El asesino invisible de Tierra Blanca

Tras años de muertes inexplicables en este poblado del Bajío mexicano, un científico pudo identificar la causa; no obstante, las autoridades niegan el problema y aun lo empeoran.
Medio siglo de fallecimientos misteriosos en el pueblo.
Medio siglo de fallecimientos misteriosos en el pueblo. (Sandra Weiss)

Guanajuato

A media hora de San Miguel de Allende, este poblado guanajuatense parece sacado de una película de otro siglo: un pequeño pueblito otomí entre ondulados cerros pedregosos, llenos de espinosos mezquites y nopales, donde pastores solitarios arrean su precario ganado de cabras flacas a lo largo del río San Damián. Ahora predominan casas de cemento y los viejos caserones de adobe se utilizan como bodegones, donde las mujeres palmean tortillas y los niños juegan en sandalias en las calles de tierra. Han llegado las pick-up grandes y se hacen notables algunas casas con columnas de piedra, imitaciones fallidas de estilos estadunidenses, gracias a los migrantes que mandan remesas; pero no ha llegado ni una carretera asfaltada ni el saneamiento básico. Es un lejano pueblito más en el olvido, como tantas comunidades indígenas de México. Pero Tierra Blanca de Abajo guarda un secreto terrible: en esos cerros bucólicos se esconde un asesino invisible que ha exterminado familias enteras y ha dejado muchos niños huérfanos.

“Pensábamos que estábamos hechizados”, cuenta María Consuelo Ramírez con la voz baja. Es una señora risueña de 58 años, la piel curtida por el trabajo en el campo y el ánimo inquebrantable de la gente que creció en la penuria. Pero eso de las muertes le perturbaba. “Mandamos a leer muchas misas, rezamos el Rosario con fe, pero la gente seguía muriendo”. Hombres y mujeres han sido abatidos por el extraño mal; la víctima más joven tenía 22 años, el mayor fue un cincuentón. El primero del que Ramírez se acuerda fue su tío, hace medio siglo. “Yo tenía siete años, pero se me quedaron clavados en la memoria los gritos de mi tío Sebastián. No quería comer, se quejaba de que le dolía la espalda, le salían bolitas en el cuerpo, después ya no podía mover el brazo y se estaba secando. No duró ni un año. Después siguió mi padrino”. Ambos sacaban arena del río para venderla a constructoras. De los 10 hijos de Sebastián, apenas una mujer sobrevive. Donde se erigía la casita de adobe de esa numerosa familia campesina, vecina al río, hoy no queda nada, excepto una extraña cajita blanca. Esa cajita fue la que reveló el año pasado el nombre del asesino.

Cuando Graciela Martínez, del Centro de Desarrollo Agropecuario (CEDESA), llegó a una comunidad vecina en 2011, hacía falta instalar cisternas de recolección de agua de lluvia. Los pozos de la región suelen estar saturados de arsénico y cloruro por la composición natural de los suelos; pero el problema de este pueblo era otro, escondía un elemento diferente y desconocido que mataba en silencio.

Algunos pobladores de Tierra Blanca se le acercaron y le pidieron apoyo. Unos meses después visitó el pueblito donde viven unas 150 familias. “Apenas iniciada la reunión, cuando había expuesto el proyecto de las cisternas, se levantó una joven para decirme lo que realmente les importaba: saber por qué tenían que morir.” La reunión se alargó, las más viejitas decían que era la venganza de los ancestros, porque varias familias se habían dedicado a saquear sus tumbas para vender las vasijas y ofrendas. Ya tarde, Martínez abandonó el pueblo con escalofríos. Pero el asunto le daba vueltas en la cabeza; volvió, y empezó a buscar ayuda para esclarecer el misterio.

Comentó el asunto con Adrián Ortega, del Centro de Geociencias de la UNAM en Querétaro, quien asesoraba al CEDESA en temas de calidad de agua y había efectuado un amplio estudio de las cuencas y mantos acuíferos anteriormente. El científico no la tomó muy en serio en un primer momento; pero ante su insistencia y sus relatos, la acompañó para plantear el asunto a la Jurisdicción de Salud de San Miguel de Allende. Lograron convencer a la directora de que les financiara un estudio.

