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Domingo , 16.12.2018 / 16:19 Hoy

Uno murió, el otro sigue en el hospital…

La familia Martínez Esparza celebra que Manuel sea uno de los sobrevivientes al abandono en un tráiler en San Antonio, Texas, pero llora a Ricardo, el hijo menor que buscaba vivir mejor.

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Los hermanos Manuel y Ricardo Martínez Esparza, de 33 y de 24 años, respectivamente, fueron dos de los 34 migrantes mexicanos que viajaban dentro del tráiler que abandonó un coyote en San Antonio, Texas.

De ellos, solo Manuel sobrevivió a la tragedia: su hermano menor, Ricardo, murió por la falta de oxígeno dentro del montacargas.

La razón por la que se fueron del país, y el infierno que vivieron los dos jóvenes durante el viaje, lo cuenta su hermana, Ana Lidia Martínez Esparza.

“Los ocho hermanos que integramos la familia crecimos aquí, en el municipio de Loreto, pero el trabajo en el rancho que rentan nuestros padres nunca fue lo que ellos querían.

“Por eso poco a poco cada uno agarró camino para el otro lado. Solo faltaban ellos, Manuel y Ricardo”, plática la joven de 33 años mientras limpia el altar que montó para su hermano.

El día que sus hermanos viajaron, recuerda, solo llevaban consigo una pequeña maleta en la que guardaron los más de 12 mil dólares que les cobró el coyote por cruzar la frontera; el dinero lo pidieron prestado y lo pagarían poco apoco una vez que consiguieran trabajo.

Partieron el 18 de julio y, pese a que sus padres intentaron detenerlos, los jóvenes zacatecanos argumentaron que tenían la necesidad de “viajar y conocer otro mundo”.

“Manuel ya había viajado a Estados Unidos, pero nunca se halló y regresó para intentarlo aquí”. Durante un año buscó trabajo, pero no lo consiguió en ningún lado y decidió regresar al país vecino.

“El trabajo en el campo no era lo suyo. La paga de 150 pesos diarios no era suficiente, y como se quiere casar necesitaba juntar dinero para construir su casa”, cuenta.

En el caso de Ricardo, nunca antes había salido del pueblo. “Él siempre estuvo aquí, era la mano derecha de mi papá, pero pues sus amigos de la infancia ya se habían ido para allá y él se sentía solo. Se sentía estancado”.

Si sus padres accedieron a dejarlo ir fue porque viajaría junto con Manuel, y así ya no realizaría el peligroso viaje solo. “Eso les dio más confianza”.

Una vez que partieron, la familia no volvió a saber de ellos; sus hermanos que estaban allá eran los únicos que tenían el contacto del coyote que les ayudaría a cruzar la frontera, pero éste dejó de contestarles la mañana del domingo 23 de julio.

“Aquí mis papás y yo no sabíamos cómo iba el viaje, pero mis hermanos que viven allá, sí. Ellos nos platican que el sábado 22 hablaron con ambos y que les dieron el número de celular del coyote, pero cuando intentaron contactarlo al otro día nunca contestó. Todos se comenzaron a preocupar”.

A partir de ese momento la búsqueda comenzó. “Mis hermanos, los que están allá, se pusieron a investigar qué había pasado. Sospechaban que algo andaba mal. La preocupación aumentó cuando mis padres vieron en las noticias que un tráiler con 39 migrantes había sido abandonado en el estacionamiento de un Walmart de San Antonio Texas”.

Una vez que el tráiler fue rescatado, la familia Martínez Esparza fue contactada por personal de la Secretaría de Relaciones Exteriores en Zacatecas. En una visita a su domicilio, les confirmaron que dos de los 34 mexicanos que dejaron varados dentro del montacargas eran sus hijos. Uno estaba grave y el otro, Ricardo, había muerto por falta de oxígeno.

“Como Manuel estaba en coma renal, como casi todos los que viajaron ahí, mis padres tenían que llegar inmediatamente a Texas. Era necesario que alguien lo cuidara mientras reaccionaba. Unos días antes de que ellos viajaran enterramos a Ricardo”, relata.

El 27 de julio las autoridades federales y estatales comenzaron con los trámites para la repatriación del cuerpo de Ricardo. Ese día, a través de un comunicado, la Secretaría del Zacatecano Migrante informó que ya habían acordado realizar los trámites necesarios con el Consulado General de México en San Antonio, además de que iniciaron el trámite especial para que los padres de los jóvenes pudieran viajar a ver a Manuel.

El 4 de agosto, luego de poco más de 16 días de dolor e incertidumbre, llegó a tierra zacatecana el cuerpo de Ricardo. Eran las 11 de la mañana. El funeral se llevó a cabo en la comunidad Lomas del Paraíso, en Loreto Zacatecas. “Ese día mis padres no dejaron de llorar. No sabían cómo continuar el camino sin uno de sus hijos”, cuenta Ana Lidia.

El cuerpo de Ricardo salió rumbo a la parroquia ubicada en la comunidad La Concepción, mejor conocida como La Concha. El ataúd fue cargado por familiares, amigos, primos y tíos que se aferraron al ataúd del joven que solo había salido en busca de “una vida mejor”.

Ana Lidia recuerda que el cortejo transitó las calles en total silencio. Ni un solo canto se dejó escuchar. “Al llegar al panteón mi mamá no dejó de gritar que le devolvieran a su hijo, el más pequeño, y mi padre no podía ni estar de pie, parecía que iba a morir de tanto dolor”.

Hoy, Manuel, el hermano sobreviviente, apenas comienza a reaccionar. Él no sabe que su hermano murió, sus padres han decidió no decirle hasta que se recupere por completo.

La familia tiene los sentimientos encontrados, por un lado festejan que Manuel haya sobrevivido, pero por otro sufren la muerte del hijo más pequeño.

“Todos estamos muy mal, no lo podemos creer, porque de estar ellos aquí bien, de repente ya se van y no regresan”, expresa.

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