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Domingo , 24.06.2018 / 10:08 Hoy

Trump: menos política y más 'show'

No tiene simpatizantes, sino fans, quienes lo reciben como estrella de rock; esa figura de potentado que posee el magnate atrae a las masas, que esperan ungirse con su éxito para disipar sus miedos e incertidumbres económicas...

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La Aldea

Desde la distancia, no tiene sentido. ¿Cómo explicar que una ex estrella de un programa de tv —famoso por hacer dinero, un horroroso divorcio en los 90, y el pedido de no permitir el ingreso de musulmanes al país— pudo haber ganado una primaria en Nuevo Hampshire?

Pero quienes se hacen esa pregunta no han estado nunca en un acto público de Donald Trump.

El público comienza a hacer las colas de acceso más de una hora antes de que abran las puertas, aguantando temperaturas próximas a cero grados centígrados. Al momento en que Trump se sube al escenario —media hora tarde, a causa de la nieve— hasta cuatro mil personas ya enfrentaron distintos riesgos para poder ver a su ídolo.

Jeb Bush logró reunir apenas 10 por ciento de ese número en el comedor de una escuela dos días antes. Marco Rubio logró atraer mil personas, pero con la oferta de hot cakes, aunque en realidad haya servido café y galletas.

"Supongo que vine por el entretenimiento", confiesa un estudiante de 19 años que esperaba pacientemente por Trump.

"¡Será fenomenal!", comenta Brian Carey, propietario de una compañía de construcción y quien mandó instalar en el techo de su empresa un cartel enorme que dice: "Make America Great Again!" ("Recobrar la grandeza de Estados Unidos", el lema de Trump). Carey dice que no está dispuesto a retirar el cartel.

Lejos está Trump de preferir los locales pequeños que agradan al senador Ted Cruz en un intento por parecer más cercano a los electores.

Poco importa si la tradición política en Nuevo Hampshire es estrechar manos y hacerse fotos con electores en pizzerías y restaurantes. Fiel a su estilo, Trump simplemente alquiló el mayor espacio de la ciudad, el estadio Verizon Wireless Arena, con capacidad para diez mil espectadores. Y todo —como el presentador se aseguró de recordar a los asistentes— pagado por Trump, de su propio bolsillo.

Y mientras Bush empieza sus reuniones con un juramento de lealtad, los seguidores de Trump compran comida rápida y refrescos, como si fueran a un partido de basquetbol o a un concierto de rock.

Mientras los electores se acomodan, en los altoparlantes suena Nessun Dorma, los Beatles o Elton John, éste último una preferencia un poco fuera de lugar. "¿Por qué tenemos que escuchar a este liberal rarito?", pregunta un elector.

En otros países, los políticos hacen todo el esfuerzo posible para fingir que son personas normales, pero a Trump nada le gusta más que recordarle a todo el mundo cuán rico y exitoso es.

Más que cualquier otra cosa, su acto de campaña proyecta poder. El escenario es decorado con un cartel que en rojo, blanco y azul repite su lema de campaña ("Make America Great Again!") y una serie de banderas estadunidenses que se ven muy presidenciales.

Cuando ya todos están sentados, el presentador pide al público que por favor no use la violencia en caso de protestas. Claramente, estamos iniciando una noche diferente.

Instantes antes de su llegada, un video exhibido en una pantalla incluye un retrato de familia en un cuarto dorado, con su hijo menor montado en un león embalsamado.

Y en el instante en que aparece, el público parece perder la razón. Están cautivados. Cuanto más insulta a países y personas a quienes culpa por los males de EU, más lo aman.

¿Puede uno imaginarse a un político llamar a otro "cagón"? Trump lo hizo con Cruz. Durante el acto público, una mujer de la audiencia grita algo sobre Cruz, y Trump no deja pasar la oportunidad. "Ella está diciendo que él (Cruz) es un cagón. ¡Eso es terrible!", grita Trump abriendo los brazos en un gesto de falsa indignación, en medio de una enorme ovación y silbidos de aprobación.

Sus propuestas son tan conocidas que ya son usadas para dialogar con las multitudes. "¿Quién va a pagar el muro?", pregunta al público. "¡México!", responde el estadio entero, para luego iniciar el coro "¡USA!, ¡USA!, ¡USA!"

Resulta fácil burlarse del candidato y sus seguidores. A cada paso ha roto todas las reglas sobre campañas electorales, y sin embargo de alguna forma sigue al frente de los aspirantes republicanos.

Es necesario acompañar uno de sus extraordinarios actos de campaña para que la razón se torne evidente. Mientras analistas en Washington y Nueva York ven a EU como un rompecabezas de rojo y azul, o estados demócratas y republicanos, o de votantes negros y ciudades industriales, muchas personas están cansadas de ser vistas como bancos de voto, cuyas urnas sirven cada cuatro años y después son olvidadas.

Estadunidenses privados de derechos se acercan a Trump porque se han alejado de la política al tiempo que él les ofrece fama. Sienten resentimiento contra los políticos profesionales, con los medios de prensa y con todo el sistema.

Es un hombre de espectáculo que ocupa el escenario como un astro de rock, y mantiene electrizados a sus interlocutores. Es menos política y más espectáculo y justo por eso, ninguno de sus adversarios tiene idea de cómo enfrentarlo.

Es un multimillonario ultrafamoso que logra que la gente crea que puede transferirle un poco de su éxito con tan solo su cercanía.

Su audiencia está compuesta por trabajadores blancos, alarmados con el deterioro de la imagen de su país. Algunos son desempleados o hacen enormes esfuerzos para llegar a fin de mes. Trump llega, les arroja un poco que polvo mágico y se los mete en el bolsillo.

Trump es suficientemente inteligente para identificar los problemas y los miedos. Pero sus oponentes dicen que no tiene respuestas.

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