Tarahumaras en los Pirineos

Ante los ciber-runners europeos equipados con sofisticados instrumentos siguen destacando los corredores rarámuris mexicanos, quienes solo con huaraches, agua y pinole mantienen vivo “el arte de ...

La Cerdaña, España

Desde la televisión ubicada en la esquina de la habitación, una voz da cuenta de que Enrique Peña Nieto será el último presidente que visitará al rey Juan Carlos antes de abdicar. Nadie presta atención.

Silvino Cubésare está sentado frente a la pantalla sobre un sofá color arena iluminado por la última luz de la tarde que se filtra entre las cortinas. El hombre de tez cobriza mira como ausente la gorra que tiene entre sus manos.

Por algunos segundos ha permanecido así, como en un viaje interior, uno que acaso lo ha llevado muy lejos de estos Pirineos catalanes, hasta el otro lado del mar Atlántico donde está su hogar, ahí donde todos los días se desplaza impávido como el viento característico de los miles de kilómetros que forman las magnánimas Barrancas del Cobre.

Al retornar de su breve recorrido trascendental, Silvino sacude su gorra, suspira y, fastidiado, se la vuelve a colocar en la cabeza al tiempo que mira las imágenes del noticiero de una realidad que desconoce y que parece no interesarle. Entonces estira la mano, toma el control remoto y cambia el canal mientras se recuesta sobre el sofá dejando los pies y las sandalias volando fuera del asiento.

Es el sábado 7 de junio y este hombre de 36 años, originario de Batopilas, Chihuahua, está agotado. Ha pasado más de un mes desde que salió de su casa y su tierra, junto a su compañero Arnulfo Quimare, para realizar una gira de tres carreras por España invitado por un club de corredores locales.

Hasta ahora, dos de las competencias ya se han realizado; en una de ellas, la del fin de semana pasado, que en extensión tuvo el equivalente a más de tres maratones, Silvino estuvo a tres segundos de ganar el primer lugar.

“Vamos, muchachos. Nos tenemos que ir”, dice Salvador Olguín, un chihuahuense que acompaña a los dos rarámuris en esta aventura fascinante para todos. “Ya es el último compromiso. Venga, vámonos, compadre”, le dice tratando de animar a Silvino, quien se ha quedado retrasado.

Pero el rarámuri no parece entusiasmado por asistir a otra presentación de las extenuantes carreras de ultramaratón, un tipo de deporte que incluye carrera a pie con una longitud mayor a los 42.195 kilómetros que tiene el maratón convencional. Los compromisos alternos a las competencias de la última semana: entrevistas, visitas y presentaciones de los últimos días, lo han dejado muy cansado. No obstante, haciendo un esfuerzo, Silvino se levanta del sofá y camina arrastrando las sandalias hacia la puerta.


LOS INSANOS

Ocho días antes, a las 9:30 de la mañana del viernes 30 de mayo, Silvino Cubésare y Arnulfo Quimare se vieron rodeados por un grupo de más de 700 ciber-runners embutidos en lo último en tecnología y materiales para correr largas distancias en la línea de salida de la famosa carrera anual Quxote Legend, que se lleva a cabo en Alcaraz, ciudad de la provincia de Albacete, al sur de España, y que tiene como fin recorrer 154 kilómetros en tres días.

Como siempre, y según es su costumbre, aquella mañana los indígenas que el periodista Fernando Benítez describiera como “de ojos en forma de almendra”, no daban signos de ninguna emoción. Solo miraban al grupo de “máquinas aeróbicas” a su alrededor, capaces de correr decenas de kilómetros en unas horas a través de caminos escarpados.

Aquellos súper hombres portaban en sus muñecas, entre otras cosas, unos grandes brazaletes que, además de marcar la hora, les ayudarían a conocer su ritmo cardiaco, la altura en la que se encontraban, la distancia recorrida de la carrera y aun qué camino seguir para no extraviarse.

Aquellos “locos” o “insanos”, como califican a estos corredores por las enormes distancias que son capaces de recorrer, venidos desde Portugal, Francia y de distintas provincias de España, iban enfundados en materiales sintéticos que les permiten mantenerse frescos o guardar el calor corporal de acuerdo a las condiciones climatológicas. Además, en sus pequeñas mochilas de brillantes colores ajustadas perfectamente a la espalda, portan depósitos de agua, píldoras de cafeína, tubos plastificados y barras con fórmulas energizantes.

