Rojo Café bajó el telón y se llevó toda su tradición

Alfredo Saras habla del negocio cultural que tuvo por 14 años, valora los retos y las anécdotas.

Guadalajara

Acordar un encuentro para tomar un café, junto con las tardeadas, hace alrededor de 14 años se convirtió en un acto social muy popular en Guadalajara. Acudir al café dejó de ser un actividad reservada para los intelectuales y la demanda empujó al desarrollo de centros culturales que ofrecían una carta de bebidas para acompañar un menú de espectáculos de arte en un mismo espacio. Para ese entonces el Rojo Café se impuso con tal formalidad que marcó una tendencia de negocio y cohesionó el sector cultural, aunque al ritmo voluble de la clientela tapatía que finalmente agotó su ciclo de vida y el establecimiento cerró en marzo.

Alfredo Saras Rangel es un ingeniero en electrónica que se dedicaba a desarrollar programas de software para una armadora de computadoras hasta que entró en una crisis que le obligó a buscar razones para justificar su existencia, según cuenta. Tenía 30 años, quería poner su grano de arena y dejar de ser un "asqueroso nerd sin vida social", entonces encontró en el arte y el pensamiento los factores que le podrían ayudar a cambiar la sociedad. Así se lanzó, como caballero sin escudo a la cruzada cultural y fue por 14 años el propietario de este centro cultural que marcó el pulso del inestable sector que aún ahora no termina por afianzar un negocio prolífico para profesionales del arte.

"Me aventé sin saber y pagué altísimo el precio de no saber, mi inquietud me llevó a abrirlo. Fue poquito antes de que se pusiera de moda, me tocó el boom del café. Abrí y dos años después despuntó el negocio en un época en la que irte a tomar un café era socialmente interesante y atractivo, más antes de eso era motivo de charla, motivo de encuentro, después cambió por las micheladas. Y fue decayendo, hasta que empeoró más y de dos años para acá han cerrado muchos lugares".

Alfredo es reconocido por su carácter apacible y fraternal que integró al gremio, siendo el Rojo Café un foro por el que pasaron sino todos, un gran número de artistas y agrupaciones tanto emergentes como consolidadas que incluso lo tomaron como sede exclusiva donde sólo ahí se les podía ver como es el caso de Radiopatías, Alejandro Filio, El Virulo o Pancho Madrigal y El Borlote. Además, el lugar destacó porque se mantuvo abierto para reuniones con intereses culturales, ahí se discutieron leyes de fomento a la cultura, sobre el marco fiscal de los artistas, y el tema más reciente sobre las condiciones legales y el pago de impuestos de los centros culturales.

"Pienso que dejó de ser atractivo para los usuarios de Chapultepec el centro cultural y no supimos adaptarnos al nuevo público", lamenta Saras y dice que el fenómeno de los centros culturales "es un tema de estudio para reflexionar". Subraya también que el ayuntamiento ha aumentado los costos de las licencias para operar un negocio como este y señala la falta de estímulo fiscal o institucional ante el fomento cultural.

"Una licencia de centro artístico cultural tiene dos filtros que debes cubrir antes de pagar el costo de la licencia de giro restringido que se les llaman bloqueos, tu licencia está bloqueada hasta que no pagues cajones de estacionamiento y peritaje de los anuncios. En total yo pagaba de eso cerca 15 o 20 mil pesos, más casi 6 mil mil del permiso del centro cultural con venta de cerveza. Cuando el negocio fluye puedes recuperar esa inversión pero el Rojo Café fue decayendo y no era redituable", explica el empresario que pasará una temporada de descanso.

La magia sucedía en el escenario

Con nostalgia, Afredo Saras bajó el telón de un café cultural que atravesó por adversidades distintas pero dio muchas satisfacciones. Ahí se realizaron bodas e incontables propuestas matrimoniales. Obras de teatro surgieron en ese lugar, entre café y café compositores dejaron letras selladas sobre su mosaico eterno, poemas en sus mesas se escribieron y la música jamás abandonó el escenario bohemio.