Los resortes de una ira que no tolera tener más amos

El espíritu contestatario e irreverente de la población explica también la ola de protestas contra Viktor Yanukóvich.
La revuelta comenzó en noviembre.
La revuelta comenzó en noviembre. (Thomas Peter/Reuters)

París

La plaza Maidan, corazón ardiente de la protesta en Ucrania, focaliza la atención. Pero hay que considerar el país en su diversidad, su complejidad, su historia, para  determinar los resortes de esta cólera cívica que se expresa desde hace dos meses, pese al frío, al autismo del poder y a la violencia policial. Una cólera que se ha atribuye excesivamente a una pasión por la integración europea.

Independiente desde la desaparición de la Unión Soviética (1991), Ucrania fue por mucho tiempo reprimida en su identidad política, cultural, lingüística y religiosa. Su población fue sometida por el régimen soviético. En un libro notable, Tierras de sangre (Gallimard, 2012), el historiador estadunidense Timothy Snyder restituyó el horror que fue el Holodomor, la gran hambruna de 1932-33, es decir el exterminio por hambre, planificado y organizado para quebrar las resistencias a la colectivización. La población ucraniana constituyó lo esencial de las 3.3 millones de víctimas.

Desde su independencia en 1991, la soberanía nacional es la matriz de la vida política.

Ya sea el Partido de las Regiones del presidente, Viktor Yanukóvich, o la oposición, todo el mundo pretende defender la independencia del país. Pero cada uno se posiciona de manera diferente, en función de la existencia de dos Ucrania: la del Oeste, cuna del nacionalismo, hostil a cualquier signo de injerencia rusa; y la del Este, rusófona, con lazos culturales y económicos estrechos con el vecino. Al día de hoy, ningún líder ha encontrada las palabras para dirigirse al conjunto de la nación.

Hay que destacar además el espíritu contestatario e irreverente de la población, como se vio en la huelga de los mineros (1989) o en la Revolución Naranja (2004) para denunciar los fraudes de la elección presidencial.

La política ucraniana es una plataforma llena de furia, de figuras mediocres, de corrupción, de votos paródicos, que durante años han exasperado a los interlocutores europeos o los expertos del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Hace mucho tiempo se cometió un error de análisis al oponer de manera esquemática a “nuestros amigos”, las fuerzas llamadas “pro-europeas”, a las fuerzas rusófonas y “pro soviéticas”, encarnadas por el Partido de las Regiones. En realidad, los primeros empleaban los mismos métodos de los segundos, que se preocuparon de proteger sus intereses, y no en servir al Kremlin. De ahí la desconfianza generalizada contra las élites políticas.

Heraldo de la Revolución Naranja, el presidente Viktor Yuchtchenko, malgastó su mandato consagrándose a llevar una lucha encarnizada contra su antigua aliada Yulia Timochenko, que sería encarcelada por su sucesor, Viktor Yanukóvitch. Desde entonces, Yuchtchenko ya no ningún peso en el debate público. En cuanto a la ex primera ministra, ¿se ha notado que su liberación no es una demanda prioritaria de los manifestantes?

Desde su elección en febrero de 2010, Viktor Yanukovich no dejó de hacer malabares entre la Unión Europea y el gobierno de Rusia, soñando con obtener el máximo de ganancias ante cada uno pero sin renunciar jamás a nada.

Entre 1994 y 2005, Leonid Kutchma aplicó la misma receta.

La crisis política actual se urdió cuando Yanukóvich debió salir de esta ambigüedad. Al decidir dar la espalda al acuerdo de asociación con Europa, negociado con Bruselas desde hacía años, él traicionó su compromiso,  devaluando su palabra y rompiendo el consenso sin precedente pero frágil que ligaba el Partido de las Regiones y la oposición con Europa. Desde entonces, la huida hacia adelante represiva y geopolítica (hacia Moscú) fue su única opción.

Pero a diferencia de Rusia, en Ucrania las libertades de expresión, de reunión y de asociación son consideradas como inalienables. Constitutivas de la soberanía nacional. Dichas libertades forman un nudo identitario que define positivamente al país respecto de su gran vecino, espejo y cincel.

De ahí el porqué las leyes represivas sin precedente, votadas por los diputados el 16 de enero, provocaron una onda expansiva,  que incluyó seis muertos.