Contra El Quijote

SEMÁFORO
Gustavo Dore
Gustavo Dore

Comienzan las celebraciones por los cinco siglos desde Shakespeare y Cervantes. Y veremos lo mismo, con algunas variaciones: el universo de Shakespeare se hace cada vez mayor, mientras que el de Cervantes seguirá restringido a una sola obra y, peor, a un solo personaje.

Harold Bloom ha insistido —un poco loco, como suele ser, y por ello mismo atendible— en que nuestra idea misma de ser humano es herencia de Shakespeare. Él profesa la religión Shakespeare: “inventor de lo humano”, dice. Del otro lado, Borges se quejó, al menos dos veces, de un error repetido: los idiomas europeos suelen tener un gran autor señero: Shakespeare para el inglés, Dante en Italia, Goethe para los alemanes; de los franceses dice que no hay un autor sino una lista abundante, pero que, en español, solo existe un libro, no un autor: El Quijote. Es una crítica fuerte.

Encima, El Quijote se vuelve más y más ilegible para los jóvenes: los desafía el léxico, la sintaxis; la danza del intelecto entre las palabras, en vez de ser uno de los mayores placeres y goces, ha venido a dar en lata y aburrición. La mayor novela es, para muchos, la mayor tortura. No pueden. Y habrá que dejarlos. Algunos irán por su cuenta a buscarse a sí mismos en El Quijote; los más, ni para qué molerlos. De todos modos, hay una obra genial de la cuál echar mano para asomarse a un mundo antiguo y nuestro, divertido y despreciable: vivo.

Uno cree adivinar que Cervantes era un rebelde, un humanista muy a disgusto con las formas morales y sociales impuestas por Iglesia y Estado. Pero no puede pasar de una sospecha porque tampoco cabe duda de que en las Novelas ejemplares el narrador es un conservador de hueso colorado; un campeón de la Contrarreforma, un monárquico. Pero se las arregla, desde su defensivo conservadurismo, para presentar verdades que rompen con la farsa de la normalidad. La sospecha de su subversión reside en que quizás el principal personaje de Cervantes es un narrador, distinto del autor: no es él mismo sino un recurso que interpone entre una realidad que se encamina a la decadencia y una censura reacia a nombrar las cosas por su nombre. El narrador siempre es un hombre de su época y de su ideología, correcto y conservador. Esta desviación (que no sé si juzgar intuitiva, defensiva, o qué) no está en Lope ni en Quevedo y desde luego no en Calderón. Es Cervantes. Y es esa sonrisa humanista, renacentista que España comenzó a perder desde Felipe II.

Las Novelas ejemplares muestran la sonrisa del Renacimiento ante las situaciones que, aún hoy, ni sabemos resolver ni podemos perdonarnos. El viejo que en La Gitanilla dice: “No vamos a la justicia a pedir castigo: nosotros somos los jueces y los verdugos de nuestras esposas o amigas; con la misma facilidad las matamos, y las enterramos por las montañas y desiertos”. Por ejemplo. O el risible horror que se enrosca en el personaje de Monipodio (de Rinconete y Cortadillo), jefe de los criminales y ante quien presentan sus respetos y negocios los clérigos, los jueces, el alcalde. El de El Quijote es un Cervantes eterno. El de las Novelas ejemplares, un contemporáneo... aún.