"El santo de los DH: sin verdad ni justicia"

A punto de ser beatificado, el arzobispo salvadoreño asesinado en 1980 es recordado con emoción y agradecimiento en América Latina por trabajar a favor de los pobres.

Ciudad de México

¿Dónde están? Si ya los mataron, tienen que pagar, sea quien sea".
—Monseñor Romero (1917-80)

Este 23 de mayo se abrirá el camino a los altares para Oscar Arnulfo Romero, 35 años después de su magnicidio. El arzobispo, asesinado en plena misa en el altar de una iglesia en San Salvador el 24 de marzo de 1980, de un tiro al corazón realizado con un fusil de mira telescópica, ha dejado mucho más que sus homilías a favor de la paz y de los pobres, como cuenta el abogado Roberto Cuéllar, quien fue uno de sus estrechos colaboradores en el Socorro Jurídico, una oficina de apoyo legal para los pobres adoptada por el futuro beato latinoamericano, primero del papado del jesuita Francisco en el Vaticano.

"Fue un visionario, el primer apóstol de los derechos humanos", dice el director del Instituto de Educación para los Derechos Humanos en Centroamérica de la Organización de los Estados Iberoamericanos, y ex director del Instituto Interamericano de DH.

Al inicio, el Socorro Jurídico era visto como una locura excéntrica por la élite salvadoreña. Pero bajo el auspicio del arzobispo, se convirtió rápidamente en una herramienta incómoda para el poder: amparados por Romero, los jóvenes abogados documentaban los graves y sistemáticos abusos de los gobiernos militares. Y Romero prestó su voz a los sin voz. Las investigaciones servían al arzobispo para protestar de manera pública en sus misas, que se convirtieron en éxito de rating: el antiguo estudiante de comunicación en Roma autorizó retransmitirlas en vivo en la radio del Arzobispado y se convirtieron en el programa más escuchado hasta los rincones remotos del país.

Para Cuéllar, la visión jurídica y el talento mediático de Romero son inigualados hasta hoy en este país centroamericano, que después del asesinato del arzobispo se enfrascó en una cruenta guerra civil, terminada en 1992 mediante los acuerdos de paz de Chapultepec.

Cuéllar, quien acompañó al obispo hasta su autopsia, critica que aunque el actual gobierno de izquierda homenajea a Romero con calles y aeropuertos, el país tiene una relación difícil con su beato incómodo: la iglesia borra sus obras y la élite de derecha esconde hasta hoy la verdad sobre su asesinato.

Usted trabajó estrechamente con Monseñor Romero en el Socorro Jurídico, hasta que el asesinato interrumpió esta tarea. ¿Qué es lo que más recuerda de él?

La amistad con un señor que me llevó 30 años. Las bromas y también el rigor con el que nos exigía trabajar, yendo con él a las comunidades. Él nos enseñó a pensar el derecho justo, la dimensión política de la fe desde la perspectiva de los pobres. Cuando hicimos el inventario después de su asesinato, resulta que tenía cuatro camisas deshechas, carcomidas, pura ropa vieja. No tenía nada. Lo que le daban, lo regalaba a los pobres, al primero que se le aparecía.

Suena muy parecido al actual papa Francisco y no es casualidad que sea justamente el jesuita quien beatifique a Romero después de que el tema fue congelado durante tres décadas en la curia conservadora de Roma. ¿Fue su coherencia con el evangelio lo que hizo a Romero a la vez tan popular y tan marginado por la jerarquía eclesial?

Es curioso, porque el pueblo salvadoreño lo proclamó santo en la noche misma de su asesinato. Sucedió a las cinco horas de la muerte, cuando estábamos con el cadáver, arreglando cuestiones para el funeral, preparando la autopsia y esperando el juez. Yo salí a respirar un rato porque necesitaba aire para pensar qué iba a ser de mi vida después de haber apostado todo por él. No había nadie en la calle, era la noche más sola que yo había visto jamás. A pocos metros aparecen de la oscuridad unos mendigos que se habían escondido en el jardín de la Policlínica. Me llamaban: "¡Pst!, hey doctorcito, mataron al santo". Fue la primera vez que oí que era santo. Una señora me agarra de la mano y me pide que la deje tocar al santo. Me impresionó porque los pobres fueron los primeros en llegar a rendirle homenaje. Le comenté eso a Monseñor Ricardo Urioste, su vicario general y el hombre en quien más confiaba Romero. Se me quedó viendo y me dijo que escogiera unos cinco o seis. Llegaron, le tocaron los pies y se regresaron felices. Me sacaron las lágrimas, en ese momento ya podía llorar la muerte de Monseñor.

El Socorro Jurídico, una oficina de apoyo legal a los pobres, fue pionero en esos tiempos. ¿A quién se le ocurrió y cómo se creó?

Fue idea del padre jesuita Segundo Montes, quien fue posteriormente asesinado en la Universidad Centroamericana junto con el filósofo y rector Ignacio Ellacuría y cuatro jesuitas más, en el año 1989. Montes fue mi profesor en último de bachillerato en el externado de San José. Dos años después, cuando estaba a la mitad de la carrera jurídica, los militares cerraron la Universidad Nacional. Entonces me llamó a mí y a algunos compañeros para que en lugar de estar haraganeando nos pusiéramos a dar asistencia jurídica gratuita a los pobres. La sociedad lo vio como una locura, un acto de comunismo, ya que el derecho no servía para eso, servía para hacer dinero, establecer sociedades. Jamás se le había ocurrido a nadie hacer del derecho un auxilio legal para los pobres. Era una iniciativa de misericordia, de caridad jurídica, y también los jesuitas necesitaban ese apoyo legal para sus proyectos de salud y vivienda en las comunidades. Aquello se fue convirtiendo rápidamente en una especie de caldera de denuncias. Nos percatamos de la corrupción y parcialidad en el sistema judicial a favor de unos pocos. Era inmisericorde lo que hacía la élite con los pobres, les quitaban todo lo que tenían.

¿Cómo acogió Monseñor Romero este proyecto?

Primero estaba muy desconfiado. Creía que éramos demasiado jóvenes y no íbamos a soportar la presión. Prefería gente experimentada, pero nadie se presentó, por miedo. También muchos estudiantes desistían, pero quedamos unos seis. Monseñor la acogió oficialmente después del asesinato del padre Rutilio Grande en 1977, nombrándolo Socorro Jurídico del Arzobispado. Pronto tuvimos que socorrer también a la Iglesia que empezaba a ser perseguida. Los dos medios de comunicación dominantes, El Diario de Hoy y La Prensa Gráfica, jamás difundían noticias sobre sacerdotes amenazados, torturados, expulsados, pero acontecía casi a diario. La Iglesia nos pidió que nos hiciéramos cargo de la representación legal de esos sacerdotes, lo que nos complicó la vida porque ya no era compasión, sino que había una clara toma de posición preferencial por los pobres mediante el derecho como instrumento político para una sociedad más justa.

¿Cómo fue trabajar con él en medio de un conflicto interno que se volvía cada vez más sangriento?

Era muy riguroso con nosotros. Nunca denunció un caso que no tuviera certeza legal y respaldo. El fact-finding como se dice hoy. El acudió a los tribunales sabiendo que la justicia era totalmente parcial y del lado de los acaudalados. Pero nunca el gobierno ni la Suprema Corte lo pudieron cuestionar jurídicamente en toda su vida. Cuando yo le comentaba que ese Derecho no servía me contestaba: "Utilícelo para demostrar que no sirve". Esto hoy en día se conoce como el principio del agotamiento de los recursos internos. Fue un pionero.

Hace dos años, la Iglesia cerró la oficina de Tutela Legal que era heredera del Socorro Jurídico. ¿Ha sido ingrata con su beato?

La iglesia titubea, no veo que la beatificación despierte tanto entusiasmo en la jerarquía como en el pueblo. Van a hacer el ceremonial, pero se necesita un proceso en cada diócesis de contar la verdad, las causas que llevaron al asesinato. Que la Iglesia se apropie de él. Sin banalizar ni trivializar. Este pueblo necesita de reliquias y figuras.

