Entre nieblas, un bosque que está por desaparecer

Taladores y cambio climático amenazan “fábricas de agua” del Nevado, Manantlán y Costa Norte.
Los bancos de nubes son la característica especial en este tipo de bosque.
Los bancos de nubes son la característica especial en este tipo de bosque. (Cortesía)

Guadalajara

El bosque con mayor biodiversidad de Jalisco, denominado por los científicos “mesófilo de montaña”, tiene bien ganada su reputación de “fantasmal”: bancos de nubes se posan durante todo el año sobre el oquedal, lo que los hace tupidos y sombríos, como relato fantástico. La vida es abundante, desde hongos y epífitas que pululan en suelos y cortezas de los árboles hasta escurridizos anfibios y reptiles en estanques; felinos sigilosos, aves polícromas, cantos de melancolía o clamores invisibles.

Tentador relacionar esas estampas con un paraíso originario. El agua explica una abundancia sin comparación con otros ecosistemas terrestres, pero también su debilidad. La apariencia espectral parece metáfora profética: parece cerca el final de esta abigarrada asociación biológica.

De por sí escasos en México y en el orbe, en Jalisco la raquítica extensión territorial de este tipo de umbrías cubre apenas unas 45 mil hectáreas, esto es, aproximadamente 0.6 por ciento de la superficie del estado. Y de ese total, solamente cuentan con régimen de protección los de la Sierra de Manantlán y los del Nevado de Colima. Estos últimos constituyeron el primer parque estatal (2009), pero la codicia sobre sus maderas y el cambio a huertos o tierras ganaderas los mantiene bajo presión constante.

No obstante, el gran enemigo, que lo tiene a borde de la extinción total, es de otras dimensiones, también detonado por la acción humana: el cambio climático.

“Requiere estar inmerso en nubes de manera predecible y prolongada; sin embargo, el calentamiento global está reduciendo críticamente la entrada de humedad al sistema […] ya que la altura a la que se forma el banco de nubes se está elevando. Al reducirse la densidad de nubes hay menor precipitación, menos días con neblina y un aumento en la duración e intensidad de los periodos de sequía”, señalan los especialistas Martha Gual Díaz y Francisco González Medrano, (en “Los bosques mesófilos de montaña en México”, Conabio).

Las profundas cañadas que bajan de los volcanes mantienen meros relictos (restos de una comunidad antaño mayor) de estas florestas húmedas. Protegidas históricamente por ubicarse en terrenos abruptos y de alta pendiente, hoy son codiciados por algunas maderas valiosas y por guardar un clima privilegiado, apto para cultivos como el aguacate en esta región, o el café en Talpa, San Sebastián y Manantlán. Un futuro aciago, en el corto plazo.

Sol silencioso

Francisco Chávez, caminante desde El Fresnito, ha visto caer algunos de los majestuosos encinos “arca de Noé” del bosque de niebla, a golpe de las motosierras. Es el oquedal siniestro de Dante: “Che, venendomi ‘ncontro, a poco a poco mi ripigneva là dove ‘l sol tace” (me empujaba sin tregua, lentamente, al lugar en que al sol no se le oía); paradójicamente, la destrucción deja al descubierto la luz, y rompe las condiciones físicas indispensables para este tipo de comunidad.

Algo puede hacerse aún. José Villa Castillo, director del parque nacional, llama a valorar los servicios ambientales.

“Hemos desarrollado la imagen de la montaña en torno a la fábrica de agua […] se debe manejar este consumo como un fertilizante; es un fertilizante para la actividad agrícola porque sin ella no se da nada; hoy le damos un precio irrisorio al agua, pero los manantiales que nacen en el Nevado y se recargan en sus bosques son esenciales, y se debería incorporar en el pago los recursos para la conservación”, explica. Otro tema es la captura de carbono, “tienen que dar un viraje la política de protección”, agrega.

Los volcanes de Colima, junto con la Sierra de Manantlán, son las prominencias de Jalisco que más lluvia anual reciben; el régimen puede ser similar al de algunas regiones del sureste mexicano: de 1,600 a 2,400 milímetros anuales, según un estudio elaborado por la Comisión Nacional del Agua. Ello explica la permanencia de los bosques de niebla.

Y subraya el riesgo. “Los modelos de circulación general pronostican la redistribución de los ecosistemas naturales con base en los cambios de temperatura y precipitación esperados en el futuro cercano […] las selvas tropicales bajas, (selvas perennifolias y caducifolias) serían impactadas en un grado menor o incluso no impactadas, mientras que los ecosistemas de sitios ubicados a mayor altura, incluyendo los bosques templados y los bosques mesófilos, serían los más impactados”, explican los ecólogos Gerardo Sánchez Ramos y Rodolfo Dirzo.

