¿La ofensiva radical sunita es la muerte de Irak? /II

El gobierno de la mayoría chiita, que resultó de la invasión de EU, propició con sus políticas la actual escalada.
Civiles en Bagdad se movlizaron el sábado como voluntarios ante el llamado del gobierno de Maliki.
Civiles en Bagdad se movlizaron el sábado como voluntarios ante el llamado del gobierno de Maliki. (AP)

París

Desde comienzos de año, el grupo salafista Estado Islámico en Irak y el Levante (EIIL) o Da'ech en árabe, que se implantó en ambos países, multiplicó los ataques y atentados suicidas —a menudo con yijadistas extranjeros, en particular europeos— así como los secuestros. En enero logró tomar el control de la ciudad de Faluya, a 70 km al oeste de Bagdad, antiguo santuario de la insurrección antiestadunidense. Sus operaciones le costaron la vida a varios centenares de personas y a sus miembros, que no temen a las fuerzas armadas regulares, como lo están demostrando.

El objetivo: una resurrección del Califato, eco de la edad de oro del islam, que pasa también por el establecimiento precoz de sus estructuras. No obstante, es en este aspecto que Da'ech se alejó de las prescripciones del comando central de Al Qaeda y de su ideólogo, el egipcio Ayman al Zawahiri, quien considera que se debe combatir y terminar primero esta fase, antes de introducir cualquier proyecto político.

Para Da'ech, al contrario, se puede tomar un atajo para que el proyecto del Califato pueda renacer, y dar así una solución a más corto plazo a los sunitas de Irak y de Siria, a merced, según ellos, de regímenes chiitas infieles y tiránicos, como Nuri al Maliki en Irak y Bashar al Asad en Siria, los cuales solo serían las caras de una misma moneda.

Desde 2003 [en paralelo a la invasión de Estados Unidos], los sunitas de Irak fueron mantenidos al margen de la transición durante todas las etapas claves, y sus diversos intentos de reintegración en el juego político [tras el derrocamiento del también sunita Sadam Husein], resultaron en fracaso. Así ocurrió con el Frente iraquí de la Concordia, alianza de partidos sunitas formada a fines de 2005 para participar en las elecciones, y luego con la lista Iraqiya del ex premier chiita laico Iyad Allaui, que ganó los comicios legislativos de 2010, pero fue despojado de su victoria por maniobras del actual primer ministro Nuri al Maliki. Los sunitas nunca se recuperaron de esta afrenta y desde entonces no han dejado de radicalizarse. Desde este punto de vista, el gobierno de Bagdad no ayudó al apaciguamiento, sino que endureció sus posiciones, lanzándose a una campaña de represión en parelelo al retiro de las tropas de EU a fines de 2011.

Lejos de la opción radical salafista (yijadista), personalidades sunitas hubieran podido ser interlocutores creíbles para la coalición chiita en el poder, pero todos ellas fueron neutralizadas –del vicepresidente Tarek al Hachemi, condenado a muerte por contumacia en septiembre de 2012, al diputado Ahmed al Alwani, encarcelado a fines de 2013. El movimiento de protesta lanzado en las regiones sunitas en 2012 se vio golpeado por una represión, cuyo resultado fue militarizar las filas, dándole la oportunidad a los miembros de Da'ech de infiltrarlo para tomar el control.

Naturalmente, la cólera de los sunitas sirvió de cama al Da'ech, además de las complicidades entre la población civil que le permitió ganar terreno e imponerse. Esta conquista resultó aún más fácil, considerando que el ejército y las fuerzas de seguridad iraquíes siguen subequipadas y nunca se recuperaron de la decisión desastrosa de EU de proceder a su desmantelamiento en 2003.