El largo siglo corto

Semáforo.
Semáforo
Semáforo (Reuters)

Ciudad de México

Hoy es 27 de julio. Hace exactamente 100 años terminó el plazo que el Imperio Austrohúngaro impuso a la pequeña Serbia. Ahí terminó el siglo XIX, según mi admirado Eric Hobsbawm, que ha tenido éxito con denominar al siglo XX como el siglo corto (Extremes. The Short Twentieth Century 1914-1991)... y sus argumentos son seductores. Pero quizá se trate de una lectura muy europea de la historia. Porque, si revisamos la guerra entre Estados Unidos y España, hallamos todo lo necesario para proponer un cambio histórico, suficiente para afirmar que el siglo XX comienza en 1898. No por el tamaño de la guerra: España era una cáscara seca. Pero Estados Unidos era un gigante emergente, en todos sentidos: poder militar, naval, político, económico y cultural.

Para nosotros, la narrativa de aquella guerra tiene como centro y casi única importancia la independencia de Cuba: son nuestros vínculos de lengua y cultura, además de que ahí, justamente, comienza la modernidad intelectual de la lengua española. Nuestro apego suele borrar el alcance mayor de aquella conflagración: el poderío estadunidense se incrementó hasta cubrir de un golpe la mitad del mundo. Más allá de Cuba y Puerto Rico, Estados Unidos puso su cabeza de playa sobre Hawái, Guam y las Filipinas. Este brutal incremento no hubiera sido posible sin una poderosa fuerza naval. Y buena parte de Europa miró no solo con simpatía sino con auténtico alivio el hecho de que una potencia, todavía no vista como hermana, pero sí como hija, pudiera mantener a raya a la temible flota japonesa de la Restauración Meiji y reabrir las vías de comunicación para la economía occidental.

Así, mientras Darío, el recién fallecido Martí, Rodó, Unamuno y muchos más se duelen por Cuba, del otro lado, los autores de lengua inglesa solo tienen cabeza para las Filipinas. Y con razones determinantes para los derroteros de la misma Europa: que los estadunidenses tomaran control real (Guam y Hawái como locaciones estratégicas) del Pacífico, no solo restringía el poderío japonés del Mikado sino que disminuía la influencia de Alemania (que había apoyado a España durante la Guerra).

En un sentido, la acción de Estados Unidos sigue siendo parte del imperialismo europeo del siglo XIX, pero también es necesario reparar en que se trata de algo nuevo por completo, que imponía un nuevo orden mundial, un giro económico determinante, nuevas tecnologías de guerra y de producción, nuevas rutas comerciales y un nuevo mapa político. Un nuevo siglo y un nuevo monstruo histórico nacen en 1898. El mundo no conocía el fenómeno de una democracia que ensanchara su poder a través del océano; y que afirmara buscar la independencia y libertad de sus ocupaciones (una equívoca buena fe, olvidada de que la libertad no puede ser otorgada por terceros). Lo preocupante es que Estados Unidos se ha convertido en un estado vejestorio y hegemónico, con una inteligencia disminuida, y el mundo los supone obligados a intervenir en los lugares donde aguarda el terror: Ucrania y Gaza. Un siglo después, de nuevo el orbe se halla frente a una situación incalculable. Y el joven de la historia muestra ya signos de senilidad.