Cambio climático, pasaje a un "Cementerio marino"

Los arrecifes de coral enferman y mueren gradualmente debido a la acidificación de los océanos.

Quintana Roo, enviado

Este es un solo planeta. Comer un kilogramo de chuleta de res de los pastizales de Sonora en Guadalajara o la Ciudad de México requiere la crianza intensiva de un becerro alimentado con granos que originalmente fueron domesticados para el consumo humano, y de suplementos proteínicos tal vez provenientes de la sardina, una de las pesquerías más importantes del país, y que en el pasado la comían también de forma directa las personas. 

Se trata de un animal probablemente muy infeliz –encerrado siempre- al que se le aplican medicamentos y hormonas de la industria farmacéutica para evitar que se enferme y para acelerar su crecimiento; su proceso digestivo de rumiante es la primera fuente mundial de generación de gas metano, uno de los más agresivos para la intensificación del efecto invernadero; la ganadería es además responsable de la mayor parte de la destrucción de bosques de México, otra causa principal de emisiones; la movilización de los insumos para el becerro y la posterior entrega de esa chuleta al mercado de la capital del país significa emisiones por quema de combustibles fósiles, sin olvidar el uso de empaques derivados de la propia industria petrolera, que arrastran su propia historia ecológica.

Cada kilogramo de carne demandó el consumo previo de unos 15 mil litros de agua dulce –hay que incluir la que se utilizó para hacer crecer las pasturas que comió la ternera-; se calcula que más de 40 por ciento de los cereales del mundo y por arriba de un tercio de las capturas pesqueras son insumo para alimento de las ganaderías. Para un kilogramo de proteína animal se debió consumir hasta 20 kilogramos de proteína de origen vegetal, es decir, son calorías caras ecológicamente.

Y este es un solo planeta. El estilo de vida de un habitante de la Ciudad de México o de Guadalajara, de La Paz en Bolivia, de Lhasa en el Tíbet, de Nairobi en Kenia, de Ulan Bator en Mongolia o de Zurich en Suiza, por señalar ciudades  continentales, repercute en la salud de las zonas más bajas del orbe, esto es, los mares, a donde todos los desechos finalmente llegan.

De este modo, por dos vías, la triunfal civilización de los hombres mata corales incluso sin pretenderlo: por un lado, los gases de sus actividades económicas y su estilo de vida, que acentúan el efecto invernadero, y con ello, se alcanzan temperaturas más altas y carbono en exceso que acidifica la masa de agua; por el otro, los residuos directos que se descargan desde los asentamientos humanos.

El investigador de la UdeG, Pedro Medina Rosas, hace hincapié en un extraño hito de la civilización que se ha alcanzado apenas el pasado año de 2014: “Por primera vez en tres millones de años, la concentración de este gas [dióxido de carbono] en la atmósfera del planeta superó las 400 ppm [partes por millón]. La última vez que hubo este valor, el Ártico aún no tenía hielo, el istmo de Panamá no se había formado porque el nivel del mar era mucho más alto, y los antepasados de los humanos llevaban poco tiempo de caminar erguidos. Somos la primera generación de humanos que viviremos en un planeta con esta concentración de CO2”.

Agrega: “La velocidad de este incremento en la concentración de CO2, calculado en 40 por ciento en los últimos 250 años, es al menos un orden de magnitud más rápido que como ha ocurrido en millones de años en el planeta. Las consecuencias de este cambio incluyen el incremento en la temperatura del aire, modificaciones en los patrones de precipitación y una mayor frecuencia e intensidad en los huracanes […] además, la disolución del gas CO2 en los océanos ha resultado en una serie de reacciones químicas que producen una disminución en el PH y en el valor omega de aragonita, así como del estado de saturación de los carbonatos […] fenómeno [que] se conoce como acidificación del océano”.

Esto es un factor tremendo para la supervivencia de los corales. “Los cambios en la química del agua de mar se han estudiado y se conocen bien las reacciones asociadas a la acidificación del océano, pero lo que no se conoce completamente es la respuesta que tendrán los organismos vivos […] ahora se sabe que la calcificación de los organismos que tienen estructuras duras, como conchas, testas y esqueletos de carbonato de calcio de animales como moluscos, equinodermos y corales, responden al nivel de saturación del agua. También se sabe que la aragonita, una forma de carbonato de calcio que es más soluble en el agua y muy importante para organismos calcificadores, puede volverse subsaturada en la superficie del océano durante este siglo XXI” (el artículo completo, en Temas sobre investigaciones costeras, recientemente editado por la UdeG).