Y el Estado salvadoreño ¿cumplió el legado que le dejó Romero de paz y justicia?

¡Nooo, qué va! Yo quisiera que algún magistrado se atreviera hoy en día a interpretar los clamores de los pobres como lo hizo Romero, que estaba dispuesto a ir a la cárcel por sus denuncias. Esa capacidad, esa visión, ese coraje, esa inteligencia de ordenar las ideas y colocarlas estructuras en el debate público nadie la tiene hoy en El Salvador. Hay avances, pero hay mucho desorden. No hay un pensamiento estructural. El orden jurídico tiene que cambiar, pero eso es político, no es solamente jurídico, porque supone cambiar los fundamentos para hacer un poco más justo este país.

Sin embargo, desde 2009 tienen por primera vez en la historia un gobierno de izquierda, pues llegó al poder la ex guerrilla convertida en el partido político Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN).

Tenemos un presidente compasivo y bondadoso, Salvador Sánchez Cerén, pero le falta operatividad y estrategia. Le da un vaso de leche y un almuerzo escolar a los alumnos, ¿pero a qué lleva? Estamos en una cultura de corto plazo, electorera, de prebendas, arreglos, negocios entre partidos políticos. Los dos partidos grandes de izquierda y derecha necesitan negociar para llegar a consensos, y para eso, los principios no se ponen por delante, lo que se impone es el interés de mantener el poder. No hay un proceso de apropiación de derechos. La gente pregunta: "¿Quién me da más, ARENA o el FMLN?". Esa es la pobre discusión. ¡Es un país que está caminando a ciegas y a nadie le interesa!

Hasta hoy, los asesinos de Romero no han sido juzgados. ¿Le ha fallado el Estado a la verdad?

El estado ya ha hecho mucho, ¿pero de qué sirve tanto homenaje, puentes, avenidas, aeropuertos con su nombre? A él no le hubiera importado. Está bien, ya cumplieron con ese ritual oficial que es importante. Hoy falta la gran deuda que tiene la nación con él. Él fue el precursor del derecho a la verdad y su memoria está en el calendario de la ONU. El 24 de marzo es el Día Internacional del Derecho a la Verdad. Y es irónico, paradójico que no se ha dicho toda la verdad justamente en el caso Romero y que haya una ley de amnistía que todavía impida que esta nación y el mundo sepan la verdad sobre su muerte.

¿Eso se debe a que todavía polariza la sociedad salvadoreña?

Lo que le hace falta a la derecha es hacer una reconciliación consigo misma. De nada me sirve darle la mano a la derecha si no hay un proceso de arrepentimiento interno. Hay que pedirle cuentas a quienes conformaron los grupos paramilitares de la época. No necesariamente que vayan a la justicia, pero que se diga la verdad. Aquí todos dicen "su verdad" pero nadie dice la verdad.

Según la Comisión de la Verdad, su muerte fue ordenada por el mayor y luego fundador del partido de derecha ARENA, Roberto D'Aubuisson, quien dio la orden a su jefe de seguridad, Álvaro Saravia. Lo ubicaron en Honduras, paupérrimo, perturbado, donde dice que el francotirador fue puesto por un hijo del ex presidente Molina...

Lo ves, ni siquiera nosotros estamos en capacidad de decir quiénes fueron los perpetradores, cuáles fueron las circunstancias, quiénes y durante cuánto tiempo lo amenazaron, quiénes fueron sus enemigos dentro de la Iglesia. Vinieron tres fiscalizadores del Vaticano a investigar a Romero y a pedirle la renuncia. Me consta. Aquí se decía: "Haga patria, mate un cura; haga nación, mate al arzobispo". Este pueblo y sus generaciones futuras tienen derecho a conocer la verdad. Si usted educa en la mentira, estamos muy mal. Este gobierno proclamó a Romero como guía espiritual, pero no se atreve a derogar la Ley de Amnistía. Es el único país en América Latina donde no se ha dicho toda la verdad histórica, y después de 22 años persiste una amnistía. ¡Es una aberración en términos de derechos humanos! Así llega la beatificación ordenada por Francisco.