Jorge Mario Bergoglio: un Papa para la modernidad del siglo XXI

Francisco representa una línea de continuidad que va de León XIII a Juan XXIII y de ahí al a Juan Pablo II; por eso su intento de modernizar el culto religioso mayoritario en el planeta
El Papa Francisco llegó este viernes a México
El Papa Francisco llegó este viernes a México (EFE)

El papa Francisco, quien viaja por primera vez a México desde el inicio de su papado, encarna en su actitud una vocación pastoral y dos estilos del pontificado romano: la vocación corresponde a la gran apertura registrada por la Iglesia católica con la publicación de la Rerum Novarum (de las cosas nuevas), la primera Encíclica social de la historia promulgada en 1892 por el papa León XIII, de la que deriva el afán del Estado Vaticano por salir al encuentro de la sociedad y del mundo, en instantes en que la fe católica parecía un convidado pasivo o un referente en retirada en el mapamundi de esos días, frente a la fuerza expansiva y desbordante del discurso moderno.

Con el despertar de dicha línea pastoral el discurso católico deja la penumbra de las cuatro paredes y de su visión crepuscular, hace un intento serio por reinsertarse en un mundo que era seducido por la modernidad y se pone a sí mismo nuevamente en circulación, para seguir siendo la prueba y la piedra de fundación de una fe.

Por lo que hace a los dos estilos papales que confluyen en Jorge Mario Bergoglio, se ha podido ver y saber, desde su huella en la región del Plata hasta sus primeras y más relevantes decisiones pontificales, que el papa Francisco mantiene una actitud que recuerda mucho la forma de ser de Juan XXIII y el estilo de Juan Pablo II, pero sin dejar de lado una cierta (aunque lejana) semejanza con Benedicto XVI.

En este contexto, si se considera que el siglo XX es el que ha supuesto las más grandes, graves y dolorosas pruebas para el ejercicio de la fe católica, y que a pesar de ello sigue siendo la primera religión en el mundo, seguida muy de cerca por el islamismo, ello llevaría a suponer que estamos a unos años de que se cierre un ciclo y se abra uno nuevo para la fe y la cultura católicas en el mundo. Es decir, quizás la dimensión social de la fe que la Rerum Novarum

La reforma necesaria acaso solo pueda buscarla el primer Pontífice de América Latina

hizo visible y acaso las profundas reformas conciliares de los años sesenta del siglo pasado (Medellín y Puebla), que pusieron en pie al catolicismo ante un mundo rápidamente secularizado, no basten para mantener vigorosa, oxigenada y vigente durante muchos lustros a la Iglesia católica. Y una nueva reforma, del calado y el alcance que los tiempos parecen reclamar, tal vez sólo podría ser intentada por el primer Papa latinoamericano.

Ese cambio en las estructuras de poder y en la vocación social de la Iglesia católica (IC) reviste varias etapas: ha tomado su propio tiempo y su ritmo (como corresponde a una estructura tan compleja y pesada como la de esa confesión religiosa); comenzó a cobrar cuerpo y a nutrirse de contenido en el pontificado de Juan Pablo II; asumió el tono de una revolución desde adentro —silenciosa y gradual—, y a lo largo del camino ha logrado dos cosas muy visibles y estratégicas: consolidar logros parciales y sostenidos en la actitud del Vaticano frente a sí mismo y ante al mundo y generar la percepción de que esta dinámica de cambio es ya irreversible.

La ofensiva del bando “no conservador y pragmático” en las deliberaciones del Concilio Vaticano II, el apogeo creciente del ateísmo, el agnosticismo y de una religiosidad libre poco después de las crisis del medio siglo y el desafío y acicate que vino a significar la presencia de la Teología de la Liberación en el seno del catolicismo universal, fueron, entre otros, algunos de los factores que dieron impulso y legitimidad al discurso del cambio desde adentro en la IC, desde los días del cónclave que eligió Sumo Pontífice a Juan Pablo II.

En un mundo donde cada quien invoca el proceso de cambio a su manera, o lo identifica con lo que sea que lo parezca, o lo interpreta sin rigor metodológico ni puntos de comparación, es recomendable precisar a qué alteración de la normalidad (y a qué normalidad) nos referimos cuando hablamos de cambio. Los ritmos de cualquier mudanza en el culto católico son más lentos que las dinámicas de cambio en otras religiones y menos acelerados que cualquier otro remozamiento en los temas de la agenda mundial. A veces esta postura refleja una cautela expectante (y quizá temerosa) ante el futuro, en ocasiones es muestra de un conservatismo instintivo y a veces solo es el signo exterior de lo que tarda una tendencia innovadora en ser articulada y consolidarse.

El proceso de actualización y —podría decirse— de modernización en la IC, cuyo epicentro se halla en el espíritu pastoral de 1892 y en las grandes discusiones y reformulaciones conciliares de Medellín y Puebla, cuyos efectos comenzaron a sentirse más claramente en la elección de Karol Wojtyla (el primer Papa no romano en la historia del Vaticano) en 1978, cuya visión y estilo pastoral constituyeron toda una novedad para el mundo católico y no católico, vinieron a operar un giro de 360 grados en la mentalidad y la cultura católicas, pues el Estado Vaticano —a esas alturas del reloj de la historia— se había convertido en una arquitectura de silencios o en fortaleza ensimismada: en un poder callado y en la periferia inconcebible de un centro, al que el mundo (ocupado en los disuasivos y revanchas de la Guerra Fría y en el surgimiento de un nuevo orden planetario) poco escuchaba y menos veía.

Ese cambio sustancial que viene operándose y consolidándose desde poco más de un siglo, consiste en un rediseño de la estructura y ramificaciones de poder del Vaticano y en una reformulación del discurso católico global, cuyo fin pareciera orientarse a la horizontalización social de esa confesión religiosa, obsedida de cofradías y de grupos de poder dentro y fuera de Roma.

Los signos y coordenadas fundamentales de ese cambio se hallan en los intentos de apertura de Juan XXIII y en las tentativas de “socialización” del culto católico que emprendió Paulo VI, pero, sobre todo, en los profundos ajustes de encuadre, de actitud y de visión que llevó Karol Wojtyla a la cima del Vaticano y al catolicismo universal.

Los aires de renuevo detonados por él son muchos y van desde su origen —muy lejos del consenso de Roma— en el Este europeo, pasando por decisiones aparentemente inocuas (un día, el Papa poeta y dramaturgo se mandó construir una piscina para ejercitarse, con gran escándalo de la curia), la audaz formulación de “una teología del cuerpo”, la promulgación de encíclicas que fortalecen el pensamiento y el compromiso social del cristiano, la colocación de la Iglesia como eje y vector del cambio que vino del Este y las súplicas de perdón por el comportamiento que tuvo la IC en los casos de Galileo Galilei y de Charles Darwin, además de la Misa de Réquiem celebrada en la sede de San Pedro para reivindicar a Mozart, son algunos de los hitos esenciales de la evolución que vive el catolicismo global desde fines del siglo XX.

El papa Francisco, por su visión ecuménica de la misión de la Iglesia y su sensibilidad hacia los temas candentes de la agenda global, es el hilo de continuidad de la fuga hacia adelante que ha permitido al catolicismo entender, asimilar e interactuar con el discurso moderno. Sin esta condición, quizás el culto católico hace décadas sería minoritario y el Vaticano no tendría el peso geopolítico que hoy le reconocen tanto las democracias emergentes como las más desarrolladas del mundo.