¿La ofensiva radical sunita es la muerte de Irak? /y III

Las milicias sunitas yijadistas, apoyadas por Arabia Saudí, para restarle influencia al Irán chiita en la región, tienen sus raíces en muchas familias y tribus en Irak y Siria.
Miliciano del EIIL en la región petrolera de Baiji a 250 km de Bagdad.
Miliciano del EIIL en la región petrolera de Baiji a 250 km de Bagdad. (AP)

París

Electo en tres ocasiones al frente de Irak (2006, 2010, 2014), el primer ministro chiita Nuri al Maliki fue reelecto en abril pasado luego de  hacer campaña con un discurso en torno de la lucha antiterrorista y presentándose como el hombre fuerte de Irak, él único, según él, capaz de controlar la ofensiva yijadista. Demás está decir que los hechos actuales dan la medida de su fracaso y ponen de manifiesto el grado de su debilidad.

Mientras se comprometía a promover la reconciliación nacional, Maliki no hizo más que dividir a la población y la clase política, exacerbando el legado violento de la ocupación y poniendo a los sunitas en una situación desesperada, por lo que muchos escogieron al grupo Estado Islámico en Irak y el Levante (EILL o Da’ech) y la lucha armada. Además de los lazos de sus comabientes con los habitantes de las provincias en las cuales actúa Da’ech, el grupo logró atraer también la simpatía popular llamando a la protección de las instituciones vigentes.

El EIIL espera hacer olvidar el terror que sus miembros sembraron en 2006 [en lo más álgido de la intervención de EU, 2003-2011, N. del T.] y que le valió una contra movilización de las tribus y ciudadanos exasperados por sus métodos. Maliki intentó reproducir en los últimos meses ese “despertar” ofreciendo armas a los civiles [de su propia base social chiita, mayoritaria] para frenar al movimiento armado sunita, mientras que los bombardeaba con barriles de explosivos. No obstante, teniendo en cuenta su impopularidad y el poderoso resentimiento que le tienen los sunitas, pero también otros iraquíes, es poco probable que su estrategia tenga resultados. En lugar de la concordia nacional, se puede esperar que los reflejos comunitarios se agraven y que la violencia retorne a Bagdad.

La ansiedad de las potencias regionales que rodean a Irak y también a Siria, es real. Irán, que espera preservar por todos los medios el eje chiita que resultó de la caída de Bagdad, anunció un apoyo militar creciente al gobierno y ya envió consejeros militares y armas al terreno, además de la repatriación hacia Irak de algunas milicias chiitas que Teherán financia y entrena.

En cuanto a Arabia Saudí, la monarquía sunita ha alimentado la ola yijadista en la región, lo mismo que Turquía y otros Estados del Golfo Arábigo [para contrarrestar la influencia chiita de Irán]. A la vez, junto con Irán, Turquía apoya a los kurdos en su contraofensiva contra el EIIL, ya que no se trata de tener a sus miembros en sus propías fronteras. Los peshmergas (combatientes kurdos) quieren a su vez recuperar la provincia de Kirkuk (norte).

Pero, ¿qué espera hacer la comunidad internacional frente a este arco yijadista que se extiende del Sahel [norte de África] a Afganistán, y del cual Siria e Irak son su corazón?

Estados Unidos podría intervenir, como se lo ha pedido el primer ministro Maliki. Con Europa no se puede contar. Los próximos días decidirán el futuro de Irak como Estado. Al respecto, el escenario de una partición real y definitiva ya no puede excluirse.