Marina Silk, un proyecto liberador para las mujeres

El desarrollo económico del gigante asiático hace perder de vista su atraso en la relación entre los sexos y el sometimiento femenino padecido ahí hasta límites trágicos y a veces mortales.
La ONG Semilla para el Cambio impulsa a un grupo de trabajadoras en su proceso de autonomía y empoderamiento.
La ONG Semilla para el Cambio impulsa a un grupo de trabajadoras en su proceso de autonomía y empoderamiento. (A.Pampliega)

Varanasi

Los pinceles se sumergen en un líquido azulado. Las manos, ajadas y castigadas por los años y por el duro trabajo de recoger basura, se mueven con extremo cuidado. Las mujeres, concentradas, tratan de que el color no salga de los bordes y arruine todo el trabajo. Dibujan y colorean sobre frágiles y delicados pañuelos de seda. Risas. Complicidad. Esta docena de mujeres han encontrado un pequeño refugio donde se sienten poderosas, importantes, empresarias, emprendedoras. Y no es para menos. Han conseguido fundar una pequeña empresa que se dedica a la venta de pañuelos de seda y hacerla auto sostenible. Pero el camino no ha sido sencillo.

“Al principio fue difícil porque no sabían ni coger el bolígrafo. Tuvieron que aprender a hacer líneas, círculos, fueron seis meses de pruebas hasta que salió la primera partida para comercializarse”, recuerda María Bodelón, fundadora de la ONG Semilla para el Cambio y alma máter de este proyecto bautizado como Marina Silk.

El sudor comienza a resbalar por sus rostros. El calor cae a plomo sobre las mujeres. Las ventanas permanecen cerradas a cal y canto para evitar que la seda pueda deteriorarse. Con tres horas diarias llegan a producir cerca de 200 pañuelos al mes que —posteriormente— acaban vendiendo en España y a través de los socios de esta organización. El objetivo de Marina Silk no es solo que estas mujeres tengan un lugar de esparcimiento donde poder evadirse de la realidad —la mayoría viven en ciudades perdidas llamadas slums— sino también que puedan llevar un sueldo a casa y empoderarlas en una sociedad patriarcal donde la mujer es supeditada a los designios del marido, sean cuales sean.

“Las mujeres, al tener cierto nivel de ingresos, tiene más capacidad de decisión en la familia. Marina Silk las ha hecho darse cuenta de que son más de lo que ellas pensaban. Ha subido su autoestima, han ganado confianza y se están haciendo fuertes”, relata una orgullosa María Bodelón, viendo los progresos de las mujeres que hoy trabajan en su propio negocio.

En ciudades como Varanasi las mujeres no dejan de ser las parias de la familia. Encargadas de cuidar a los hijos. De mantener la casa limpia. De hacer la comida. De rebuscar entre los desperdicios para luego venderlos al reciclaje. Están sometidas a sus maridos los cuales han pagado ingentes cantidades de dinero por casarse con ellas, por lo que —en muchas ocasiones— creen tener derecho de considerarlas de su propiedad y de infligirles malos tratos y vejaciones. “Las mujeres sienten que el marido tiene derecho a pegarles por lo que jamás se quejan. Es algo que acaba pasando de generación en generación, porque se vive en el ámbito doméstico y los hijos maman de lo que ven en el seno del hogar”, comenta Bodelón.

Por este motivo, la docena de mujeres que trabajan en Marina Silk son unas privilegiadas. La mayoría recogía basura o lavaban platos por salarios míseros. Ahora tienen una economía constante lo que las convierte en una pieza fundamental dentro de la familia, las empodera y las hace importantes. “Me compré un pequeño terrenito en mi aldea natal, cerca de Calcuta. Quiero salir del slum y que mi hijo pueda tener una vida diferente a la que le estoy dando”, comenta Laltussi, una de las mujeres que trabajan en Marina Silk. El marido de esta mujer tienen una parálisis que le impide trabajar por lo que ella trabaja a sol y a sombra —además es la encargada de la cocina por lo que también recibe un sueldo— para sacar a su familia adelante.


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Barro, inmundicias, ratas, toneladas de plástico y papel amontonadas en inquietantes pilas. Niños sentados en el suelo clasificando lo que otros desechan en montoncitos en función del material y de la calidad. Muchachos descalzos y a medio vestir corriendo entre la basura. Este slum de Varanasi es una bofetada de realidad. Una visita obligada para los miles de turistas que visitan cada año una de las ciudades más místicas de la India, el lugar donde los hindúes son incinerados y esparcidos en el sagrado Ganges. En esa ciudad hay una realidad invisible que se vuelve nítida y cristalina…

Tajkera, una de las mujeres que trabajan en Marina Silk, trabajó durante años en la recolección de basura y en su posterior clasificación. Un trabajo duro, desagradable, deshonroso. Y con el que a duras penas se puede sobrevivir. “Por un kilo de papel nos pagaban 0.08 centavos de euro; 0.13 por el de plástico y 0.33 por el de material sanitario (jeringuillas, vías usadas, etcétera)”, comenta esta mujer. La familia de Tajkera logra reunir, en los meses más boyantes, cerca de mil 200 pesos. “Para ellas es importante tener un sueldo fijo, estabilidad, horario y vacaciones”, sentencia María Bodelón.

“A mí me gustaría salir del slum e ir a un edificio de ladrillo pero cuesta como mínimo dos mil rupias al mes (alrededor de 672 pesos) ¿Quién se puede permitir eso?”, comenta Baisun. Esta mujer vive con su marido y sus siete hijos. Por el pequeño trozo de tierra en el que han montado su precario hogar pagan unas 300 rupias. No pagan suministros. Tienen luz de forma ilegal y extraen agua de un pozo cercano. Así conviven unas 65 familias hacinadas entre la basura. Baisun es otra las de las trabajadoras de Marina Silk y que viven en este slum, pero se puede considerar afortunada.


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Frunce el ceño. Está concentrada. Mueve el lápiz, duda. Las matemáticas le siguen costando un poco. Aisha es india, sobrepasa la treintena y es madre de cuatro hijos. Desde hace varios meses acude a las clases de la ONG Semilla para el Cambio para aprender a leer y a escribir. Una mueca de satisfacción se dibuja en su rostro cuando la profesora le corrige el ejercicio y la felicita. A pesar de tratarse de un ejercicio básico de sumas y restas para Aisha supone un gran éxito. “Antes no quería ir a un hospital porque no entendía los papeles o en la calle no sabía leer las indicaciones”, afirma Bodelón.

“Quiero aprender a leer y a escribir para que no me puedan engañar y para poder sentirme orgullosa de mi misma”, afirma la propia Aisha que se ruboriza y sonríe. Esta mujer vive en la ciudad de Varanasi (este de la India) que con 300 slums reconocidos, y más del doble ilegales, es una de las poblaciones menos desarrolladas del gigante asiático. Aquí la tasa de analfabetismo entre las mujeres ronda el 80 por ciento, según un informe presentado por Naciones Unidas.

A su lado, su compañera Pyari Bibi usa su dedo índice para leer cada sílaba. Tiene 39 años. Está embarazada de su cuarto hijo y está aprendiendo a leer. De niña no fue a la escuela porque su familia no tenía dinero para pagar su educación y tuvo que empezar a trabajar en la recogida de basura, actividad a la que se sigue dedicando toda su familia. Su motivación supera a la vergüenza que algunas adultas sienten cuando tienen que aprender como si fueran niñas. “Vengo incluso cuando estoy enferma. Ahora comprendo lo que ponen en los letreros, en la calle…”, comenta. El marido de Pyari no se ha opuesto a que acuda a esta clase de alfabetización porque no ha abandonado en ningún momento las labores domésticas.

Pyari Bibi es la mayor de un grupo formado por 25 mujeres, casi la mitad de las que empezaron hace un año. “Al no tener aliciente económico muchas se desmotivan. Su forma de vivir es al día: ganan, gastan. No están acostumbradas a hacer cosas que requieran continuidad o que vayan a ser rentables a futuro. Es difícil para ellas ver el medio y el largo plazo. Hay otras que no pueden venir porque tienen que seguir trabajando o porque tienen dificultades de aprendizaje y se sienten avergonzadas”, apunta María Bodelón.

Desde la creación de esta escuela para adultos solo un hombre acudió a clase, pero se marchó enseguida porque se reían de él. Sangeeta, de 27 años, no se ruboriza sino todo lo contrario. “Quiero aprender para ayudar a mi hija con sus deberes y que tenga un futuro”, sentencia mientras anota el resultado de las operaciones matemáticas que realiza. Ella sola, con los 40 euros (aproximadamente 700 pesos) que gana lavando platos, se hace cargo de su hija. Vive con su madre y su hermana desde que se separó de su esposo. “Era un mal marido”, nos confiesa sin entrar en más detalles. El divorcio no es habitual en la India pese a que la violencia de género alcanza índices altísimos. “Hace unos día, la madre de uno de los niños que participan en nuestro proyecto educativo murió quemada con ácido a manos de su esposo. Le atribuía una infidelidad”, cuenta Cristina Iglesias, coordinadora de infancia de la ONG.

Precisamente, para que esto no vuelva a ocurrir, Semilla para el Cambio hace hincapié en el empoderamiento de las mujeres indias. El futuro está en manos de mujeres como Aisha, Sangeeta o Laltussi. El futuro es de las mujeres de India.