Que nos lleve el Diablo

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(SHUTTERSTOCK)

Ciudad de México

Nos hace falta el Diablo. Vivimos tiempos tan horrorosos que se necesita que alguien ponga un poco de orden. El orden que se impone con el miedo. En la Edad Media se culpaba a las brujas y al Diablo de hambres, epidemias y guerras. Se perseguía con antorchas a cualquier sospechoso, se les colgaba, quemaba, torturaba.

El Diablo por todos tan temido. El año pasado en Estados Unidos un tipo le ató a su perra un montón de explosivos y la hizo volar en pedazos. Dijo que estaba poseída por el Diablo.

Unas semanas después de haber asumido el trono de San Pedro, el papa Francisco percibió en el Vaticano intensos aromas a azufre. Mientras llamaba al orden advirtió que “el Diablo trata de crear una suerte de guerra civil y espiritual”. Le metió miedo a medio mundo y les prohibió enredarse en chismorreos.

Su predecesor, el papa Ratzinger, también se preocupó muchas veces por dejar en claro el asunto: “El Infierno, del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno”. Por si alguien se hacía el sordo, hablaba de vez en cuando de un Dios justiciero y por lo tanto dispuesto a castigar.

A Juan Pablo II no le hizo mucha falta invocar al Diablo, ni al Infierno. Contra lo que pudiera parecer, le tocaron mejores tiempos. El atentado que casi lo manda al cielo pudo ser un descuido de Dios que aprovechó el Diablo. Solo eso. El papa Wojtyla no solo cerró de golpe las puertas del Limbo para los inocentes, sino que definió al Infierno como una condición de los hombres que viven apartados de Dios, y declaró en derrota a Satanás: “Está vencido: Jesús nos ha liberado de su temor”.

Tal vez Wojtyla era un hombre de mañanas, un guerrero hábil y lleno de recursos, un ninja con sotana. Quizá se empeñó en engatusar al Diablo diciendo una cosa y haciendo otra, porque fue durante su pontificado cuando nació la Asociación Internacional de Exorcismo, un pequeño ejército de 250 sacerdotes católicos de 30 países que guerrea en todo el mundo contra el Diablo desde las sombras, al más puro estilo de la Iglesia católica. Él mismo habría participado en un par de exorcismos, según dicen algunos, aunque el Vaticano lo niega.

No por nada el Diablo tiene un pasado angelical. Iglesia y demonios se valen de las mismas armas, de modo que ahora esta asociación ha sido reconocida por el Vaticano, el número de exorcistas se multiplica de manera vertiginosa y en Italia se ha dispuesto una línea telefónica de emergencia para quienes requieren de los servicios de un cura especializado en esas lides.

Tal vez pronto quede de manifiesto esa maldita costumbre de la humanidad de caminar hacia atrás, de tropezar con la misma piedra una y otra vez. Veremos entonces por las calles carromatos enrejados con mujeres y hombres poseídos rumbo a la hoguera, escucharemos los gritos de los torturados y sabremos que han renunciado a su conocimiento científico.

Ni modo, es el precio que hay que pagar.

 

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa