Los chicos del dintel

En mayo un hecho histórico ocurrió en Dublín, cuando en el seno de una de las sociedades católicas más recalcitrantes la población votó por el "sí" a los matrimonios gays.

Dublín

—Buenas tardes.

Pensé que se trataba de una de tantas caridades que a esa hora de la tarde asolan el vecindario pidiendo dinero para la novena, para promover la causa del Padre Pío, para engalanar la procesión que celebra el aniversario de Santa Teresita —si por lo menos fuera la Teresona—, para los expósitos a fin de enseñarles a boxear y a jugar futbol, para los drogadictos a quienes los programas de rehabilitación les han reemplazado la heroína por metadona, para pedir ropa que sobre y con frecuencia para promover la candidatura de algún político local que no sabe hacer más que solicitar votos a cambio de promesas que una vez elegido no recordará.

—Harían bien en empezar por recoger la basura —les suelto a bocajarro porque además me han interrumpido justo cuando comenzaba a vislumbrar la escena del asesinato.

Los chicos en el dintel no se ofuscan.

—Estamos aquí para hablar sobre la importancia de votar este viernes próximo.

Alzo los ojos al cielo y les muestro la calle.

—¡Pero si esto parece Calcuta!

Los muchachos no pierden la sonrisa.

—Pues sí —dice uno de ellos— tiene usted razón.

—Pero si nos permite —dice el otro— nos gustaría conversar sobre el referéndum.

Los dos son jóvenes. Podrían ser Twilidi y Twilidum o los ayudantes del señor agrimensor o el Gordo y el Flaco si no fuera porque los dos son muy guapos: uno tiene el cabello negro y los ojos azul cobalto y su compañero es rubio con ojos color miel. Entonces veo que llevan pequeñas banderas multicolores.

—Es sobre la igualdad en el matrimonio.

Estoy por citar a Engels quien decía que el matrimonio es la unión de dos prostituciones que forman una virtud.

—Nos gustaría que gracias a su voto pudiéramos juntos terminar con la discriminación sexista que oprime a la gente gay, a las lesbianas, a los transexuales y a los transgénero.

—¿Perdón?

De pronto me doy cuenta que estos chicos son emisarios de otro país, de otra era, de una zona libre de dinosaurios ideológicos. Algo ha cambiado radicalmente en un país que hasta hace poco era más papista que el Papa. Recuerdo el terremoto que significó el gesto de la cantante Sinead O'Connor cuando en un concierto desgarró la imagen de Su Santidad polaca, quien por cierto mantenía estrecha amistad con el infame padre Maciel. Ya en esos tiempos se rumoraba acerca de lo que transformaría la percepción de la Iglesia católica como piedra de escándalo.

Durante los años ochenta la existencia de asilos instituidos por órdenes religiosas para albergar a madres solteras se convirtió en un secreto a voces. En ellos las monjas explotaban la mano de obra cautiva en sus lavanderías y además daban a los bebés en adopción a parejas estadunidenses y canadienses a cambio de donaciones significativas. Todavía hoy las monjas lo niegan.

Por un momento la tarde en el centro de la geografía donde ocurre Ulises, de Joyce —los Bloom viven a tres cuadras en Eccles Street— desaparece dando paso a las imágenes de The Magdalene Sisters, la película de Peter Mullan producida en 2002 para reivindicar a quienes fueron víctimas de la hipocresía y del sadismo de una institución que desde la independencia del país en 1916 se volvió todopoderosa.

Los chicos no pierden su buena disposición.

—Creemos que es fundamental lograr un cambio...

Mientras hablan pienso que tal cambio se relaciona estrechamente con los esfuerzos por acotar la influencia de la Iglesia católica. Se dice que antes de ser aprobada la constitución debió ser palomeada por el Arzobispo de Dublín, el primate Charles McQuaid, partidario del fascismo sin uniforme. Bueno, con camisa azul. ¿Puede ser que todo eso haya cambiado debido a los escándalos por abuso sexual que surgidos a la atención pública en 1995? La historia de impunidad de los padres Sean Fortune, Jim Doyle y Donal Collins en San Peter's College y de Jim Grennan, la posterior renuncia del obispo Brendan Comiskey cuando se demostró su complicidad al ocultar los hechos y solapar a los culpables, fue el comienzo de una transformación que comenzaba a virar la inercia de la historia. Los mártires habían cambiado de lado.

Al principio la voz de las víctimas fue sofocada por el rechazo y luego por la medrosa morosidad de la alta jerarquía católica que se negó a cooperar con la investigación policíaca, alegando que solo podían ser juzgados de acuerdo con la ley canónica; no obstante, las víctimas continuaron hasta hacerse oír. Su historia es conocida y su importancia indudable. A su valentía e integridad se debe parte del cambio cultural más significativo que ha vivido Irlanda en su historia independiente: el referéndum del que los chicos me hablan.

—Los felicito —les digo desconcertándolos sin proponérmelo—, porque aunque el matrimonio sea una institución como todas, discutible, lo importante es que quienes desean unir sus vidas puedan hacerlo con la protección de la ley y sobre todo con la aprobación de la sociedad.

—¿Quiere uno? —me preguntan ofreciéndome un botón en el que se lee "Tá".

Al ver que no entiendo me explican que "tá" en irlandés significa "sí". Encantado acepto el botón y poniéndomelo en la solapa prometo usarlo hasta el viernes. Faltan tres días y desde luego me propongo ser de los primeros en presentarme a votar.

Durante los días que siguen me pregunto qué resultados arrojará el referéndum, pero soy pesimista. Vislumbro la imagen de Cromwell entrando montado y a saco en las iglesias, donde la religión católica fue reprimida durante siglos, los fieles se sintieron herederos de los mártires romanos que ofrecieron su vida en el circo o languidecieron en las catacumbas iluminados por la fe.

En el contexto colonial, la Santa Madre tuvo la función de una fuerza de resistencia e incluso de subversión ligada al nacionalismo. Desde 1916, cuyo centenario se prepara con fervor renovado, la Iglesia católica se convirtió en la principal fuerza ideológica del país, el engrudo que mantuvo unida a la joven república, a la que sostuvo para enfrentar un futuro inmediato exultante pero aciago. "¿Todavía es así?", me pregunté repetidamente.

Además de semejante herencia, las manifestaciones de los representantes del Neanderthal metafísico me inquietaban. No perdían oportunidad para remachar el mensaje de la jerarquía para quienes el matrimonio era propiedad exclusiva de los heterosexuales y que solo se justificaba por la procreación.

—¡Es al Apocalipsis! —clamaban.

—¡Una desgracia! —se lamentaban.

—¡Un retroceso! —aseguraban aunque sin decir a qué época se referían.

En cambio, quienes apoyaban la modificación del artículo 34 de la constitución decidieron elaborar una campaña dedicada a demostrar que la importancia del voto positivo era a favor de los hermanos, las tías, los hijos, las primas, los vecinos, es decir a favor de la familia que los recalcitrantes insistían en que sería devastada por las hordas de los perversos a los que había que regresar a los asilos y los colegios religiosos al estilo del padre Fortune, capaces de rivalizar con el castillo en el que se encierran los libertinos de Las 120 jornadas, de Sade.

Las madres irlandesas sin embargo difirieron.

—Votaré a favor de la enmienda —dice una abuela al salir de la iglesia— porque mi nieto es homosexual y yo estoy orgullosa de él.

—¿Y qué le parece lo que dicen los curas?

—Que digan misa —dice la anciana que representa lo que muchas mujeres de varias generaciones piensan.

—Queremos una Irlanda inclusiva —dice un padre de familia en el noticiero de la noche—, basta de sufrimientos injustificados.

El viernes 22 de mayo registró el mayor aumento de votantes en los últimos tiempos. Sin embargo, aunque por la tarde el resultado parecía favorecer el voto positivo, el país se mantuvo en vilo hasta que por la noche los noticieros comenzaron a decir que según las últimas encuestas el resultado favorecía la igualdad.

El sábado 23 fue un día excepcional para quienes apoyaron la enmienda. En un país que hasta hace poco estaba bajo la férula intolerante de la Santa Madre —siempre contraria a la naturaleza humana—, acogía el cambio sorprendiendo al mundo y dándole una lección de solidaridad. Más del 60 por ciento había votado en contra de la discriminación. En adelante el sexismo sería tan inexpresable como el racismo. Una auténtica revolución cultural.

—Leímos mal los signos —declaró al día siguiente el arzobispo de Dublín.

Otros jerarcas fueron menos diplomáticos y en algunos reductos insistieron en la condena contra los perversos que mostrarían su alegría salvaje en la marcha gay celebrada el sábado 27 de junio. Esa mañana se reunieron frente al Jardín de la Memoria hadas y faunos, monjas barbadas y forzudos a bordo de Cadillacs convertibles, batallones de ninfas, mujerones altísimos que se desplazaron sinuosamente al mediodía con suavidad de tigres de Siberia bajo un arco iris triunfal que afirmaba "el futuro es la igualdad".

No todos los que asistieron a esta marcha son seres mitológicos. Los hubo comunes, familiares que fueron a demostrar su apoyo a quienes han dejado de ser considerados "diferentes", eufemismo políticamente correcto para referirse a una opción erótica que hasta hace poco se consideraba una desgracia. Esta marcha los ha convocado para celebrar un triunfo que reúne diversas generaciones y que hace de Dublín una auténtica comunidad. La sensación de bienestar social no se agota en la marcha. Hoy se respira otra atmósfera en una ciudad verídicamente "abierta".

Días después tengo la oportunidad de felicitar a Mary McAleese, ex presidente de Irlanda, por su decidido apoyo a la campaña a favor de la igualdad. Su voz fue fundamental porque no solo es especialista en ley canónica sino también católica confesa del norte de Irlanda.

—Ah —me dice estrechándome la mano— fue un apoyo dictado por el amor.

Entiendo lo que me dice: Mary McAleese habla también como madre.

—Ojalá otros países sigan el ejemplo —le digo y pienso en México, donde hay quienes valerosamente rechazan ser "tolerados".

Sonreímos recordando a las miles de personas que desfilaron el 27 de junio avanzando del norte al sur de la ciudad para cruzar el río Liffey en compañía de familiares y amistades. Desde entonces el futuro abre igualmente puertas para quienes sentían que debían pensar, opinar y actuar de acuerdo con una cultura que los oprimía.

—En 1982, cuando un joven fue asesinado en la calle acusado de ser gay, se convocó a una marcha. Yo no asistí y lo lamento—, dice Mary.

Una de las consecuencias del voto a favor de la igualdad es que afecta a quienes sentían que su identidad estaba a salvo de cualquier cuestionamiento. El 23 de mayo abre una puerta hacia el porvenir.

—Me siento liberado —dice James hoy— y creo que algo semejante debe sucederle a muchos heterosexuales que como yo deben definirse de cara a la libertad. Este referéndum no es solo a favor de la gente gay sino también de quienes hemos vivido oprimidos.

—"Tá" —brinda afirmativamente por el futuro.

—"Tá" —repito en una lengua que ya no me para nada es ajena.