Mi familia tras la cortina de hierro

A pesar del justificado optimismo de aquella noche de noviembre de 1989 cuando caía el Muro de Berlín, y de los esperanzadores reencuentros familiares como el aquí narrado, la realidad del Berlín ...
Muro de Berlín
Muro de Berlín (Reuters)

Berlín

Todo fue totalmente inesperado aquella noche del 9 de noviembre 1989; a tal punto que había salido a comer tapas con algunos amigos del consulado alemán en Sevilla, donde trabajaba. A la hora de la famosa conferencia de prensa (7 de la noche), cuando el primer secretario en Berlín del Partido Socialista Unificado (SED) Günter Schabowski, contestó a la pregunta de un periodista en su enredado lenguaje burocrático, diciendo que, quien lo quisiera, podía irse a Occidente sin los requisitos previos, estábamos apenas ordenando al camarero.

En aquella época no había celulares, pero algunas horas después, nos llamaban la atención las imágenes en la televisión. Se veía un Berlín-Este frío y oscuro, con un mar de gente saliendo a las calles, llorando, riendo, cantando, saltando y saludando a los policías fronterizos que un día antes disparaban por órdenes superiores a todo aquel que quisiera transitar hacia el otro lado de la frontera sin permiso.

Nadie había revocado oficialmente esa orden y en las primeras horas los guardias no sabían qué hacer. Primero se rehusaron a dejarlos pasar, pero la masa seguía creciendo con el paso de las horas, entonaba cánticos, empujaba. “¡Abran, abran, vamos a volver!”, gritaban. Ya eran las 10 de la noche cuando los guardias empezaron a dejarlos pasar uno por uno. Estaban desconcertados y rebasados. Se miraban de reojo entre sí y, al final, decidieron abrir la pluma y dejaron avanzar a la multitud.

Del otro lado, desde Berlín occidental, se acercaba también la gente a recibir con aplausos, con rosas y champán a los hermanos que habían vivido 28 años detrás de la cortina de hierro. “No sabemos adónde vamos, simplemente queremos cruzar la frontera y ver, queremos ser parte de este momento histórico“, decía una señora con lágrimas en los ojos a los micrófonos de las televisoras occidentales.

 

LA ÚLTIMA NOCHE

Fueron unos 70 mil que se abalanzaron sobre los puestos de control y convergieron en la madrugada en el Kurfürstendamm, la avenida comercial más famosa de Berlín-Oeste. Todo era alegría.

Nosotros, unos alemanes y españoles en un bar de Sevilla, teníamos los ojos clavados en la pantalla. De repente, nos invadió un sentimiento de fraternidad, nos abrazamos, algunos lloraron de emoción. Intuíamos que aquella noche terminaba por fin la Guerra Fría, ese orden mundial que dejó la Segunda Guerra, el único que conocíamos y que creíamos inamovible. ¡Y de la manera más inesperada, más insólita, sin un solo disparo! Bastaron unas palabras balbuceadas para unir lo que había quedado separado por caprichos ideológicos durante casi cuatro décadas. Por supuesto no fue tan inesperado.

Por la perestroika y la glasnost del presidente ruso Michail Gorbatchov, aquellas palabras en ruso que significan restructuración y transparencia para el viejo régimen soviético, todo el bloque del Este estaba en zozobra. Muchos alemanes orientales ya se habían ido durante aquel año 1989 vía Hungría, que había desmantelado sus instalaciones fronterizas con Austria.

Hacía poco, miles se habían refugiado en las embajadas de Alemania occidental en Berlín-Este y en Praga y pudieron salir gracias a la intervención del entonces ministro de asuntos exteriores, Hans-Dietrich Genscher. Antes de noviembre, 200 mil alemanes orientales ya habían salido de su país. Parecía una crisis severa del comunismo, pero no el preludio de su entierro.

Como en la Primavera de Praga, esperábamos una represión furibunda. En el momento que los policías de Berlín-Oriental decidieron levantar las plumas, esa posibilidad quedó enterrada.

 

DESCUBRIENDO EL PASADO

El día siguiente, me llamó mi madre: “Nunca te dije, pero tenemos familia en el Este”, me dijo, y comenzó un largo cuento sobre una separación familiar dolorosa. Eran primos de mi madre. De niños, jugaban juntos en una parte de Sachsen de donde es originaria mi familia materna. Después, mis abuelos se vinieron a la parte occidental, se construyó el muro y los primos se perdieron de vista.

Los primos del lado oriental terminaron siendo funcionarios y científicos importantes. Y aunque se habían llevado bien con mi madre, tener contactos con el enemigo hubiera podido significar el fin de su carrera. Por eso nunca nos escribieron y nunca les pudimos mandar esos famosos paquetes que llegaban abiertos y maltratados por la Aduana al otro lado, pero aún así llenos de chocolates, pan dulce y otras delicias que escaseaban en la parte oriental.

Mi madre me explicó que también para mí era mejor no haber sabido de ellos ya que yo trabajaba en el Ministerio de Asuntos Exteriores y no me convenía. En esos tiempos, antes de conseguir un puesto en la administración pública, los servicios secretos hacían una minuciosa investigación hurgando en el pasado de cada candidato. Tener familiares en el otro lado, era un riesgo. La Guerra Fría tenía también ese lado oscuro de espías y traiciones. Ese mismo día pedí vacaciones que me concedieron para diciembre, y compré un boleto para viajar de regreso a Alemania desde España.

