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Lunes , 24.09.2018 / 13:25 Hoy

Niza y la “conversión” de los yihadistas del Estado Islámico

Más que islamistas “radicalizados”, los atacantes suicidas de hoy son “conversos” de la secta iraquí.

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Las horas que siguieron a la tragedia del jueves por la noche en Niza mostraron a los dirigentes buscando las palabras para caracterizar al autor del atentado "terrorista", aseguraron uno, "islamista" dijeron unos, con la misma incertidumbre al momento de nombrarlo como "radical". Más tarde, cuando el grupo Daesh, mal llamado Estado Islámico, reivindicó la carnicería, el ministro del Interior, Bernard Cazeneuve, pudo finalmente describir al conductor del tráiler como un terrorista "radicalizado muy rápidamente".

Pero más que el término de "radicalización", que oscurece más que aclara la situación dada, yo propuse en marzo en una columna en Le Monde, utilizar la palabra "conversión". El cambio "muy rápido" remite a la integración en una secta, el Daesh, que preconiza la religión yihadista, con la salvación asegurada para sus fieles y los peores tormentos anunciados, y a veces infligidos, a quienes son designados como adversarios.

Esta secta milenarista afirma la inminencia del fin de los tiempos, por la multiplicación de signos proféticos en la tierra de Siria (en árabe bilad al-Cham). Es en esta tierra donde ya comenzó la última batalla, entre las localidades de Dabiq (norte) y A'maq (Dabiq es el nombre de la revista online del Daech y A'maq el de su "agencia de prensa", donde, entre otros sitios, fue reivindicada la carnicería de Niza). Los fieles que mueran en este combate apocalíptico tendrán el privilegio de redimir los pecados de 70 de los suyos en el juicio final, afirman.

Mohamed Bouhlel, el conductor del tráiler blanco que mató a 86 personas en Niza, no tenía de musulmán más que el nombre. No respetaba ninguna de las prescripciones canónicas del islam, como son la oración, el ayuno, la caridad o el peregrinaje. Su consumo de alcohol era aparentemente problemático. Así, el atacante de Niza no es que se haya "radicalizado", sino que se convirtió a la secta yihadista. Un convertido como centenares de muchos otros franceses y francesas, para quienes el Daesh se encarga de desglosar el eventual bagaje cultural y religioso para sustituir el credo de la secta.

Fue en 1987 cuando Bruno Etienne, con su libro El islamismo radical, popularizó una categoría que no fue la más apropiada para la "radicalización": ¿se trata de aplicar el islam hasta su raíz, en una forma de fundamentalismo, o bien de extraer de una religión un programa de acción política? Las investigaciones ulteriores y la evolución de los países arabo-musulmanes clarificaron la distinción entre el islam político, de una parte, y el salafismo de tipo literalista, de la otra.

La invasión de Kuwait por el Irak de Sadam Huséin en 1990 y el llamado de Arabia Saudita a una intervención de EU para detenerla separan hasta hoy al campo islamista: los partidarios del islam político, con los Hermanos Musulmanes al frente, fustigan el recurso a Washington, mientras que los salafistas se unen a sus padrinos del Golfo Arábigo, siendo generosamente recompensados. Pero una tercera corriente, ultraminoritaria, condena a unos y a otros y promueve un yihadismo revolucionario frente a los regímenes de turno.

Así, la prioridad del yihadismo es la toma del poder en los países árabes. Deviene "global" haciendo del planeta entero una "tierra de yihad" —es decir, de defensa del islam, N. de la T.—, cuando 14 siglos de práctica islámica habían anclado al yihad en un territorio preciso a conquistar o defender. Esta mutación se opera en Afganistán [tras la invasión de noviembre de 2001 EU, la cual prosigue hasta la fecha], antes de que el "yihad global" se armara con un mensaje apocalíptico en las tierras incluidas por las profecías como son Irak y más aún Siria.

Así, vemos cómo la expresión "islamismo radical" no sirve para dar cuentas de la realidad de la secta yihadista, la cual divide al mundo en cinco categorías: los "musulmanes", término reservado únicamente a los miembros de la secta; los "apóstatas", es decir todos los sunitas; los "heréticos", es decir los chiitas y otras ramas del islam, y por último "los judíos y los cruzados". Es por ello que los musulmanes, y antes que todo los sunitas, son en todas partes los primeros en denunciar al Daesh, que les niega su propia identidad como musulmanes.

La elección de los términos va de la mano con la definición de las alianzas estratégicas en el combate de largo aliento contra el monstruo yihadista.

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