Los vigilantes del siglo XXI

Ante las fallas en las grabaciones de seguridad de varios eventos criminales, en Estados Unidos se propuso que cada policía use una minicámara para registrar todas sus acciones.

Ciudad de México

El pasado mes de agosto un muchacho de nombre Michael Brown fue abatido a tiros por un policía en Ferguson, un suburbio de San Louis Missouri, Estados Unidos. El policía que disparó y mató a ese muchacho negro de 18 años, que encima iba desarmado, era un hombre blanco de nombre Darren Wilson.

Esta noticia, y la serie de protestas multitudinarias que la siguieron, se difundieron en periódicos y televisiones de todo el mundo. Se trataba de un capítulo más de esa historia arquetípica que cíclicamente brota en aquel país, la del policía blanco que mata a un hombre negro. Más allá de esta vergonzosa historia circular, como uno de sus efectos secundarios, la muerte de Michael Brown abrió un interesante debate sobre las cámaras de vigilancia que registran los sucesos, y sobre todo la ausencia de éstas, en casas, negocios y en las calles de las ciudades.

Lo que vigilan y graban estas cámaras, la mayor parte del tiempo, no tiene ningún interés, graban horas y días enteros de la vida normal que transcurre dentro de una tienda o en una esquina, graban a la espera de que suceda algo y es este suceso, este golpe del azar el que justifica el gasto de grabarlo todo y archivarlo para, si es el caso, poder consultarlo después.

La última imagen de Michael Brown vivo, segundos antes de que el policía lo abatiera a balazos, fue captada por la cámara de vigilancia de una tienda, pero en el instante preciso en que el policía disparó, Brown ya estaba fuera del alcance de la cámara. Los investigadores lograron reconstruir la escena, gracias a la fotografía que hizo un testigo con su teléfono pero, a pesar de la cantidad de cámaras que vigilan las calles de Ferguson, no existe ninguna imagen del momento preciso en que el policía disparó contra el muchacho.

Otro caso parecido sucedió en Barcelona, más o menos en la misma época. La policía golpeó de manera brutal a un hombre que los enfrentó y que se puso a discutir con cierta violencia, era una trifulca doméstica, algo que sucedía en el interior de un edificio y que alguien denunció. Los vecinos, al ver la paliza salvaje que le propinaba la policía, comenzaron a hacer fotografías y videos de aquella golpiza que terminó con la muerte del hombre que los había enfrentado. Los agentes involucrados trataron de defenderse, alegando que el hombre se había muerto de un infarto, provocado por la tensión del momento, y no por los golpes que le habían dado, pero las fotografías y los videos que habían hecho los vecinos, porque la escena también tenía lugar fuera del alcance de las cámaras municipales, demostraron la culpabilidad de los policías.

Se trata de dos casos de brutalidad policiaca que no fueron registrados por las cámaras de seguridad que se instalan, y se mantienen, precisamente para registrar esos momentos. Desde luego puede pensarse, con sobrada razón, que no son las cámaras las que fallan, sino que es la policía, la de Ferguson y la de Barcelona, la que las hace fallar, la que las manipula después para que no quede huella de su abuso de poder. A partir del caso de Ferguson, el gobierno de Estados Unidos trabaja en un proyecto que consiste en que cada agente de la policía lleve una cámara en los lentes, o en la gorra o en la solapa, que vaya registrando todos los momentos de su cotidianidad profesional, para que cuando sobrevenga una actuación oscura, sus superiores puedan revisar la grabación, la suya o la de sus compañeros que también llevarán cámaras que lo registran todo. Fijémonos en este policía, todavía hipotético pero que está a punto de dejar de serlo, pensemos cómo será la jornada laboral de este hombre que, durante ocho horas al día, graba todo lo que ve y oye; cada jornada produce un capítulo en video de su quehacer policiaco y la suma de éstas irán a dar a una videoteca donde se almacenarán semanas, meses, años de vigilar las calles a pie, en motocicleta o en patrulla, un archivo completísimo de todo lo que ha visto y ha oído este agente de la ley, las multas que ha puesto, las discusiones y las persecuciones, los gritos de ¡policía!, ¡alto o disparo!, las pláticas con sus colegas, sus monólogos y sus exclamaciones, sus estornudos y sus eructos, todas esas imágenes y esos sonidos estarán en un archivo que será, ni más ni menos, la vida laboral virtual del policía: sus jornadas de trabajo habrán existido en la vida real, y seguirán existiendo intactas, durante mucho tiempo, en su vida virtual que descansa en el archivo.