Había estado antes en Berlín, pero esta vez ya no era una isla, sentí una libertad insólita y una energía renovada. Algo había cambiado por siempre y los miles de turistas que con picos y martillos derribaban el muro de manera artesanal para llevarse los pedazos como recuerdo, solo fueron el preludio de ese cambio que convirtió Berlín, años después, en la capital más creativa de Europa.

Paseando por las calles donde a las cinco de la tarde caía la noche y un poco de nieve, me invadieron sentimientos encontrados. Había estado allí antes, cuando mi país y el mundo estaban divididos por una cortina de hierro que parecía impenetrable. Con sistemas políticos y económicos totalmente diferentes y con poco intercambio.

De un lado los buenos, los demócratas, los occidentales, viviendo la libertad del capitalismo. Del otro los oprimidos por unas dictaduras totalitarias, viviendo en un mundo gris de penurias. Así más o menos era la imagen del mundo que teníamos los jóvenes setenteros y ochenteros que habitábamos la parte occidental.

Una sola vez había podido viajar a los países del Este, en un viaje de nuestra orquesta estudiantil a Hungría, el país con la fama de ser el más bello, abierto y moderno del bloque del Este. Me encantó Budapest y la hospitalidad de los húngaros, pero conocí en el campo una pobreza y un retraso que me chocaban. Los carros y la ropa anticuada me parecían curiosos, la militarización me disgustaba.

Nunca había visto tan poca mercancía en las tiendas, y al final ya no encontré en qué gastar el dinero que por fuerza había que cambiar a diario (Zwangsumtausch) y que no valía nada afuera del bloque del Este. Fui a una librería antigua y compré los tres pesados tomos de El Capital de Carlos Marx en alemán, empastadas en azul con letras doradas.

 

BRINDANDO CON DESCONOCIDOS

Este fin de año histórico, lo festejé con una amiga que hace un año se había casado con un berlinés oriental que apenas conocía, con el único fin de facilitarle la salida. Enseguida se divorciaron. Ella y su ex esposo habían organizado una fiesta en un departamento frío y gris de Berlín Oriental. Había Ossis (Orientales) y Wessis (Occidentales), tomábamos Rotkäppchen y Riesling (ambos marcas de vinos espumantes, una de la parte oriental, otra de la occidental).

Descubríamos nuestras diferencias, pero sobre todo, que nos unía mucho más de lo que nos separaba. Discutíamos sobre qué era lo bueno de cada lado, cómo en conjunto se podía hacer un país mucho mejor. Me llamaba la atención la emancipación de las mujeres de la parte oriental, la posibilidad que tenían de trabajar porque había casas-cuna gratis para los niños, por ejemplo.

En la parte occidental, el destino principal de la mujer era ser ama de casa. También los percibí como mucho más solidarios, más idealistas y menos individualistas que nosotros. Tal vez algo más ingenuos. Discutimos toda la noche, saltando de fiesta en fiesta, de un lado del muro al otro, brindando en la calle con gente completamente desconocida.

La mañana siguiente, algo desvelada, corrí la maratón de año nuevo. Por primera vez atravesando la puerta de Brandenburg a paso de trote y sin control. Todavía existía el muro y había policía de fronteras de ambos lados. Nos aplaudían y la gente sacaba fotos.

Conocí a la parte perdida de la familia que me parecía tan extraña y cercana a la vez. Aproveché el viaje y fui a ciudades alemanas desconocidas como Leipzig y Dresden o la Wartburg donde Lutero había clavado sus 95 tesis sobre la fe que desembocaron en el cisma y la Reforma de la Iglesia católica. Hasta hoy, el Oriente de Alemania es preponderantemente protestante.

No es la única diferencia entre las dos Alemanias, y no todas desaparecieron después de la reunificación. Los paisajes florecientes (blühende Landschaften) que el canciller alemán Helmut Kohl había prometido, tardaron en llegar y costaron un billón y medio de euros.

Los de la parte oriental no se ubicaban tan plenamente en este sistema tan diferente al suyo, donde el Estado no resolvía toda su vida, donde tenían que tomar decisiones, ahorrar, invertir. No fue fácil orquestar la reunificación alemana por las reticencias europeas hacia una Alemania fuerte y unida. Sobre todo Francia trató de frenar el proceso, pero la vieja amistad de Kohl con Francois Mitterrand finalmente logró que el asunto de desbloqueara.

Descubrimos horrores como los archivos de los servicios secretos (la temible Stasi) que había tejido una red de soplones omnipresente y tenía información sobre la vida privada de cualquier sospechoso de pensamiento crítico.

Pasamos por varios procesos judiciales como el levantado contra el dirigente Erich Honecker y los policías responsables por las muertes en la frontera (Mauerschützen). El Este fue arrollado por la maquinaria capitalista, mezclándose aventureros de poca monta con idealistas y capitalistas olfateando el negocio de su vida.

Al final, poco de la industria del país estelar del bloque del Este quedó en pie y hasta hoy, el desempleo en las nuevas regiones, como pasaron a llamarse, es casi el doble que en la parte occidental. De la desilusión nacieron fenómenos tan opuestos como un movimiento neonazi y el Partido Socialista Democrático, rebautizado La Izquierda, que en las últimas elecciones nacionales sacó a nivel nacional 8.6 por ciento, pero en el Este 22 por ciento.

Hoy, a raíz de la globalización y la transferencia de la manufactura a países con salarios bajos, la brecha social crece en toda Alemania. Hace poco, desempolvé mis tres tomos de Marx. El país que construyeron sobre su filosofía se derrumbó. Su pensamiento queda.