El molino de Pancho

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El papa Francisco
El papa Francisco (Reuters)

Ciudad de México

Algunos identifican coloquialmente al papa Francisco como el papa Pancho. Lo perciben cercano, muy humano. Le gusta el futbol, vive con cierta modestia, trepa a su papamóvil a sus cuates. Aunque de pronto se pone regañón. El año anterior atajó a quienes aseguran estar en contacto con la Virgen a través de cartas y mensajes. Soltó con teatralizado enojo una condena singular: “La Virgen es Madre y nos ama a todos, pero no es la jefa de la oficina de correos, que manda mensajes todos los días”.

A veces los fieles se confunden por su estilo tan poco solemne. Lo ven tan moderno, tan próximo, que han llegado a asumir como si nada la equivocada idea de que muy pronto estaría en posibilidad de impartir indulgencias a través de su cuenta @Pontifex en las redes sociales, donde suma millones de seguidores.

Pero Bergoglio, siempre de buen humor, ha mantenido durante su primer año de pontificado una soterrada batalla contra los vicios que empujaban a la Iglesia hacia el lado más oscuro de la vida. Ha conseguido poner cierto orden en lo moral y en lo material y ha logrado sobre todo restablecer cada vez más la autoridad en la estructura interna del Vaticano. Es ese discreto contexto el que le permite comportarse como cualquier ser humano.

Así, con esa fraternal bonhomía, se encontró hace unos meses en la Plaza de San Pedro con una mujer flacucha y desaliñada que entre la multitud de peregrinos le extendía sus manos y lo llamaba a grititos. Ese día el papa Pancho conoció a Patti Smith y sin pensarlo mucho la invitó a participar en el concierto navideño de la Santa Sede que habrá de celebrarse dentro de unos días. Patti detesta que la identifiquen como la abuela del punk, pero prácticamente lo es, aunque no le guste. Es posible que el Papa, que está a punto de cumplir los 78, haya escuchado más de una vez las estridencias de su primer disco Horses. Lo que sí es seguro es que nunca leyó su volumen de memorias Éramos unos niños, donde Patti da cuenta de los más duros años de su vida, cuando pasaba hambres y fríos en los setenta, durmiendo en las calles de Nueva York. Para entonces, había dado en adopción al hijo que sin proponérselo concibió en la adolescencia, y había dejado atrás para siempre la vida familiar y sus días de estudiante. Muy pronto estaría viviendo una agridulce unión libre con el fotógrafo bisexual Robert Mapplethorpe, que moriría luego devorado por el sida.

Patti recibió en 2010 el prestigiado National Book Award por su libro de memorias escasamente virtuosas y es ahora una destacada figura de la intelectualidad estadunidense, venerada por una legión de admiradores de todas las edades. Tal vez el papa Pancho se encuentra entre ellos. Se explicaría así una invitación que lo ha puesto en medio de las indignadas criticas de los sectores más conservadores de la Iglesia. Pero el Santo Padre sabe lo que hace. Sin duda está llevando más agua a su impredecible molino.


*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa