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Domingo , 19.08.2018 / 22:53 Hoy

Los demonios de La Habana

"Que Cuba se abra al mundo", pidió Juan Pablo II durante su estancia en la isla en 1998, y en esta crónica de los entretelones de esa visita descubrimos estampas de la intensa, romántica y empobrecida vida habanera que recibió entonces a Karol

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En enero de 1998, atendiendo a una invitación de Fidel Castro, el papa Wojtyla viajó a Cuba. En cuanto aterrizó en La Habana lanzó, en su correcto español trastabillante, el siguiente mensaje: "Que Cuba se abra al mundo, y que el mundo se abra a Cuba". En aquella visita de Wojtyla ya se gestaba, hace 17 años, esa apertura que la isla empieza a experimentar.

Yo estaba en La Habana aquel enero de 1998, había ido a cubrir la visita histórica, junto con dos colegas, para el programa de televisión En blanco y negro, que conducían Javier Solórzano y Carmen Aristegui. Lo de cubrir quizá sea exagerado, pues nuestra misión se concentraba en una cápsula, transmitida en directo por teléfono, que Javier y Carmen insertaban en su programa y, según el caso, interactuaban con nosotros para puntualizar alguna información. Las cápsulas eran más bien de color, trataban de describir el fenómeno, fascinante, de la presencia del jefe de la Iglesia católica, en aquella isla cuya religiosidad está acaparada por la santería.

Antes de la llegada del Papa, el gobierno cubano difundía en el periódico, en la radio y la televisión, los rudimentos de la religión católica y las partes más vistosas de una misa y, ya con Wojtyla en la isla, los locutores que semanas antes habían adoctrinado a la población, narraban la misa como si se tratara de un partido de beisbol, por ejemplo, en la multitudinaria misa de la Plaza de la Revolución, donde el Papa habló flanqueado por Fidel y Raúl Castro, y por Gabriel García Márquez, el locutor narraba: "Lo que trae el Papa en la cabeza es una mitra: el gorro que se utiliza en las grandes solemnidades".

Para redondear la información católica que difundían los medios de comunicación, el gobierno enviaba unas brigadas que repartían panfletos informativos en los que se explicaba, por ejemplo, el significado de la comunión, o un minibiopic de Jesucristo. La información era imprescindible, porque los cubanos que habían nacido después de 1959, el año de la Revolución, no tenían ni idea de la religión que promocionaba el Papa en la isla.

La gira papal fue del 21 al 26 de enero, y nosotros llegamos unos días antes para recoger testimonios que nos ayudaran a ilustrar las cápsulas. Alquilamos, con la ayuda de un productor discográfico español que tenía excelentes relaciones con el régimen, una casa en el barrio de El Vedado, con cuatro habitaciones, una espaciosa sala y un gran comedor que nos servía de mesa de trabajo para valorar el material que recopilábamos durante el día y editar los sonidos que transmitiríamos en la llamada nocturna. Las transmisiones en directo en el siglo XX eran un circo, había que conectar la grabadora a unos "caimanes", que eran dos cables que se enchufaban a los del auricular del teléfono, que previamente había que despanzurrar.

Yo había estado en La Habana, antes de 1998, unas diez o 12 veces, en todos los formatos: de vacaciones, de trabajo, de búsqueda espiritual, de aprendiz de brujo y nunca había vivido en la ciudad la efervescencia diabólica que había durante esos días previos a la llegada de Su Santidad. Teníamos la sensación inequívoca de que esos días en La Habana andaban sueltos todos los demonios, quizá porque el gobierno los había dejado salir para tener entretenida a la multitud de periodistas de todo el mundo que abarrotaban hoteles y casas de alquiler.

La dueña de la casa donde nos hospedábamos se llamaba Nereida, ella misma se encargaba de la intendencia y de hacer los desayunos; nos despedía cuando íbamos a trabajar y nos recibía muy amablemente a altas horas de la madrugada, cuando volvíamos de las fiestas salvajes de cada noche.