Con el ánimo de establecer aquí un parámetro que ilustre lo lejos que está llegando la sociedad en el territorio de la vigilancia, voy a proponer aquí dos vigilantes de otros tiempos que, con todo y su excentricidad, vigilaban a la manera, digamos, clásica. En el siglo XVII había en el puerto de Lisboa, en la zona elevada donde se tenía una mejor visibilidad, un individuo que vigilaba, día y noche, la entrada y la salida de los barcos. La gente, desconcertada por su inmovilidad y su concentración, le preguntaba por esa obstinación aparentemente inútil. El vigilante daba siempre la misma respuesta: “Todos los barcos que entran al puerto son míos, por eso los vigilo”. Con el tiempo este vigilante pasó a ser un personaje imprescindible del puerto, su atenta presencia era tan importante como la del faro o la de la sirena para orientar a los barcos en los días de niebla. El más piadoso y adinerado de los hermanos del vigilante, preocupado por la situación, y abochornado por lo que las buenas familias lisboetas decían de él, lo recluyó en un sanatorio psiquiátrico. Quizá sea ésta la única ocasión en la historia en la que alguien es internado en una institución solo por vigilar la entrada y la salida de los barcos del puerto. Años más tarde el vigilante fue dado de alta y lo primero que hizo al salir fue golpear a su hermano, no por haberlo internado durante años en un manicomio, sino por haberle quitado todos sus barcos.

El otro vigilante es del siglo XX y lo escribió Eliseo Alberto en su libro Informe contra mí mismo. Eliseo cuenta que en La Habana, un colega suyo que cayó en desgracia laboral y que tenía un departamento con vista al mar adoptó, igual que lo hizo el vigilante de Lisboa tres siglos antes, el oficio de vigilar los barcos que entraban y salían del puerto. Este vigilante cubano se situaba en su balcón, de sol a sol, y apuntaba en una libreta el nombre, la bandera y la carga o el tipo de pasaje que transportaba cada barco. Su esposa comenzó a preocuparse cuando al vigilante le dio por levantarse a efectuar su quehacer antes de que saliera el sol, y sobre todo cuando, con la idea de ganar precisión en sus observaciones, vendió su mejor pantalón para comprarse un catalejo. La historia concluye de forma inesperada: durante una época notó que los barcos petroleros llegaban a La Habana semivacíos, con la línea de flotación demasiado alta, y eso quería decir que estaba a punto de declararse en la isla un periodo especial de escasez de gasolina, y como este vigilante era un hombre muy listo, hizo con esta información crucial un gran negocio.

Al margen de la utilidad que puedan tener las cámaras que pronto llevará la policía, hay que asumir que, con esas horas y horas de vida laboral grabada y archivada, se está conformando y abriendo la puerta al otro yo, al yo virtual que vivirá con cada policía, de manera paralela, pero que tendrá una memoria infalible y mucha más expectativa de vida porque estas imágenes pueden durar toda la eternidad.

Este método de vigilancia y de control, que sin  duda terminará por implantarse en la policía de todos los países de occidente, está inspirado en ese colectivo autodenominado lifeloggers, un grupo de entusiastas que lleva un video-diario extremo y permanente en el que, con una meticulosidad que raya en la frivolidad, van grabando cada segundo de su vida, desde que abren los ojos en la mañana hasta que se van a la cama por la noche, y lo hacen con cámaras mínimas que se cuelgan, como una pluma, en el bolsillo de la camisa, o que llevan montadas en la gorra o en los lentes. Si la policía implementa estas cámaras para registrar y vigilar el día a día de sus agentes, los lifeloggers lo hacen por gusto, porque les parece que tener un registro minucioso de la cotidianidad puede serles de alguna utilidad. El argumento de este colectivo, que nació como un experimento y que se ha expandido a otros ámbitos, es que grabar todo lo sucede en el día es de gran utilidad porque en la noche, una vez que llega uno a casa y se relaja, puede revisarse la grabación para ver el nombre de una calle, o la placa de un coche que ya había uno olvidado o, todavía mejor, la cara de esa persona que conocimos hace seis meses y cuyos rasgos ya no recordamos. Las grabaciones de los lifeloggers funcionan como una memoria visual y auditiva infalible, pero no de eventos y visiones puntuales, sino como una memoria total, como un doble virtual palpitando el archivo de videos, igual que ese doble laboral que pronto tendrán los policías. Hay una distancia enorme entre aquel hombre que vigilaba los barcos en Lisboa, y ese otro que los vigilaba en La Habana, y estos individuos del siglo XXI que vigilan todo, todo el tiempo, con sus cámaras y sus enormes archivos de videos. Aquellos miraban a lo lejos, observaban el mar y los barcos, en cambio los vigilantes de este siglo son estrechamente vigilados, mientras se vigilan a sí mismos.