Mientras, los chihuahuenses solo llevaban en sus mochilas agua y un poco de pinole, aquel polvo obtenido de moler la vaina del mezquite, también conocido como “chorupe”, el cual es una harina dulce que resulta muy energética.

Pero fueron los corredores europeos quienes aquella mañana en la línea de salida se mostraron más interesados por la inusual presencia de los tarahumaras en la competencia; les solicitaban posar junto a ellos para una fotografía. La prensa local y los aficionados enfocaron más sus cámaras y celulares en Arnulfo, quien correría la carrera ataviado con el taparrabos que los rarámuris llaman “tagora” y calzando las tradicionales sandalias de cuero y llanta, y no con los extravagantes zapatos deportivos capaces de reducir el impacto físico de la prolongada carrera.

Un punto de las 9:30 de la mañana un dron sobrevoló la plazoleta de Alcaraz donde se ubicó la línea de salida sin que los indígenas le prestaran atención. Ambos se mostraban discretos y concentrados cuando en el sonido local se escuchó la cuenta regresiva para la salida: “¡Cinco, cuatro, tres, dos, uno!”, y arrancó el inmenso grupo con Silvino y Arnulfo.


PIES NEGROS

Al finalizar la tercera etapa del Quixote Legend, la imagen de Silvino en lo alto del podio se hizo viral en las redes sociales, pues terminó en la segunda posición general la extenuante carrera de 154 kilómetros, con un tiempo de 16 horas, 42 minutos y 11 segundos, solo tres segundos debajo del ganador, el portugués Pedro Márquez. ¿Cómo era posible que un rarámuri se encontrara ahí, en una competencia a miles de kilómetros de la Sierra Madre Occidental? ¿Quién y cómo lo había llevado hasta ahí?

La respuesta tiene que ver con Mariano Pascual, conocido en el ámbito de las carreras como Nano pies negros. Apodado así porque nunca usa zapatos, Pascual es de los corredores más experimentados de las llamadas “carreras minimalistas”, que se han popularizado por su estilo natural, en el cual el corredor utiliza un calzado con suela de un grosor menor a un centímetro o, como Mariano, corre totalmente descalzo.

Hace un par de años, en julio de 2012, Nano fue a correr con un grupo de amigos españoles el ultramaratón de los cañones de Guachochi, Chihuahua, una prueba nada sencilla de 100 kilómetros, un reto mental y físico que exige internarse junto a más de un centenar de tarahumaras en La reina de las barrancas, La Sinforosa, a un desnivel de mil 650 metros sobre el nivel del mar.

Durante ese viaje a México, Nano tuvo oportunidad de conocer el rancho de donde es originario Arnulfo, quien en tres ocasiones ha ganado la famosa carrera de Guachochi y que en ese 2012 quedó en segundo lugar. Ahí mismo hizo contacto con Salvador Olguín, con quien mantuvo comunicación vía internet.

Al regresar a España, Nano participó en la organización de la carrera de Penyagolosa 2013 en la que por primera vez se incluía una categoría minimalista en el país. Ahí le sugirió al comité invitar a los tarahumaras para hacer más atractiva la competencia y dar a conocer la cultura rarámuri. Vicente Tico Cevera, director técnico de la carrera, aceptó pagar el viaje de los corredores conocidos como Pies ligeros.

En julio del año pasado, Silvino Cubésare y José Cruz asistieron a la competencia que forma parte del campeonato de España. Los indígenas tuvieron una discreta pero digna participación en la competencia. Pero lo que causó más impacto entre los asistentes fue conocer la realidad de los indígenas rarámuris y darse cuenta de que estaban corriendo junto a la leyenda: Silvino Cubésare.


CABALLO BLANCO

“Los tarahumaras, unos indios de la Sierra Madre Occidental de México, son los mejores corredores del mundo. En carreras sin descanso y llevando un botón de peyote y la cabeza disecada de un águila bajo el cinto para protegerse de la brujería, estos tarahumaras pueden trotar más de 200 kilómetros”, escribió el explorador danés Carl Lumholtz.