Cuando aterrizamos en La Habana, nos recibió el productor discográfico español vestido con un traje de piel negra y nos llevó a su casa, a tomar una copa de bienvenida, en un Mercedes Benz nuevo, largo y azul, que resaltaba violentamente en las avenidas donde circulaban exclusivamente vetustos coches rusos de 1959. Mientras llegaban los tragos, que preparaba un barman junto a la alberca, el productor se fue a atender un asunto a su oficina y nosotros aprovechamos para intercambiar discretamente puntos de vista; el Mercedes, el trajecito de Jim Morrison y, sobre todo, lo mucho que ese productor andaluz, que había hecho fortuna en Barcelona, nos recordaba al Pijo Aparte, el entrañable personaje de la novela Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé; todo dicho en voz muy baja y cuidándonos de que no fuera a oírnos nadie.

Bebimos un par de tragos y después el productor nos llevó a la casa de doña Nereida. En el camino nos dijo, sin venir a cuento y con una seriedad que me produjo un escalofrío, que su novela favorita era Últimas tardes con Teresa, que le encantaba el Pijo Aparte y que no entendía cómo había gente que se mofaba de ese personaje heroico. El comentario nos dejó mosqueados, ¿tenía micrófonos en su casa y había desaparecido con la intención de oír que decíamos?

La noche siguiente, con el material que habíamos recopilado durante el día, transmitimos la primera cápsula en el programa de Carmen y Javier, despanzurramos el auricular, ante la mirada de pánico de doña Nereida, conectamos los caimanes y hablamos, durante quince minutos, de los preparativos para la llegada del Papa y de los demonios que andaban sueltos por La Habana, y que ya habíamos percibido desde ese primer día.

Al día siguiente, sobre las 10, nos despertó doña Nereida para decirnos que había un agente del gobierno que quería hablar con nosotros. Exhibimos nuestras acreditaciones de prensa y explicamos en qué consistían nuestras transmisiones. Él dijo, con lujo de terminología técnica, que nos habíamos extralimitado con eso de los demonios habaneros. Pensamos que el teléfono estaría intervenido porque, ¿de qué otra forma podía alguien enterarse de lo que habíamos dicho en un programa de televisión en México? ¿O habría sido doña Nereida la que los había contado? Esa noche solo pudimos transmitir la cuarta parte de la cápsula que teníamos preparada, porque el teléfono murió súbitamente y no hubo forma de recuperarlo.

De manera paralela a las transmisiones nocturnas, yo había prometido enviar artículos al periódico en el que escribía, desde la oficina de un empresario mexicano que nos había ofrecido su computadora con internet. Al llegar nos encontramos con el personal cubano que nos dijo que el empresario no estaba en Cuba y que no podían permitirnos usar el internet. Buscando una solución terminé comprando una ruinosa Olivetti a un vecino de doña Nereida y mandando por fax, desde el hotel Meliá Cohiba, mis artículos a máquina, con las letras que faltaban completadas a mano.

Después de la segunda transmisión, no tuvimos más remedio que contarle al empresario discográfico español de la muerte inopinada del teléfono, y él nos dijo que de su casa no podíamos hacer la transmisión, pero que iba a llevarnos a la casa de unas amigas suyas, con teléfono, que tenían organizada una fiesta. Una fiesta loca, desde luego, que nos obligó a meter el teléfono al baño y despanzurrarlo encima de la tapa del retrete para poder hacer tres cuartas partes de la cápsula porque, cuando íbamos a tocar el tema de los diablos que andaban sueltos, la llamada volvió a cortarse.

