Gobierno deja a población nepalí a su suerte

Al carecer de suministros y tener medios de distribución precarios, las autoridades envían toda su ayuda a los sitios alejados del país, limitando la ayuda a otros pueblos.
La población trabaja en conjunto para reconstruir sus viviendas.
La población trabaja en conjunto para reconstruir sus viviendas. (AP)

Pokharidanda, Nepal

Algunos niños rescatan esteras de entre los escombros para improvisar carpas. Unas ancianas despejan trabajosamente rocas de lo que fueran sus casas, mientras que los hijos pródigos que corrieron a sus pueblos para consolar a sus madres levantan refugios para protegerlas de la lluvia.

Una semana después que un terremoto de magnitud 7.8 estremeció Nepal, los pobladores de muchos pueblos han dejado de esperar la ayuda del gobierno.

Sus necesidades son incontables, pero como Nepal carece de suministros suficientes y los medios de distribución son precarios, las autoridades se concentran en los sitios más lejanos de la nación enclavada en los imponentes Himalaya.

Eso deja a pueblos como Pokharidanda librados a su suerte. Por ese motivo, cada poblador hace lo que puede para ayudar a la causa común.

Ocasionalmente, alguien se presenta para ayudar. Un grupo de enfermeras, por ejemplo, improvisó un dispensario médico bajo una carpa, donde infantes acosados por las garrapatas y mujeres con dolores de muelas buscan alivio.

"Es muy difícil vivir aquí", se lamentó Namaya Shrestha, de 25 años, observando la choza diminuta que levantó con trozos de metal corrugado recogidos de entre los escombros. Ella y otros miembros de su familia ahora duermen por turno. Resulta difícil hacer sus necesidades ya que no quedan letrinas en el pueblo.

Después de recolectar una bolsita con lentejas, papitas fritas, sal y unas camisetas de un club de varones de una comarca cercana no afectada por el terremoto, Shrestha esbozada una sonrisa: "Me siento un poquito mejor, al menos ahora tengo algo", dijo. "Pero no me alcanza para mucho con una familia tan numerosa".

Lila Khanal, de 48 años, se regocijó cuando su hijo Damodar, de 23 años, regresó al pueblo de su trabajo como ingeniero en otra parte del país. Dos días después no deja de abrazarlo. El joven ha estado gestionando ante varias agencias en procura de dinero para reconstruir.

"No hay tiempo que perder", afirmó el hombre. "En unas pocas semanas llegarán las lluvias del monzón y estos refugios se vendrán abajo".