Pequeño implante hará que paralíticos vuelvan a caminar

El dispositivo del tamaño de un cerillo se pone en un vaso sanguíneo cerca del cerebro y capta señales para 'mover' un exoesqueleto con el pensamiento.
Nicholas Opie, ingeniero en biomedicina, muestra el aparato llamado 'stentrode'.
Nicholas Opie, ingeniero en biomedicina, muestra el aparato llamado 'stentrode'. (David Crosling/EFE)

Sídney

Un aparato del tamaño de un cerillo permitirá que pacientes con parálisis puedan volver a caminar mediante las órdenes que emiten sus cerebros, informó ayer la Universidad de Melbourne, en Australia.

El dispositivo, llamado stentrode, ya fue probado exitosamente en animales y será implantado a finales de 2017 en los vasos sanguíneos cercanos a la corteza motora —la parte del cerebro que controla los movimientos— a un grupo de pacientes tetrapléjicos, anunciaron en un comunicado.

“Santo grial”

Terry O’Brian, supervisor del proyecto y jefe del Departamento de Medicina, calificó la técnica de “santo grial”, porque “hemos sido capaces de demostrar y desarrollar un aparato que puede ser implantado sin tener que realizar una gran operación”.

El aparato diseñado por el científico Thomas Oxley puede registrar señales eléctricas cerebrales en los vasos sanguíneos cercanos al cerebro, los cuales son capturados a través de unos electrodos externos para que los pacientes puedan desplazarse tras la emisión de órdenes de sus mentes a una especie de esqueleto externo robótico.

Las señales son decodificadas por un ordenador miniatura que las transmite de forma inalámbrica a través de la piel. El stentrode, elaborado a partir de una aleación llamada nitinol, será implantado en el vaso sanguíneo con un catéter alimentado a través de la ingle, la misma técnica quirúrgica que se ha usado durante años para la cardiología.

“Es simple y no invasivo y mucho más seguro para los pacientes… No hay una craneotomía, no hay riesgo de infección, todo se ejecuta a través de la ingle y pasa dentro del cuerpo hacia el cerebro”, destacó el profesor O’Brian.

“Este ha sido el santo grial de la investigación biónica: un dispositivo que puede registrar la actividad de las ondas cerebrales durante largos periodos. En el interior del vaso sanguíneo está protegido, no daña el tejido y puede permanecer allí para siempre”, aseguró.

La técnica, publicada en la revista Nature Biotechnology, ya fue experimentada en animales, y si tiene éxito en humanos será comercializada aproximadamente seis años después del ensayo clínico, señaló la universidad.

No obstante, aunque el dispositivo tenga éxito, los pacientes pueden tardar varios meses o incluso años en controlarlo para caminar o hablar de nuevo, ya que este proceso de aprendizaje es comparable al necesario para tocar un piano.

“Uno sabe que las manos son físicamente capaces de tocarlo, pero no se entiende la secuencia para las notas. Se necesita tiempo para que las manos aprendan a tocar el piano”, detalló Oxley.

Los científicos aseguran que la técnica también puede ayudar a pacientes con párkinson, enfermedades neuromotoras, desórdenes obsesivos o depresión, y prevén usarlo para predecir y gestionar ataques epilépticos.

Ayuda militar

Oxley, fundador de esta tecnología, viajó en 2011 a Nueva York, después de completar su beca de medicina interna en el Hospital Alfred, de Melbourne.

El especialista había seguido el trabajo del Departamento de la Unidad de Investigación de Defensa de Estados Unidos (Darpa, por su sigla en inglés) sobre las interfaces cerebro-máquina, por lo que decidió llamar a los militares estadunidenses para lanzar una idea sencilla pero inconcebible.

Oxley recibió un correo electrónico de vuelta del coronel Geoffrey Ling, el neurólogo militar que dirige el programa de prótesis del Darpa, quien lo invitó para una charla informal. “Monté una presentación esquemática y subí al autobús a Washington DC”, recordó el especialista.

“El coronel Ling se echó hacia atrás en su silla y me dijo: vete a casa y forma un equipo de científicos, en conjunto le daremos un millón de dólares para crear y probar este dispositivo”, recordó Oxley.

Oxley y O’Brian reunieron a un equipo de 39 científicos, neurólogos, cirujanos, médicos e ingenieros miembros de 16 departamentos en cuatro facultades de la Universidad de Melbourne, entre ellos, el ingeniero en biomedicina Nicholas Opie.

El financiamiento de Darpa fue impulsado con dos grandes aportaciones del Consejo de Investigación Médica de Salud Nacional de Australia, que dio 2.2 millones de dólares adicionales.