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Jueves , 20.09.2018 / 17:43 Hoy

La izquierda salva la cara, pero no los muebles

El Partido Socialista obtuvo el peor resultado en lustros, y la derecha de Sarkozy se impone ante la ultraderecha.

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Como suele ocurrir, los electores burlaron los pronósticos. Al menos en apariencia. En vísperas del primer turno del escrutinio departamental, los augurios anunciaban una nueva arremetida triunfal del Frente Nacional (ultraderecha), una desbandada de la izquierda en general y de los socialistas en particular, y un resultado mitigado de la UMP (Unión por un Movimiento Popular, conservador) y de sus aliados, a imagen del regreso sobrio de Nicolas Sarkozy al frente de su partido, hace cuatro meses. Todo esto con el telón de fondo de una abstención récord.

Sin embargo, en la noche del domingo 22 de marzo, cada uno pudo lucirse, sin contorsiones excesivas. Si bien se mantiene muy elevado (49 por ciento) y continúa expresando la desconfianza profunda de los ciudadanos de cara a las rivalidades políticas, el nivel de abstención retrocedió respecto de las elecciones cantonales y de las europeas. Con cerca de 21% de los sufragios, contra 14% en las europeas de 2014, el Partido Socialista no sufrió la humillación prevista. Y el primer ministro, Manuel Valls, que se comprometió enérgicamente en el campaña, se reconfortó de este ejercicio "honorable".

Con cerca de 30 de los votos, la UMP, asociada a la UDI (Unión de los Demócratas e Independientes, centroderecha), no se vio eclipsada, sino al contrario. Lejos de ser acosada, o incluso aventajada por la extrema derecha, llegó claramente a la cabeza en la primera vuelta, y Sarkozy no dudó en ver en este resultado la primera etapa de la "alternancia en marcha".

En cuanto al Frente Nacional, si bien no realizó su sueño de ser "el primer partido de Francia", confirma y consolida su implantación local, iniciada en las municipales de hace un año. Con más de 25% de los sufragios, se impone claramente como la tercera fuerza —triunfante— de la vida política francesa.

Pero esta constatación, donde cada uno pudo sacar provecho, no alcanza para esconder las tendencias de fondo de la primera ronda de las departamentales.

La primera es, precisamente, la tripartición del espacio político. En un país donde las instituciones y las formas de escrutinio dieron pie, desde hace medio siglo, a la competencia y la alternancia de la derecha y de la izquierda, la instalación sólida del Frente Nacional en posición de aspirante al poder va a poner de manera perdurable patas arriba las reglas del juego. Y lo hace más imprevisible.

La segunda enseñanza es que, tres años después de la elección de François Hollande, Francia se ha inclinado masivamente a la derecha.

Si bien la izquierda salvó la cara, está muy lejos de haber salvado los muebles. Con casi 36% de los votos, registró su peor resultado desde hace varios lustros, excepción hecha del escrutinio cantonal de 1992.

Más allá del voto-castigo que afecta a toda mayoría a medio mandato, ella ha sufrido particularmente por su dispersión y sus divisiones. Desde ya eliminada en más de una cuarta parte de los cantones, se ve amenazada —salvo una movilización excepcional— de ser derrotada en la mitad, incluso más, de los 61 departamentos que dirige.

En cuanto a la derecha, todo le garantiza una muy amplia victoria el 29 de marzo, la noche de la segunda vuelta: la forma de escrutinio, su enraizamiento local y lo que resta de reflejos "republicanos" entre los electores de izquierda, de los cuales muchos querrán cerrarle el paso al FN.

Precioso para Nicolas Sarkozy, el éxito no resuelve, no obstante, las incertidumbres estratégicas de la UMP en la perspectiva de la próxima elección presidencial.

Entre la extrema derecha que la amenaza y el centroderecha, donde tiene una necesidad vital de prevalecer, la vía es de las más inciertas.

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