“Durante los siguientes seis, ocho meses, me cruzaba muchas veces con el profesor en el pueblito. Sacaba pruebas del suelo y del agua y recopilaba informes médicos”, cuenta Martínez. También colocó varias cajas blancas en los lugares donde habían vivido familias diezmadas por esa extraña enfermedad. En diciembre del 2012, presentó los resultados a la comunidad y les reveló el nombre del asesino invisible: una piedra blancuzca parecida a un abanico, que al tacto o con el viento se deshace en polvo. Es la erionita potásica, un mineral de origen volcánico que se vuelve peligroso cuando es sacado de las entrañas de la tierra por los afluentes subterráneos de los mantos acuíferos y la erosión.

“Es una de las sustancias más carcinogénicas y abunda en esa región, especialmente en la orilla del río y en un cerro cercano”, me explicó en una entrevista telefónica. Ortega encontró hasta el 1 por ciento del volumen de la roca compuesta por erionita. Convertido en un polvo casi invisible, ese mineral causa un cáncer extremadamente letal y raro: el mesotelioma.

Ese agresivo cáncer ataca al tejido que reviste los pulmones, la cavidad torácica y la membrana pulmonar, la pleura, al abdomen o al saco que contiene al corazón. Los síntomas se manifiestan después de largos períodos de exposición, cuando ya es demasiado tarde para cualquier tratamiento. Las conclusiones de su reporte fueron contundentes: o se asienta la comunidad en otro lugar, o se hace un trabajo de saneamiento. Exige una acción gubernamental urgente: sellar o desmantelar las casas de adobe, una reforestación masiva y el asfaltado de los caminos para fijar la erionita y evitar su contacto con el aire.

Poco después, entregó el reporte a las nuevas autoridades municipales, recién cambiadas después de una elección. El tema se olvidó. “Desde entonces, no ha pasado nada”, se queja Magdaleno Ramírez, presidente del Consejo Estatal Indígena. “Recién me recibió el director de Salud Municipal, Martín Millán, para decirme que solo hay registro de un caso de mesotelioma en Tierra Blanca y que eso se debe al asbesto en los techos”, comenta el líder indígena

Desde su despacho de investigador científico de la UNAM, Ortega refuta de todos modos el argumento del funcionario: “Todas las casas de la región tienen asbesto en sus techos, pero no en todos lados mueren de mesotelioma”.

Con la responsabilidad de haber resuelto el misterio, Graciela Martínez añade otro problema: “Los registros sanitarios no existen, porque el cáncer necesita unos 20 a 30 años para desarrollarse, y muchos jóvenes han migrado”. Mueren en el DF, en Querétaro o en Estados Unidos.

Los pobladores han comenzado a propalar el descubrimiento boca a boca. Ramírez, el líder indígena, tilda a las autoridades de negligentes y racistas: “Están por construir una autopista para beneficiar a las industrias exportadoras del Bajío, eso les importa mucho más que la salud de su gente”, critica.

La inversión para sanear ese poblado, sin embargo, no parece estratosférica. El silencio se debe probablemente a que el problema puede exceder por mucho a Tierra Blanca. El científico no excluye que por el origen geológico de la zona, haya mucha más erionita enterrada todavía. Revolver la tierra para una mega-obra tendría entonces riesgos incalculables y podría causar una resistencia mayor a la construcción de la autopista o por lo menos grandes retrasos para efectuar estudios geológicos detallados. “Tampoco está claro, si la erionita ha llegado por el río hasta la presa Allende, contaminando así una importante fuente de agua”, añade el geólogo.

A Consuelo Ramírez, ni la erionita ni la política le arruinan el sueño. “Aquí nací, aquí voy a morir. ¿De qué sirve que nos corramos, si yo tengo casi 60 años respirando esa cosa? Me va a atrapar igual”, dice con su sonrisa pícara y resignada. Tal vez sí, tal vez no. Consuelo vive lejos del río y tiene una huerta con duraznos, nísperos y hierbas medicinales que siempre ha protegido su casa de los vientos polvorientos. Puede ser su salvación. De todos modos, cuando se enferma, sabe que ya no habrá remedio. Pero una cosa sí la intriga: “Lo que de verdad me gustaría es poder salvar a mis 14 nietos”.