajar de verdad en la Fundidora deberían encerrarnos ahí a 60 grados para experimentar el horrible calor del horno.

¿Qué significó el ejercicio emprendido por Nuevo León de querer registrar ante UNESCO empresas como Cervecería, Vidriera o Fundidora como Patrimonio de la Humanidad en arquitectura industrial?

Con todo respeto, veo en esta obsesión de los políticos una actitud, si me permites, provinciana. No creo que haya que obsesionarse con este tipo de cosas.

Entiendo que una declaratoria de Patrimonio Mundial le vendría bien a la ciudad, sobre todo en términos turísticos, pero creo que es un error invertir tantos recursos y esfuerzo en esto, es decir, en pensar primero en el turista y luego en el residente. Creo que debería ser al revés, porque el residente es la persona que está aquí de forma permanente.

Mientras el Parque Fundidora cumpla su papel con la sociedad regiomontana, y creo que lo está haciendo muy bien, considero que ya es una maravilla, y lo vemos hoy con la cantidad de personas que saturan ese formidable espacio cada fin de semana.