Cuál amigos, “hermanos”

Aristóteles Sandoval y Mario Anguiano ponen pausa en el viejo conflicto limítrofe entre Jalisco y Colima, y se deciden a resolver el atraso en servicios y propiciar la inversión en la zona.

Barra de Navidad

La naciente hermandad priista entre Jalisco y Colima da sus primeros pasos y busca hacer a un lado el largo y a ratos agrio conflicto territorial que ha enfrentado a sus pobladores, de forma acusada, a partir de los años 90 del siglo pasado.

Y qué mejor que hacerlo a la mexicana, con dos gobernadores que si en la era panista se hubieran enzarzado en declaraciones soberanistas, ayer no dejaron de decirse “hermanos” y declararse mutuos cariños a la menor provocación, frente a decenas de lugareños, activistas y políticos, al pie del monumento en recuerdo de los marinos López de Legazpi y Andrés de Urdaneta, que aquí abrieron la ruta a las Filipinas hace casi cinco siglos. Es el malecón del viejo y atribulado puerto de Navidad, hoy enfermo por la destrucción de más de medio siglo, saldo de la modernización de La tierra pródiga.

Primero, la defenestración de los perversos. Esa le tocó al gobernador Anguiano, quien dijo que la controversia limítrofe —de largo aliento, pero puesta en el terreno legal por el primer gobernador panista de Jalisco, Alberto Cárdenas Jiménez, en 1997— había sido alimentada por “actitudes negativas de algunos habitantes” de los pueblos de la zona, y “actitudes no adecuadas” de algunas autoridades.

Es el regreso de los discursos “de soslayo” del viejo “nacionalismo revolucionario”: sólo señalo de paso a los indeseables, sólo les mando avisos entre líneas, sólo menciono las conjuras pero no a los conjurados.

Pero Anguiano Moreno también hizo homenajes. Además de a su amigo —qué digo amigo, “hermano”— Aristóteles Sandoval; a sus cercanos, los empresarios Leaño Reyes, quienes, cuando los ejidatarios de El Rebalse de Cihuatlán, en 2009, cerraron la llave del agua para Colimilla (La Culebra), desde su desarrollo Isla de Navidad la abrieron para mantener el caserío de 40 familias enclavado frente a la laguna. Tras cada reconocimiento, pausado y meditado, surge la exaltación del funcionario, y anima a los concurrentes: “Pido un aplauso”. Y las multitudes no rugen, pero faltaba más, tras tantos años de espera, las palmadas no sobran…

El futuro se allana: los gobernadores ven la posibilidad de detonar una zona conurbada interestatal. Y para que vean que no hay fijón en el muy humano tema de los rencores, el aeropuerto de Manzanillo se agregaría un apellido: Costalegre. La promoción turística sería conjunta. En la danza de los planes, el director de la Comisión Estatal del Agua de Jalisco, Felipe Tito Lugo Arias —quien no da entrevistas a la prensa, pero se toma en serio sus momentos de gloria en los discursos oficiales— promete agua para 300 mil personas de los futuros desarrollos. ¿Es el camino a la felicidad?

Así, el motor del arreglo es inconfundible: relanzar el desarrollo, aunque si se hace caso al jalisciense Aristóteles Sandoval, será bajo otras reglas, y no la arbitrariedad y el abuso de poder de los caciques sempiternos de la célebre novela de Yáñez, retratos tomados de la moderna historia regional, y que parecen reiterar la vigencia de la vieja fórmula de que “poesía es verdad”.

Los viejos miran con escepticismo a la orilla del gran banquete, sabedores de la inconstancia de las pasiones humanas.