Al día siguiente hablamos con el productor del programa de Carmen y Javier, para explicar la situación, y descubrimos que, curiosamente, la llamada no se cortaba si no salía al aire. Durante los siguientes siete días, tratando de huir de esa misteriosa censura, transmitimos, unas veces con más fortuna que otras, pero siempre interrumpidos por la muerte súbita del teléfono, desde la casa de un vecino, desde tres paladares (restaurantes de cuentapropistas), desde el consultorio de un médico, desde la casa de Arbolito, y desde una discoteca donde una selecta multitud de la prensa internacional esperaba, saltando al ritmo de los Red Hot Chili Peppers y hasta las cejas de estimulantes, la llegada de Su Santidad.

En aquellas fiestas, pero también en restaurantes y paladares, en salones de baile y en las calles de la zona donde deambulaba la prensa, había nutridos grupos de chicas o, según el caso, de chicos dispuestos a jinetear a quién les hiciera un guiño, a irse con quien fuera a cambio de un dólar, de dos pilas Duracell o de una pastilla de jabón. En cada sitio donde nos deteníamos nos salía al encuentro una turba de mujeres ansiosas que quería irse con nosotros adonde fuera, parecía que alguien las azuzaba y que la policía, que normalmente controlaba esas situaciones, se hacía de la vista gorda. Una noche transmitimos desde la casa de Arbolito, se llamaba así, supongo, porque era tan bella como un árbol de naranjas. ¿Cómo podía esa mujer, que en cualquier país de occidente sería la esposa de un ministro, ofrecerse con ese desparpajo? El caso es que Arbolito, al ver nuestra desesperación por encontrar un teléfono, nos ofreció el de su casa, que estaba en el Centro. Entramos a un departamento sin luz, de paredes carcomidas, sin muebles, con los techos muy altos y el suelo repleto de cuerpos dormidos. Había, cuando menos, 30 personas durmiendo en la sala. Alumbrando el suelo con la llama de un encendedor, dando pasos cuidadosos para no pisar los cuerpos, llegamos hasta el rincón donde estaba el teléfono. "Ese es mi marido", dijo Arbolito, señalando un cuerpo dormido en medio del tumulto, al fondo de una habitación.

Una noche regresamos a la casa en el único taxi que recorría La Habana a esas horas, el taxi era el coche ruinoso y ruso de un particular, que ya llevaba cinco pasajeros cuando nos recogió. Al llegar a nuestro destino nos quiso cobrar 50 dólares por un trayecto que no llegaba a los cinco. Después de una violenta discusión le dimos 10. Una hora después oímos un escándalo en la sala y cuando salimos nos encontramos con doña Nereida tratando de impedir que dos muchachos, que decían ser los dueños del taxi, nos golpearan con los palos que agitaban furiosos frente a su cuerpo diminuto.

Otro día estábamos esperando a que pasara el papamóvil, ese raro vehículo que emocionaba más a los cubanos que Su Santidad, cuando recordé que había olvidado los caimanes. Regresé a la casa y, en cuanto entré, vi que en el comedor estaba sentada doña Nereida, acompañada por una familia de 12 personas, en la que había individuos de todas las edades. Antes de que pudiera decir nada, Nereida me explicó que era su familia y me suplicó que no dijera nada, porque si la policía se enteraba iba a meterse en un lío, le iban a prohibir alquilar su casa a extranjeros e iba a perder la única forma de ganar dinero que tenía su familia. Pregunté que dónde vivían y me dijo que ahí mismo, en esa casa donde llevábamos 10 días viviendo sin ver a nadie más que a ella. ¿En dónde?, pregunté asombrado, y ella me llevó a una oscura alacena, de dos metros cuadrados, que estaba detrás de la cocina. "Aquí", me dijo.

Que Cuba se abra al mundo, dijo el Papa hace 17 años y su deseo, articulado por Barack Obama, empieza a cumplirse. Los inversionistas occidentales ya entran a saco en el mercado cubano y muy pronto no quedará ni rastro de aquella Habana social y revolucionariamente orientada, pero oscura y miserable, de 1998. Vendrá una época de esplendor económico, de intenso mimetismo con Miami pero, ¿qué habrá para esos cubanos que llevan años hundidos en la miseria?

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