REPORTAJE | POR ALBERTO VALERO(1) Y RICARDO VILLANUEVA HALLAL(2)

Una taza de té para Mandela

Legado

'Madiba' entendió que le había ganado al 'apartheid' cuando Botha lo invitó a tomar una bebida caliente e iniciar el diálogo.

Pieter Botha y Nelson Mandela en una foto tomada en 1995, cuando el segundo ya era presidente.
Pieter Botha y Nelson Mandela en una foto tomada en 1995, cuando el segundo ya era presidente. (AFP)

Hay cinco momentos clave en la trayectoria del gran personaje que acaba de morir en Sudáfrica, en medio del dolor y la admiración del mundo entero.

El primero, cuando adolescente abandona Qunu, su aldea natal en el Transkei, para sacudirse el destino de pobreza a que lo ataba la realidad colonial, y escapa a Johannesburgo, donde se iniciará en la vida sindical.

Luego, cuando en 1952 Mandela funda con Oliver Tambo —su compañero de toda la vida— el primer bufete de abogados negros, que alcanzaría fama internacional en el llamado Juicio de Rivonia. Ahí se le acusará de rebeldía frente a las leyes que sentaron las bases del apartheid con odiosas medidas de segregación y represión policial, utilizadas en manifestaciones como la de Sharpeville, y para proscribir partidos políticos progresistas. Es entonces condenado a cadena perpetua junto a Walter Sisulu, otra figura fundamental, pero su impecable defensa lo convierte en portavoz moral y político de la oposición.

El tercer episodio pertenece al anecdotario, era siempre evocado por Mandela con simpatía. Después de casi tres décadas en el penal de Robben Island y de una resistencia indoblegable tanto a la tortura como a los halagos del gobierno, el ya septuagenario líder percibe un cambio en la conducta de sus guardianes. Se le comienza a tratar con respeto y el propio presidente Botha le sirve el té en una entrevista secreta que tiene lugar en la casa que, por ironías del destino, sería después su residencia oficial como presidente de la República. Aquella mañana, mientras el responsable de su cautiverio le preguntaba cortésmente si prefería uno o dos terrones de azúcar, el dirigente del Congreso Nacional Africano comprendió que había ganado la batalla...

Poco después, por achaques físicos y desgaste político, Botha cedería el paso a Frederik de Klerk, un relevo de la más rancia tradición afrikaans, quien abre el camino del cambio institucional con su discurso del 2 de febrero de 1990, en que levanta la prohibición contra el CNA (Congreso Nacional Africano) y otros partidos opositores y libera a Nelson Mandela.

El cuarto episodio es crucial, porque el futuro del país se encuentra en manos de quien tiene razones y fuerza moral suficientes para asumir una actitud de encono y convocar —si lo desea— a una guerra santa contra sus carceleros. Pero Mandela es otro y emerge con un mensaje de reconciliación, dirigido a la fracción de la minoría blanca que apoya a De Klerk y a los recalcitrantes de su propia familia, que le reclamaban proseguir la resistencia armada.

Un simple paso en falso en ese momento habría desencadenado un drama de dimensiones insospechadas. No pocos temieron que su prolongado encierro hubiera afectado su capacidad para encabezar el combate contra los fanáticos blancos de línea dura y las nuevas generaciones del CNA, impacientes y decididas a todo para liquidar el apartheid.

Pero su empeño y firmeza de convicciones lo llevarían a impulsar un proceso negociador de casi dos años en el Trade Centre de Johannesburgo, que incorpora a 26 agrupaciones y que se concreta —primero— en un texto constitucional provisional, luego en el Consejo Ejecutivo Transitorio, y finalmente en la espléndida jornada electoral que convirtió a Nelson Mandela en el primer presidente negro de Sudáfrica. Bajo su mandato quedará superado un estilo pugnaz de gobernar y Sudáfrica ingresará al escenario internacional como un actor de primer orden, que habrá de imprimir un impulso de colaboración en beneficio de todo el continente.

Muchos equiparan la transición democrática en Pretoria con la caída del muro de Berlín, porque se trata de hitos que abren la posibilidad de transformaciones esperanzadoras. Es cierto, después de Mandela se perdonará menos a dirigentes regionales y ya no será fácil escudarse en factores externos para explicar atrasos o legitimar regímenes negros de orientación totalitaria.

El quinto momento de Mandela es tal vez el de mayor altura. Se da cuando abandona el poder y la política para convertirse —tal vez involuntariamente— en conciencia de su país y referencia internacional del honor y la decencia. Atrás han quedado las vulgaridades de la política pequeña y surge ahora el gigante sereno, que vive de forma sencilla rodeado de su familia, y viaja solo para acompañar las causas más nobles de este mundo. Es un Mandela que fotografiado junto a sus nietos no es menor o irrelevante y que, con su mirada profunda, nos sigue indicando que la sencillez lo llevará también a su último destino.

El apuesto boxeador juvenil ha librado su último combate, y lo ha ganado también. Con arte, con elegancia... con corazón.

1 Venezolano, fue diplomático en Sudáfrica.
2 Embajador de México en Polonia.