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Martes , 14.08.2018 / 09:54 Hoy

Perfil: Artur Mas, presidente del gobierno de Cataluña

Este político de 59 años, proveniente del nacionalismo burgués moderado, con fama de pragmático y reflexivo, sorprendió a España y el mundo al impulsar la construcción de "un nuevo Estado en Europa".

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"No hay marcha atrás", advierte desde 2013 el presidente de Cataluña, Artur Mas, quien lucha por conducir hacia la independencia a esta región del noreste de España.

Surgido del nacionalismo moderado de la burguesía catalana, con fama de pragmático y reflexivo, este barcelonés de 59 años sorprendió al mundo tomando el "compromiso" de emprender, "en ausencia total de violencia", un proceso para constituir "un nuevo Estado en Europa".

Con su mandíbula imponente, e impecable peinado, este padre de tres hijos, casado desde hace más de 30 años, le apodan "guapo", y su personaje aparece en un programa satírico como un playboy sobreexcitado.

En la distancia corta, también es un dirigente afable, riguroso e incluso austero, que accede a comparecer repetidamente ante la prensa para exponer --en catalán, español, francés o inglés-- un "proceso" independentista preparado desde hace años.

Nacido en 1956 en Barcelona en una familia de industriales, tenía 19 años cuando murió el dictador Francisco Franco. "Yo nunca fui una persona vinculada a los movimientos antifranquistas" dice de su juventud, también desprovista de una "ideología catalanista".

Educado en el selecto Liceo francés, estudió economía y derecho, se dedicó a la exportación de ascensores en la empresa familiar para después fracasar como directivo de otra sociedad que quebró.

Se unió al partido catalanista y liberal del entonces todopoderoso Jordi Pujol, presidente y símbolo de la región entre 1980 y 2003, caído en desgracia a partir de 2014 tras reconocer haber cometido fraude fiscal. En la administración regional, demostró ser un "funcionario eficaz", conceden sus detractores.

En el gobierno regional, Pujol le confió el departamento de obras públicas y de economía antes de convertirlo en su delfín político, juzgándolo "un hombre preparado y serio".

"La pregunta es: ¿cómo alguien percibido como un tecnócrata se convierte en un líder patriótico que para unos es un ejemplo de fidelidad a la patria y para otros es alguien que lleva al desastre?", se pregunta el ensayista Jordi Amat, especialista del nacionalismo catalán.

Mas recuerda a menudo un momento clave, según él, de 2006. Como jefe de la oposición en la región, intentó cerrar un pacto secreto con el presidente del gobierno español, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero: rebajaron la autonomía prevista en un nuevo estatuto regional y, a cambio, el próximo gobierno de Cataluña lo lideraría el partido que sacara más escaños en las elecciones.

Ganó Mas pero una coalición de izquierdas invistió a un presidente socialista. Se sintió "engañado", y después "traicionado" cuando la autonomía conseguida en ese estatuto fue parcialmente anulada en 2010 por el Tribunal Constitucional, tras un recurso del partido conservador de Mariano Rajoy.

A finales de 2010, Mas se convierte en presidente catalán, un año antes de llegar Rajoy al gobierno español. En medio de una dura crisis, su popularidad cae por los recortes de los servicios públicos. Intenta solucionarlo con una mayor autonomía fiscal para la región, pero Madrid no quiere negociar.

"Delirio mesiánico"

Entonces "Mas propuso 'el derecho a decidir' de Cataluña como eslógan movilizador", recuerda Amat, un concepto que "llevado hasta las últimas consecuencias introduce en la vida política catalana un problema que no ha habido forma de resolver" dado que Madrid descarta un referéndum de autodeterminación.

Ferviente, Mas se presentó ya en 2010 como uno de los "soldados derrotados al servicio de una causa invencible: la libertad de Cataluña", siempre "pacíficamente". Tras una masiva manifestación independentista en 2013, formando una "cadena humana" de 400 km, llamó a "trasladar la voz de la calle a la voz de las urnas".

"Delirio mesiánico", "huida hacia delante" para esconder sus recortes o la mancha de corrupción en su partido, protestan sus numerosos detractores. Lo acusan de dividir en dos Cataluña, ignorando a quienes no quieren la secesión, y de plantear un debate maniqueo: una Cataluña en defensa de la libertad frente a una España eternalmente opresiva. Entre independentistas, algunos también dudan de su franqueza aunque todos reconocen su astucia política.

"Una vez termine este proceso político, no tengo especiales ganas de continuar mi carrera política", dijo a la AFP. "No tengo la ambición de ser el primer presidente del Estado catalán, quiero ser el último presidente de la autonomía catalana".

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