Niños en Gaza: sin final feliz

La confrontación entre Israel y Hamás ha provocado gran sufrimiento entre la población palestina más vulnerable: cada día, la morgue recibe pequeños cuerpos mutilados por misiles.
Un infante es auxiliado tras recibir heridas en la ciudad de Rafah.
Un infante es auxiliado tras recibir heridas en la ciudad de Rafah. (EFE)

Ciudad de Gaza

Esta guerra en Gaza no es la primera guerra que cubro, ni siquiera es la primera guerra que cubro en Gaza. He estado en lugares como Siria y Libia y he visto cosas espeluznantes que son normales en un conflicto armado. He visto niños muertos antes, pero nunca como en esta guerra en Gaza. Nunca tantos, nunca tan seguido.

Todo el mundo ama a sus hijos, y en Gaza no es diferente. Pero aquí hay un afecto especial hacia ellos, un orgullo que está por encima del celo por la privacidad o de la modestia. Todos quieren mostrarte fotos de sus hijos. Los hombres sacan sus celulares incluso más rápido y con menos reparos que las mujeres.

He visto fotos de la mayoría de los hijos de los trabajadores del hotel donde me alojo. Mi recepcionista favorito, Ayman, tiene dos hijas, una de las cuales tiene su misma hermosa piel y sus ojos claros. El barbudo y sonriente vigilante Mahmud tiene tres varones, de los que el menor, me contó con una mezcla de orgullo y vergüenza, es tan "hermoso como una niña".

Los niños están por todas partes en Gaza. Revolotean a tu alrededor en los campamentos de refugiados y en las escuelas que gestiona la agencia para los refugiados palestinos de la ONU, la UNRWA, donde más de 160 mil personas han buscado abrigo tras huir de sus hogares.

Muchos de ellos son audaces y curiosos, te extienden resueltamente la mano para que los saludes, te preguntan tu nombre, te preguntan sobre tu familia, de dónde vienes... Dos hermanas en una escuela en Gaza revolvieron dentro de mi bolso buscando algo con que entretenerse, y terminamos jugando un juego de palmas.

Otros, en cambio, permanecen callados de una forma que parece ir más allá de un mero rasgo de personalidad. En la misma escuela, una pequeña pelirroja con enormes ojos estiró su mano en gesto de saludo, pero en vez de sacudir la mía cuando respondí se me aferró muy fuerte. Me dijo que se llamaba Yasmín, pero fue lo único que logró decir. Me siguió por toda la escuela mientras yo entrevistaba a algunas personas, y luego vino y se me sentó muy cerca mientras yo esperaba en la sombra a que comenzara una rueda de prensa. No quería hablar, solo sentarse en silencio a mi lado.

En la morgue del hospital Shifa de Gaza, los trabajadores limpiaban estoicamente los tres menudos cuerpos que tenían delante, los de Afnan, Yihad y Wissam Shuhaiber. Ellos también han visto antes cuerpos de niños muertos, con heridas, mutilados, y verían más, probablemente ese mismo día. Su estoicismo era tanto más impresionante por el contraste con el desgarrador sufrimiento que reflejaban los rostros de los familiares de esos niños.

Los hermanos Yihad y Wissam y su prima Afnan estaban jugando en una azotea en Gaza cuando un cohete cayó sobre el edificio. Lograron sacarlos aún con vida pero murieron poco después. Tenían heridas de metralla por doquier, el acero caliente les había arrancado trozos de piel del tamaño de monedas. Los dientes de uno de los chicos parecían haber sido destruidos en el ataque.

El más joven de los tres, Wissam, tenía un pequeño calzoncillo azul y amarillo de superhéroe.

Era difícil mantener la compostura en la morgue mientras el personal se movía alrededor de los tres niños y un cuarto que había sido trasladado allí después de morir en otro hospital.

Logré entrar a la morgue antes que el tumulto de periodistas y me quedé quieta en una esquina observando cómo trabajaba el equipo y cómo los familiares, que presenciaban la misma escena que yo, oscilaban entre la rabia y el dolor más absoluto. Seguí tomando notas y observando, pero lloré mientras lo hacía. Y cuando escribí sobre esto más tarde, lloré de nuevo.

Como los Shuhaiber, muchos niños fueron bombardeados mientras jugaban en Gaza. El 16 de julio, estaba transmitiendo un informe desde mi hotel cuando el estrépito de una explosión me llevó a salir corriendo al patio. Cuando llegué ahí, había un grupo de niños corriendo presos del pánico desde la playa hacia donde estábamos nosotros.

Mientras corrían, cayó entre ellos otro proyectil. Varios lograron refugiarse en el hotel, donde empleados y periodistas presentes trataron de calmar su terror y curar a los heridos. Al menos tres personas resultaron heridas. Con otros dos periodistas, intenté ayudar a un niño.

Las ambulancias llegaron y evacuaron a los heridos. Luego fueron a la playa y encontraron a cuatro niños muertos. Cuando el pánico pasó, el suelo del patio estaba manchado de sangre y cubierto con trozos de gasa.

Es difícil dar un cierre a este relato. No hay final feliz. Pero viví un momento que me quedó grabado por contraste, en la casa de uno de nuestros maravillosos reporteros en Gaza, Adel Zaanoun. Nos sentamos a la mesa para la cena del Iftar, la comida nocturna con que se rompe el ayuno durante el mes del Ramadán, y él insistió en que sostuviera en mis brazos a sus gemelos de dos meses, Adam y Alma.

Se les veía tan pequeños, chillaban y agitaban sus manitas cerradas en puño. Estaban tan absolutamente vivos que ninguno de nosotros pudo evitar sonreír.