Otra revolución llega a La Habana... el wifi

Largas filas y una conexión por arriba del costo normal, la constante.
Jóvenes isleños miran las pantallas de sus smartphones.
Jóvenes isleños miran las pantallas de sus smartphones. (Paola Garcia)

La Habana

Revolución, lo que se dice revolución hoy en día en Cuba, no es la que triunfó hace 56 años, el 1 de enero de 1959, y que luego se enfrentó a Estados Unidos. Aquí la nueva revolución empezó el pasado 1 de julio, hace 21 días, y no es un asunto de cohetes y tanques, como en la Crisis de los misiles de 1962 entre Cuba, la URSS y EU, que por poco provoca una tercera guerra mundial. Lo de hoy es un asunto de libertad. Se trata de la revolución del wifi. La revolución del internet. Con muchos años de retraso, por fin los cubanos pueden acceder a la red, como sucede en todo el mundo.

—Mano, yo tengo 27 años y es ahora que vengo a conocer el internet... En serio, al cabo de los 27 años... ¡Es la verdad!

La frase de un joven ante la cámara de mi colega Miguel Naranjo lo resume todo, pero ante el rostro de incredulidad del reportero, el habanero pregunta en voz alta a sus camaradas que están a unos metros de nosotros:

—¿Oye, tú, habías entrado antes a Facebook alguna vez?

—¡Jamás! Estoy tratando de ver qué puedo hacer con esto —sobresale la voz de un mulato que, sentado en la escalera de un edificio, tiene una laptop en sus muslos y una cara de que no entiende nada de lo que ve.

Sí: hasta hace 22 días los cubanos no tenían acceso al ciberespacio. No podían hacer cosas que para usted y para mí resultan habituales cualquier día y en cualquier lugar. No podían entrar a páginas de Facebook, Twitter o Instagram, leer noticias de noticias. Estaban absolutamente aislados, a menos que tuvieran mucho dinero, demasiado para los ingresos de los habitantes de esta isla.

En junio pasado cualquier cubano podía entrar a un gran hotel internacional. Ahí podía dirigirse a un módulo y solicitar conectarse a internet. Eso, si tenía 10 dólares, o diez CUC, que es la moneda convertible. Con esos 10 ceucé podía navegar una hora. Solo había un problema: eso era inalcanzable para la gran mayoría. Un ceucé equivale a 25 pesos cubanos, que es la moneda en la cual la gente recibe su salario. Por esa hora de internet un cubano tenía que gastar 250 pesos. Y el salario promedio es de... 300 pesos mensuales. Esa hora de internet le representaba perder más de dos terceras partes de sus ingresos mensuales.

Imposible. Por eso casi nadie se conectaba a la red.

El gobierno cubano abrió entonces cuatro zonas de wifi en La Habana. La gente acude a unas casetas de Etecsa (Empresa de Telecomunicaciones de Cuba SA) y compra tarjetitas que cuestan dos ceucé para navegar una hora (dos dólares, 50 pesos cubanos). Son tarjetas de navegación como las de del sistema Amigo de México que se raspan y tienen un número de usuario y una clave de ingreso.

Son menos costosas que las de los hoteles, por supuesto, pero si un cubano navega una hora al día (¿usted puede navegar menos de una hora al día?) durante una semana se habrá gastado todo su salario mensual promedio de 300 pesos y quedará endeudado: le cuesta el equivalente a 350 pesos semanales: 14 ceucé.

Si un cubano navega una hora a la semana (dos ceucé, dos dólares, 50 pesos cubanos), al mes se gastará dos terceras partes de sus ingresos (ocho ceucé, ocho dólares, 200 pesos cubanos).

Prohibitivo. Aun así se desató un furor por navegar y las cuatro zonas de internet están atestadas todo el día, hasta las madrugadas.

Es la revolución del wifi que a los cubanos les ha dado una carísima, pero hasta hace unos meses inimaginable libertad de contacto con el resto del mundo...

***

Durante el día las colas son larguísimas para comprar tarjetitas de navegación en los cuatro puntos habilitados para tal fin. En el Centro de Negocios capitalino la gente espera dos, tres horas. Y luego permanece ahí, frente a las antenas de los módem que han sido asidas a los muros. Cientos y cientos de personas. Jóvenes, pubertos, mamás, cuarentones, blancos, negros, mulatos, todos se aglomeran en esos sitios con sus móviles y sus computadoras. Se sientan en el suelo, en bancas, donde pueden. No deben alejarse mucho, más de unos 50 pasos porque pierden la señal y tienen que volver a entrar al sistema ingresando sus claves. De cuando en cuando la red se satura y se cae.

—Es como una revolución para ustedes... —le comento a un joven.

—¡Sí, claro! Esto es una cosa nueva. Estamos conociendo la tecnología. Para la juventud esto ha sido fenomenal, genial. Ha ayudado muchísimo para estudiar, para contactar familiares.

La noche del internet se hace una verbena en el barrio de La Lisa, al oeste de La Habana. En una avenida arbolada frente a la zona de navegación una multitud de gente, sobre todo formada por jovencitos, se sienta a chatear por sus teléfonos y a navegar por el mundo a través de una pantalla

—¿Están felices, verdad? —les digo a dos jóvenes que están sentadas bajo una farola, exultantes sus rostros clavados en sus aparatos.

—Felices. Completamente. Nos cambió la vida. Lo que hace falta es que lo pongan en la casa, porque tenemos que coger una guagua (autobús) para venir hasta acá.

Un grupito de veinteañeros tienen las pupilas dilatadas de tanto ver las pantallas de sus aparatos. Llevan tres horas conectados. El secreto: juntan dinero entre todos y se comparten la conexión.

—Estamos conectados con el mundo. Antes no estábamos. Ahora nos estamos civilizando un poquito (se ríen). Nos metemos a la red para informarnos, para ver periódicos, para saber noticias que antes no veíamos. Nada...

—¡Ahora todo está bien, todo está bajo control! —grita eufórico un chaval ante sus camaradas.

La revolución cubana del wifi. A ver qué cambios sociales conlleva la interconexión de los cubanos con el mundo que apenas 22 días atrás era casi nula...