Las pantallas nos espían

El "Gran Hermano" que nos advertía Orwell ya está en nuestro internet.
James Clapper, director de Inteligencia Nacional de EU.
James Clapper, director de Inteligencia Nacional de EU. (Michael Reynolds/EFE)

Londres

Cada vez más somos vigilados por algoritmos, no por personas. Amazon y Netflix rastrean los libros que compramos y las películas que vemos y nos sugieren alternativas según nuestros hábitos. Google y Facebook observan lo que hacemos y decimos y nos muestran publicidad basada en nuestra conducta; Google hasta modifica nuestros resultados de búsqueda de acuerdo a nuestro comportamiento en línea.

Las aplicaciones de navegación de los smartphones nos observan mientras conducimos y actualizan la información de las rutas sugeridas de acuerdo al tráfico. Y, por supuesto, la Agencia de Seguridad Nacional (NSA por sus siglas en inglés) monitorea nuestros llamados, correos y ubicaciones y luego utiliza esa información para identificar terroristas.

Los documentos entregados por Edward Snowden, publicados el 27 de febrero en The Guardian, muestran que la agencia de espionaje británica GHCQ (Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno, por sus siglas en inglés), con la ayuda de la NSA, recaudó millones de imágenes de cámaras web de usuarios comunes de Yahoo.

Eso habla de una distinción clave en la era de la vigilancia algorítmica: ¿está bien que una computadora nos vigile en línea y que esa información sea una invasión potencial a la privacidad solo cuando la ve una persona? Pienso que no, y las últimas filtraciones de Snowden dejan clara la importancia de esta distinción.

La división entre robots y espías es especialmente importante al decidir qué hacer respecto a la vigilancia de la NSA y el GCHQ. Las instituciones dedicadas al espionaje y el Departamento de Justicia reportaron el pedido del presidente Obama para cambiar el modo en el que la NSA “recolecta” los datos, pero las reformas potenciales -el monitoreo del FBI, conservación de los registros telefónicos, etc.- dependen aún, en gran medida, de lo que signifique “recolectar”.

James Clapper, director de Inteligencia Nacional, comparó la acumulación de datos de la NSA con una biblioteca. Los libros se conservan en los estantes, pero pocos se leen. En la jerga del gobierno, se considera como “recolección” solo cuando alguien la lee.

Cuando se introdujo Gmail, ese fue el argumento de Google. Las computadoras de Google examinan cada correo electrónico e insertan una publicidad que se relaciona con el contenido del mismo. Pero ninguna persona en Google lee los mensajes; solo los lee una computadora. Según las palabras de un ejecutivo de Google: “Preocuparse de que una computadora lea tu correo es como preocuparte de que tu perro te vea desnudo”.

Pero ahora que tenemos un ejemplo de una agencia de espionaje viendo desnuda a la gente —hay una gran cantidad de imágenes sexualmente explícitas en la recién revelada colección de imágenes de Yahoo— podemos comprender más a fondo la diferencia.

Cuando una computadora almacena sus datos, siempre existe el riesgo de exposición, que podría ser accidental si un hacker roba la información. También podría ser intencional si la organización que tiene sus datos los usa de alguna manera. Y además existe el riesgo de que otra organización exija el acceso a la información. El FBI puede entregar una orden judicial a Google, exigiendo los detalles de su correo electrónico y hábitos de navegación. Ninguna orden del juzgado puede obtener esa información de su perro.

Si alguien pudiese aislar a la computadora de la misma manera en la que se aísla a un perro, no tendríamos que preocuparnos de que los algoritmos revisen nuestra información. Pero los algoritmos están íntimamente relacionados con la gente, y cuando pensamos en que nos vigilan o analizan nuestra información personal, tenemos que considerar a quienes están atrás de estos algoritmos. No importa si alguien ve o no nuestra información, el hecho de que pueden hacerlo lo convierte en vigilancia.

Esa es la diferencia entre Google y un perro, y es el motivo por el que la definición de “recaudar” de la NSA no tiene ningún sentido.