¿Por qué se repite la historia?

El autor, jefe de la mesa para Oriente Medio del vespertino francés, analiza la dramática crisis de casi siete décadas.
Dos misiles de Israel mataron el miércoles a cuatro niños palestinos.
Dos misiles de Israel mataron el miércoles a cuatro niños palestinos. (Mohammed Salem/Reuters)

París

Lluvias de verano en 2006, Plomo fundido en 2008-2009, Pilar defensivo en 2012, Marco protector en 2014: la historia de las relaciones entre Israel y Gaza, desde que en 2005 los colonos judíos fueron evacuados del pequeño territorio costero (por el entonces primer ministro israelí Ariel Sharon, N. del T.), parece resumirse a una sucesión de operaciones militares. Apenas un ciclo de violencia se termina, cuando un nuevo episodio parece estarse preparando.

¿De quién es la culpa? Cada uno de los protagonistas defiende su derecho, su relato de los orígenes y la confusión del público se ve alimentada por las reacciones de las cancillerías occidentales. Cuando éstas no se vuelcan en un apoyo casi explícito a cada operación militar israelí, se limitan a hacer un escrupuloso paralelismo.

Insensiblemente se impone la idea de que israelíes y palestinos son prisioneros de una ley del talión moderna, dispensando así a la comunidad internacional de cualquier responsabilidad. Para escapar a este fatalismo, es necesario contar otra historia. La ocupación de la Franja de Gaza (con 1.8 millones de palestinos en 360 km2), contrario a lo que afirma Israel, no concluyó con la salida del último de sus soldados, el 11 de septiembre de 2005. Como lo recuerda la ONG israelí Gisha, el Estado hebreo sigue controlando sectores enteros de la vida de los gazatíes: registro civil, aguas territoriales, espacio aéreo y la única terminal comercial.

El Éjército israelí prohíbe a la casi totalidad de los habitantes de Gaza trasladarse a Cisjordania (82 km al noreste), en violación de los acuerdos de Oslo (1993), que disponen que ambos territorios palestinos son una sola y única entidad jurídica. El antropólogo Jeff Halper, figura del campo de la paz israelí, usa una metáfora carcelaria para resumir el efecto paradójico de la salida de 2005: “También en una prisión, los detenidos controlan lo esencial del espacio. Pero no son libres”.

De esta situación de hecho, la mayoría de los expertos en derecho internacional concluyen en que la Franja de Gaza sigue estando bajo la ocupación. Es la posición oficial de la ONU. Un estatus de esa naturaleza obliga al ocupante a asegurar el “bienestar” de la población ocupada. Pero a esas obligaciones, Israel se ha sustraído constantemente. Gracias al refuerzo del Egipto del mariscal Abdel al Sissi, rabiosamente hostil a Hamás, y a la apatía de la comunidad internacional, el bloqueo de Gaza incluso se ha agrabado en el último año. Según la oficina de estadísticas palestina, la tasa de desempleo entre jóvenes de 15 a 29 años alcanzó 58% en el primer trimestre del año. Y 70% de los gazatíes depende de las distribuciones de ayuda humanitaria.

Las erupciones de violencia de 2006, 2008, 2012 y 2014 siempre estuvieron ligadas, directa o indirectamente, al aislamiento de la población. Un estado que no se remonta a la elección del movimiento Hamás, en 2006, para gobernar Gaza, sino a la primera guerra del Golfo Arábigo, 1991. Fue ahí, antes del inicio de los atentados suicidas, cuando los gazatíes perdieron el derecho de circular libremente.

Hamás tiene su parte de responsabilidad en esto, al violar también los acuerdos de cese al fuego, al importar, vía los túneles de Rafah (frontera con Egipto), todo un arsenal de misiles iraníes. Desangrado por el bloqueo, Hamás se ve tentado, a intervalos regulares, de volver a esgrimir su blasón de movimiento de “resistancia” al desafiar a Israel.