Lo que no se pregunta sobre el ataque al ex espía Sergéi Skripal

El autor, profesor de historia en la Universidad de Montreal, pone en duda las acusaciones al Kremlin.
La policía de Salisbury (sur de Inglaterra) busca pistas sobre la agresión.
La policía de Salisbury (sur de Inglaterra) busca pistas sobre la agresión. (Peter Nicholls/Reuters)

Montreal

La crisis internacional desatada en torno del atentado contra Sergéi Skripal, ex oficial de inteligencia militar ruso que actuó como agente doble para el MI6 de Reino Unido, ha hecho correr mucha tinta en los últimos días. Gran Bretaña expulsó a 23 diplomáticos rusos bajo la acusación de ser agentes de inteligencia. Habiendo seguido el debate televisado en directo desde la Cámara de los Comunes, escuché los llamados de parlamentarios británicos para que se adopten medidas robustas, yendo desde el boicot del Mundial de Futbol en Rusia a la ruptura de relaciones diplomáticas.

La noble indignación estaba en su apogeo, aunque Scotland Yard dijo que la investigación proseguía y que aún no se había llegado a una conclusión sobre el motivo y el autor del atentado. Es por eso que la señora Theresa May no pudo calificar la alegada culpabilidad de Rusia más que como “altamente probable”.

Este artículo no es para defender a Rusia o develar a los verdaderos culpables, sino para identificar los interrogantes de base que no se han planteado: el motivo y quién se beneficia con el crimen.

La cuestión del motivo es importante. Si el Estado ruso es el autor, es difícil comprender por qué no hizo desaparecer a Skripal durante los años que éste pasó purgando en Rusia su pena de prisión por traición.

Otra pregunta bien conocida desde la antigüedad es quién se beneficia. Es claro que no es el Estado ruso, cuya reputación se verá más empañada en vísperas de la Copa Mundial de Futbol. El presidente Vladímir Putin no habría comandado ese ataque (que practican varios países, entre ellos Israel y Estados Unidos) a fin de realzar su popularidad a pocos días de las elecciones presidenciales: él, simplemente, no tenía ninguna necesidad.

La cuestión del motivo no fue planteada en el caso del ex agente de seguridad ruso, Aleksandr Litvinenko, asilado en Londres en 2006 donde murió envenenado con polonio-210, ni en el caso del vuelo 17 de Malaysia Airlines abatido sobre Ucrania en julio de 2014. ¿Qué beneficios podría haber tenido Rusia? En ambos casos, además, no fue presentada ninguna prueba irrefutable sobre el autor de esos actos, aun cuando los políticos y la prensa de Occidente señalaron con el dedo a Moscú.

Otro caso célebre fue la miniguerra lanzada en Georgia en 2008 el mismo día en que comenzaban los Juegos Olímpicos de Pekín. Según el consenso occidental y los titulares de prensa, el ejército ruso habría comenzado el conflicto. Pero una comisión de la Unión Europea constató, tras un detallado estudio de los hechos en el terreno, que era Georgia la que había atacado a las fuerzas rusas que actuaban bajo el mandato de la ONU.

Por último, la saga de la alegada injerencia rusa en los comicios de EU, así como en las campañas para los referendos de Escocia, Cataluña, el brexit, etc., muestra que el “pensamiento único” triunfa sobre la obligación de examinar los hechos y plantear los aspectos de base. De hecho, se trata de un fenómeno muy conocido de movilización de la opinión pública para fabricar un enemigo, reemplazando el examen racional por la indignación y la diabolización. Una tendencia muy peligrosa que en nuestros días puede causar una confrontación nuclear de consecuencias inimaginables.