Los modelos “indican de manera consistente una reducción drástica, de modo que podrían quedar restringidos a entre 15 y 40 por ciento de su cobertura original. Este impacto, en sinergia con los impactos de cambio de uso del terreno y sobreexplotación […] supone, en esencia, una degradación mayúscula de los bosques y de la singular biodiversidad que albergan” (en “El bosque mesófilo de montaña: un ecosistema prioritario amenazado”, Conabio).

El Nevado de Colima enfrentó un megaincendio forestal en 2013, sobre cerca de tres mil hectáreas. Hay acusaciones de que su detonante tiene la impronta aguacatera, al menos parcialmente –no se investigó el asunto por parte de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente-. También hubo una polémica pública por la autorización de tala en la zona de bosque mesófilo y de oyamel de Huescalapa, en 2012; previamente, ese polígono había sido excluido del régimen de protección del decreto estatal de 2009. El aprovechamiento fue detenido tras una fuerte presión de grupos ecologistas, en el curso del verano de 2013, tras documentarse por expertos de la UNAM, Chapingo y la UdeG que el abeto que crece en la región podría ser una especie distinta al Abies religiosa común: Abies colimensis.

Para este tipo de bosque, se trata de que el sol, usando la metáfora dantesca, permanezca “en silencio”, es decir, que se mantengan esos espacios de sombras y humedad que permiten por hectárea de 200 a 300 especies distintas, un delirio barroco de la evolución que pronto podría ser silenciado.

Epitafios

La extinción del bosque mesófilo de montaña en el planeta cada vez es más acusada. Se requieren de acciones a otra escala para salvar los restos de la agónica sociedad biótica.

Enrique Jardel, Ramón Cuevas y su grupo de trabajo en Manantlán advierten: “El ‘sector forestal’ puede contribuir conservando el carbono almacenado en los bosques, incrementar la captura de carbono mediante la restauración y plantaciones o mejorando y desarrollando buenas prácticas de manejo que ayuden a reducir las emisiones de gases con efecto invernadero, conteniendo o incluso revirtiendo la deforestación y la degradación forestal. Sin embargo, esto no va a reducir por sí solo un problema generado por un sistema económico basado en la producción y consumo intensivo de mercancías, cuyo desarrollo histórico es la causa del cambio climático antropogénico […] no se puede desviar la atención sobre la necesidad de reducir las emisiones de gases con efecto invernadero en los sectores de la industria, energía, transporte y servicios” (ver “Ecología y manejo de los bosques mesófilas de montaña en México”, Conabio).

La destrucción y las necesidades obligan a migrar; lo sabe bien don José Macías Gudiño. “Yo fui motosierrista para Atenquique, nos tocó abrir la zona once que era parte de su decreto, en los años sesenta; talaron duro, pero llevaron trabajo, y luego de ellos, llegaron los aserraderos que han pelado peor […] les trabajé siete años, y luego me fui a Estados Unidos, duré casi quince años en la zona de Los Ángeles, mucho tiempo sin venir a México”, relata el veterano guardabosques.

“Quinci non passa mai anima buona” (jamás llega aquí un alma sin malicia), le dijeron los gringos, como Caronte a los condenados. Iba por dinero y tentaciones mundanas, “pero me aburrí, no quise ser burro de los Estados Unidos; me gustaba la libertad y a los 31 años de edad ya estaba otra vez por acá…”.

Conabio

A pesar de que su superficie es menor a 1% del territorio nacional (0.6 % en Jalisco), “presentan una biodiversidad de las más ricas de México”, señala la Comisión Nacional para Conocimiento y Uso de la Biodiversidad

Riqueza florísitica: 6,153 especies de plantas vasculares (26% del total reportadas para el país), de las cuales alrededor de 2,500 son exclusivas de los bosques mesófilas

183 especies de anfibios (48%); 249 especies de reptiles (30%); 298 especies de aves (28%); 257 especies de mamíferos (57%), de las cuales 85 son endémicas o exclusivas (casi 50% de los endemismos mexicanos)

“Su explotación mediante prácticas y actividades no sustentables, las malas políticas de desarrollo regional, problemas globales como el cambio climático, y hasta problemas sociales, como pérdida cultural y de manejo del ecosistema o la pobreza, injusticia e inequidad en estas regiones, han colocado a estos ecosistemas y sus especies al borde de la extinción”.


Fuente: http://www.biodiversidad.gob.mx/ecosistemas/pdf/BosquesMesofilos_montana_baja.pdf