Intersticios: La paja en el ojo ajeno

Llama bastante la atención la hipocresía del discurso occidental al demonizarlos, mientras se pasan por alto los horrores cotidianos propios.
Las Pussy Riot.
Las Pussy Riot. (EFE)

México

En los últimos tiempos se ha venido reeditando una nueva versión del añejo conflicto internacional entre Occidente contra distintos rivales con regímenes que oscilan entre lo hegemónico y lo autoritario, como son el caso de China y de Rusia. Más allá de las verdaderas cuestiones político-económicas que están en juego, la batalla se libra a un nivel discursivo y de pretensiones de superioridad moral. No solo los líderes, sino en general la prensa occidental, adoptan un tono basado en la utilización de adjetivos despectivos en contra de los regímenes opositores, con un tono implícito de “cuándo aprenderán por fin a vivir como nosotros”. Es manifiesto que, independientemente de cualquier preferencia o alineación política, sucesos recientes ocurridos bajo la tutela de ambos regímenes considerados como villanos (Liao Yiwu, Ai Weiwei, las Pussy Riot, la homofobia abierta y legalizada, la anexión de Crimea, etcétera) constituyen un pisoteo tanto de personalidades artísticas célebres como de ciudadanos comunes y corrientes. Sin embargo, llama bastante la atención la hipocresía del discurso occidental al demonizarlos, mientras se pasan por alto los horrores cotidianos propios, considerados como residuos inevitables del mejor sistema político-económico que jamás haya existido.

En el fondo, los líderes de ambos bloques se sirven de la demonización del otro para obviar los rasgos de sus regímenes que —y en esto sí se parecen sin excepción— concentran pavorosamente la riqueza en una élite minúscula, que en general controla los medios de comunicación, que está en su mayor parte por encima de la ley, que utiliza a los pobres como mano de obra barata a la que luego le vende con beneficios los artículos que ellos mismos producen. En ambos casos, el Estado está secuestrado y en ambos casos el ciudadano común no se siente representado, y sabe que no tiene nada en común con esos mandarines que lo invocan a cada rato, perpetuando su pobreza y exclusión siempre en el nombre de estar en realidad trabajando por su bien. Que en unos países cada tanto tiempo se tachen emblemas para decidir cuáles miembros de la plutocracia partidista gobernarán ahora no modifica nada de lo esencial ni concede autoridad moral para señalar al otro. Quizá la principal diferencia consiste en que en Occidente el poder se ejerce a partir del discurso del bien de todos, mientras que sus adversarios quizá son más cínicos para defender abiertamente la utilización
del poder como medio para servir al propio poder y a quienes lo detentan.