La destrucción es multifactorial, pero el problema de esta degradación suele estar en la base de la explicación integral. Héctor Reyes Bonilla, de la Universidad Autónoma de Baja California, refiere que “hay una estimación del año 2008, de una pérdida de 15 a 20 por ciento de los arrecifes a nivel nacional, hecho por una investigadora inglesa.  El nivel de pérdida mundial es más alto, porque en los países del Asia Sudoriental, donde está el Triángulo de Coral, les han pegado aún más”.

Sobre el tema, Roberto Iglesias Priueto, del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de Puerto Morelos, de la UNAM, advierte: “Lo que  hemos vistos en los últimos 30 a 40 años es un deterioro a nivel planetario en los arrecifes; en México es distinto lo que pasa en el Pacífico o en el Caribe;  en el Pacífico, el fenómeno de El Niño resetea a comunidades enteras, hace matazón tremenda, pero esos corales se pueden recuperar en relativamente poco tiempo […] acá en el Caribe , puede haber un incremento pequeño de temperatura, de un grado, o grado y medio, y con eso se mueren las algas simbióticas , y queda el esqueleto blanco del coral, el tejido transparente, antes de la muerte […] depende de la intensidad y de la presión para desatar un evento de mortalidad masiva, lo cual no forma parte del ciclo natural, y los hemos registrado aquí, y también otros problemas como las enfermedades”.

El caldo de enemigos locales, “los desarrollos costeros, el pobre manejo de la cuencas, la sobrepesca, el turismo descontrolado, todo da como resultado un arrecife amenazado, y esto en un contexto de cambio climático se vuelve mucho más crítico, pero además, importante: conservar el arrecife es ganar tiempo frente al cambio climático”, dado que si bien el coral es víctima, también es amortiguador de sus efectos, en temas como diversidad biológica y protección ante huracanes y tifones.

“Está muy de moda pensar en las estrategias frente al cambio climático, pero la mejor es la conservación de los recursos que tenemos: sea si se le ve como construir una barda de Cancún a Yucatán que protege todos esos intereses económicos que hay allí, o como una protección del producto interno bruto, en lo que se genera una política hotelera sustentable, en lo que se invierte para proteger el agua […] si esta lógica económica permite a los corales tener vida, sería una estrategia ganadora; lamentablemente, como científicos advertimos de los riesgos, y la respuesta de los demás sectores fue, bueno, si va a desaparecer, pues mejor pasemos a otras cosas, como si esto fuera un castigo divino, y no, es inadmisible bajar los brazos y perder ecosistemas”, subraya.

- O sea, el sector económico, sumido en la frivolidad y la ignorancia sobre las consecuencias de que se pierdan los arrecifes.

- Como científico esto es un reto; cuando yo estudiaba, mi profesor no me dejó usar el concepto de cambio climático en un escrito: ‘oye, cómo vas poner lo del cambio climático, si eso no existe’; es que sí existe, le dije, se está poniendo más caliente el agua; ‘no, eso es por El Niño o La Niña, no vayas a poner eso ahí’ […] yo digo, cómo lo vas a poner si es como el canario en la mina, aunque un ecosistema sea invisible para la sociedad todo el tiempo, yo creo que hay que hacerlo visible para que la gente sepa lo que está en juego.

Vivimos en un solo planeta. Los excesos de los terrestres suelen ser extinción para las creaturas oceánicas, pero al final, queda la esperanza al fondo de la caja. “¡Quiebre mi cuerpo la pensativa forma! / ¡Beba mi pecho la génesis del viento! / Una frescura, exhalación marina, / me vuelve el alma… ¡Oh poder salino! / ¡Corramos tras las ondas y la vida!...” (Cementerio marino, Paul Valéry).

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Imaginario

¿De qué modo una sociedad puede comprometerse con la protección de los corales a un nivel de que vea en el éxito de esa conservación las bases de su misma supervivencia? Roberto Iglesias, de la UNAM, ubica la respuesta en una estrategia que siguió la comunidad científica australiana para que los ciudadanos de ese enorme país vieran como prioridad salvar la cordillera marina de 2,300 kilómetros de largo que forma La Gran Barrera de Coral.

“Tenemos que trabajar en la construcción del mito, ponerlo en el imaginario colectivo; en  Australia, hasta el que vive en el desierto sabe sobre los corales, y sobre el blanqueamiento; han vuelto a la Gran Barrera como parte de su imaginario colectivo, lo ven como parte de su riqueza, y hacer esto aquí es el gran reto, sobre todo en una sociedad terrestre que le tiene a la tierra un apego enorme […] al no verlo así, lo que hacemos es el abuso de los recursos; yo por eso hasta tengo resentimientos con mis colegas que estudian los manglares, si sale que mataron dos manglares en el periódico se hace un escándalo en todo el pueblo, pero decir que se mataron corales, un noticiero puede decir: solo se destruyeron 20 metros, no es tanto”. Así se ha cocinado el desastre.

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