Cuatro lecciones del genocidio

Tras seis semanas de juicio, la Corte de Apelaciones de París acaba de condenar a 25 años de cárcel al primer juzgado en Francia por la masacre de 800 mil tutsis en Ruanda, en 1994.
El líder de Ruanda, Paul Kagame, en la conmemoración del genocidio.
El líder de Ruanda, Paul Kagame, en la conmemoración del genocidio. (EFE)

París

Hace unos días se llevó el primer proceso realizado en Francia sobre el genocidio de los tutsis en Ruanda, ocurrido entre abril y julio de 1994. El acusado, el capitán Pascal Simbikangwa, fue hallado culpable de genocidio y de complicidad en crímenes contra la humanidad por la Corte de Apelaciones de París y condenado a 25 años de cárcel al cabo de seis semanas de proceso excepcional.

Esto porque es la primera vez que el crimen contra la humanidad incluido en el código penal francés en 1994 es apelado, el "crimen de crímenes", al cual no se había recurrido desde el proceso de Maurice Papon en 1997 (Papon, 1919-2007, alto funcionario francés, colaboró con los nazis en la persecución de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, siendo procesado y condenado a prisión como criminal de guerra. N. del T.). También es la primera vez en Francia que una corte se pronuncia sobre el genocidio en Ruanda.

El veredicto fue objeto de apelación y el proceso dio pie a numerosos interrogantes: ¿por qué se llevó a cabo en Francia? ¿Cuál es la legitimidad de la justicia francesa? (el actual gobierno en Ruanda, de la minoría tutsi, acusa a Francia de corresponsabilidad de la masacre, al respaldar a la mayoría hutu que gobernaba el país en 1994). ¿Cómo juzgar hechos que se desarrollaron a miles de kilómetros de Francia? Por último, ¿qué enseñanzas pueden ser extraídas de un proceso poco común?

Lo primero es que la competencia universal de las jurisdicciones francesas, que le permite juzgar hechos cometidos por extranjeros fuera del territorio francés para crímenes de genocidio y contra la humanidad, no es una expresión vana. Dicha competencia fue poco utilizada en las últimas décadas y más bien parecía ser objeto solo de debates universitarios. Pero su aplicación práctica para los crímenes más graves reafirma su existencia teórica en el derecho francés, así como su legitimidad.

La segunda enseñanza que se hizo evidente en las últimas seis semanas de debates y audiencias, en particular de expertos, historiadores, sociólogos y testigos de los hechos, es la necesidad reforzada de un trato específico de los casos de crímenes contra la humanidad, según fue instituido en el Tribunal de Primera Instancia de París (ley del 13 de diciembre de 2011). La búsqueda de las pruebas en materia de crímenes contra la humanidad es por naturaleza compleja. Además de la voluntad de los genocidas de borrar las pruebas de sus actos y de que ningún testigo sobreviva, los hechos a juzgar son antiguos y ocurrieron lejos de las fronteras francesas. Para realizar un juicio imparcial como éste, es indispensable mantener en activo el polo de magistrados, investigadores y expertos especializados, con medios específicos y consecuentes.

La tercera enseñanza es la victoria o más bien una victoria sobre la impunidad. Pascal Simbikangwa fue arrestado en Mayotte, donde residía desde hacía muchos años. Su condena marca una victoria para las asociaciones de víctimas y, más ampliamente, es una fuerte señal enviada a todos los genocidas presentes o futuros que están en Francia.

La última enseñanza es la necesidad de procesos como este para contribuir a la memoria del genocidio de los tutsis. No se trata a través del proceso de un hombre de pretender escribir la historia de Ruanda. Pero es innegable que la voz de las víctimas escuchada durante el proceso y las audiencias de los expertos contribuye a luchar contra el olvido, la banalización del genocidio y su negación creciente. El antónimo del olvido no es tanto la memoria como la justicia y este primer proceso en Francia contribuye en su medida a ello.