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Domingo , 27.05.2018 / 10:34 Hoy

Reportaje: Cataluña o cuando el independentismo vasco cedió el testigo

El actual desafío soberanista catalán tuvo un antecedente en el País Vasco: el Plan Ibarretxe, nombrado así por el jefe de gobierno nacionalista vasco, en octubre de 2003.

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Sara Barderas

"O vemos una aceptación con toda naturalidad del derecho a decidir o veremos una declaración unilateral de independencia". Hace año y medio, en el Colegio de Abogados de Vizcaya, un ex político disertaba con estas palabras sobre el viento independentista en Cataluña.

"O me das la palabra o me marcho", defendía con cierta teatralización el referéndum de independencia que perseguía celebrar en Cataluña el jefe del Ejecutivo regional, Artur Mas, y que posteriormente prohibió el Tribunal Constitucional español.

Aquel hombre que disertaba en Bilbao no era un cualquiera. Sabía de lo que hablaba mientras veía cómo en Cataluña avanzaba una vía que él había intentado sin éxito abrir años atrás en el País Vasco.

Juan José Ibarretxe fue jefe del gobierno regional durante 10 años, de 1999 a 2009, y dio su apellido a un plan que, en último término, perseguía la independencia de la región del norte de España. Hasta el de Artur Mas en Cataluña, el vasco había protagonizado el mayor desafío soberanista desde una región al Estado español.

Pero Ibarretxe, al frente de un gobierno encabezado por su Partido Nacionalista Vasco (PNV), se quedó en su día bastante lejos del punto al que ha llegado ahora Artur Mas, que da a los comicios del domingo en Cataluña carácter de plebiscito sobre la secesión.

Si las listas secesionistas logran mayoría absoluta en el nuevo Parlamento catalán, por mínima que sea, asegura que proclamará la independencia de España en un máximo de 18 meses. La forma en la que el Estado hizo frente al plan del vasco, tanto política como judicialmente, sentaron un precedente con algunas similitudes con el momento actual.

En octubre de 2003, el entonces "lehendakari" presentó el "plan Ibarretxe", una reforma del Estatuto de Autonomía -la ley básica que rige el funcionamiento de la región- que contemplaba un estatus de libre asociación del País Vasco a España y, entre otras cosas, introducía el derecho de autodeterminación, un poder judicial propio y el reconocimiento de la ciudadanía y nacionalidad vasca.

El gobierno que entonces presidía José María Aznar, el hombre que designó sucesor al frente del Partido Popular (PP) a Mariano Rajoy, intentó frenarlo impugnándolo ante el Tribunal Constitucional cuando comenzó su tramitación en el Parlamento vasco.

Pero la corte decidió que había que permitir que siguiera su curso. El Parlamento vasco lo aprobó e Ibarretxe amenazó con convocar a un referéndum sobre la independencia si el Congreso de los Diputados lo rechazaba.

El gobierno de Aznar respondió entonces con una modificación del Código Penal para castigar con entre tres y cinco años de cárcel a los cargos públicos que convocasen elecciones o referendos sin autorización del Parlamento español. El socialista José Luis Rodríguez Zapatero, tras llegar al poder en 2004, la eliminó.

Ibarretxe presentó su plan en febrero de 2005 en el Congreso de los Diputados. Lo rechazó la abrumadora mayoría (313 de los 350 diputados). "Lo que está en cuestión esta tarde no es si aprobamos o no determinado documento, sino si en España se aplica la ley", dijo entonces Rajoy, al frente de la oposición.

El último cartucho que intentó quemar Ibarretxe fue el de una "consulta popular". El "lehendakari" quiso preguntar en 2008 sobre un diálogo con ETA y una negociación sobre el "derecho a decidir del pueblo vasco". El gobierno socialista recurrió ante el Constitucional y este la frenó.

En 2009, Ibarretxe volvió a ganar las elecciones vascas pero sin mayoría absoluta. Y el respaldo del PP al socialista Patxi López permitió la proclamación de este como nuevo jefe de gobierno vasco. Desairado y contrariado, Ibarretxe anunció su retirada de la política en pleno debate de investidura del socialista.

A partir de ahí, el independentismo en el País Vasco inició un declive que culminó con el alto fuego definitivo de ETA en 2011, tras más de 60 años y más de 800 asesinados en su pretensión de lograr la independencia de la región del resto de España.

Ahora, el País Vasco mira con distancia el proceso catalán. El "lehendakari" Iñigo Urkullu, del PNV, llegó al poder a finales de 2012 y se apartó de la vía rupturista, apostando por una salida pactada con el Estado a las demandas de más autogobierno.

La distancia que Urkullu mantiene con Artur Mas se pudo ver en junio, en la final de la Copa del Rey de fútbol. Sonaba el himno nacional de España en el Camp Nou y miles de aficionados del Barça y del Athletic de Bilbao pitaron los acordes y al rey Felipe VI. El jefe del Ejecutivo catalán sonrió ampliamente en el palco presidencial. Al otro lado del monarca, el "lehendakari" mantuvo el gesto serio durante el estruendo.

Enric Juliana, director adjunto del diario catalán La Vanguardia, hablaba hace unos días del "oasis vasco", al comparar los impulsos secesionistas en la actualidad en una y otra región. "Catalunya les sorprende, les preocupa y les inquieta (a los vascos)", escribió.

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