En algún momento, el maratonista estadunidense Michael Randall Hickman, quien fuera conocido en vida como Micah True o Caballo Blanco, leyó las descripciones de Lumholtz y decidió conocer a la “gente que corre” que emerge desde el Cañón del Cobre con resistencia y velocidad sobrehumanas.

Christopher McDougall, autor del libro Nacidos para correr, cuenta que en 1993 una figura de piel cobriza de 55 años apareció en la línea de salida de la famosa Leadville Trail 100, una temible carrera a través de las Montañas Rocallosas estadunidenses, equivalente a cuatro maratones completos. El hombre derrotó a un montón de corredores de élite de varios países. Entonces supieron que se trataba de un indígena tarahumara del estado mexicano de Chihuahua. Al año siguiente, otro hijo del viento tiró el récord de la justa, pero, dice McDougall: “Si uno estudia el video de la carrera de 1994, puede ver una figura alta, desgarbada, que corre paso a paso con el corredor tarahumara. Aparece por un instante, después se desliza hacia un lado apenas antes de llegar a la meta y desaparece entre la multitud. Aquel guía de la última edición en que participaron los rarámuris era el mismo Michael Randall Hickman. El maratonista estadunidense se había ido tras ellos para conocer sus secretos.

“Para el momento en que logré ubicarlo —cuenta McDougall—, ya había vivido 15 años con los tarahumaras. Su secreto, me confesó Caballo, era simple. Los tarahumaras recuerdan que los seres humanos son creaturas en constante movimiento. Y si olvidamos que hemos sobrevivido y crecido por la mayor parte de nuestra existencia como corredores de fondo, sufrimos las mismas consecuencias de otros animales enjaulados: enfermedad, altibajos del ánimo, desórdenes intestinales, malestar general”.

“Los tarahumaras no son más inteligentes que nosotros: sólo tienen mejor memoria (…) Aprende el bello arte de correr, me dijo Caballo, y puedes transformar tu vida”, relata el escritor en el libro donde el propio Silvino Cubésare es protagonista. De acuerdo con McDougall, el gran sueño de Micah True, quien moriría en abril de 2012 por causas desconocidas al realizar un entrenamiento en Nuevo México, “era lograr que todo el mundo supiera que había un conocimiento arcano, en el Cañón del Cobre, que valía la pena proteger”.

“CORRO PARA GANAR”

—Aquí está la lista —le dijo nervioso Salvador Olguín a Silvino la mañana del 7 de junio a punto de iniciar la carrera de 87 kilómetros de la Volta Cerdanya—. Solo nos falta un reflector que tienes que llevar.

—Consíguelo, si quieren que corra —dijo Silvino con poco entusiasmo frente al Palacio de Congresos y Deportes del pueblo de Alp, en la mitad de la comarca de la baja Cerdaña vecino a los Pirineos.

Minutos antes del arranque, el rarámuri, que ya en otras ocasiones ha corrido en Austria y en Costa Rica, parecía no tener prisa alguna por competir. Todo lo contrario, se movía de un lado al otro como para evitar que algún desconocido le tirara algún maleficio, tal como creen los tarahumaras.

Luego de juntar el material, a las 9 de la mañana Silvino arrancó la carrera rodeado de ciber-runners. Nano, Salvador y Arnulfo, que no participaban, trataron de seguir la competencia, pero los intrincados caminos solo les dejaron observar a Silvino en las estaciones de avituallamiento.

En los puntos de 11 y 20 kilómetros Silvino se veía fuerte, lo que le permitió estar entre los primeros cuatro lugares de la carrera. No obstante, al llegar al kilómetro 47 el equipo tuvo que esperar más de una hora para ver llegar a Silvino, quien se perdió al no encontrar bien marcado el camino. Una vez ahí, Silvino les dijo que no continuaría.  “Yo no corro para sufrir. Corro para ganar”, le dijo a Salvador.

Un español que al día siguiente competiría junto a Arnulfo en la última carrera de la gira, se le acercó con el libro Nacidos para correr y le pidió que se lo dedicara. Amable, Arnulfo accedió y le regaló también una sonrisa. Ahí, con los Pirineos de fondo, el sueño de dar a conocer el conocimiento arcano de los rarámuri, que alguna vez tuvo Caballo Blanco, parecía que comenzaba a tomar forma.