El arte de engañar

La sociedad mantiene elevadas tasas de relaciones extramaritales, lo que genera una industria tecnológica para ocultar o descubrir su práctica; cámaras, micrófonos, y detectives se utilizan para ...

París

Recientemente en la capital francesa sucedió un hecho que para algunos podría haber pasado como mera consecuencia de un fenómeno físico y para otros como una alusión metafórica de la pareja actual en la sociedad gala. Una de las vallas del Pont des Arts sucumbió al peso de cientos de candados que, como gangrena del hierro, colmaban su estructura. En efecto, desde hace algunos años, los enamorados que pasan por ahí suelen sellar su dicha cerrando un candado en la valla del puente y arrojando la llave al Sena. Era de esperarse que tanto peso añadido durante años afectara la estructura. De igual modo y sin ser precisamente un puente, la pareja en Francia está cediendo por el peso de la infidelidad. (Por cierto, otro daño colateral del que poco se habla es el de las llaves que terminan en el río; pero éste, al igual que las consecuencias del amor roto, tarda en salir a flote).

 

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Francia es un país cuya sociedad trata de mantener el ritmo al que baila Occidente hoy en día, y mal que bien lo consigue. Sin embargo, las consecuencias de la vida moderna son las consabidas: la economía prevalece sobre los demás aspectos. Pero no es el único obstáculo al que debe hacer frente la armonía familiar. En esta era de la información, la sociedad francesa —y muchas otras— comienza a resentir algunos efectos secundarios.

Los dos últimos presidentes de Francia son buenos ejemplos de la inestabilidad conyugal en este país. Meses después de su arribo al Palais de l’Elysée en 2007, Nicolas Sarkozy soltó la bomba de su divorcio y posterior relación con su actual esposa, Carla Bruni. Misma situación para el actual presidente François Hollande, quien sumido en un mar de críticas por su mandato, a principios de año agregó más fuego a la hoguera al separarse de su tercera esposa, Valérie Trierweiler, y hacer semioficial su relación con la actriz Julie Gayet.

En Francia el adulterio dejó de estar penado por la ley del 11 de julio de 1975. Estrictamente, esta falta no es motivo de divorcio, aunque depende de los hechos concretos de cada caso para que un juez pueda decidir lo contrario. Por otro lado, a menudo se recurre a un argumento naturalista para explicar esta pulsión humana: la fidelidad es un concepto cultural impuesto por la sociedad que dicta los códigos sobre cómo llevar las relaciones sentimentales. De lo que se desprende que la infidelidad es una cuestión biológica inherente al ser humano y por ende natural.

En el país del amor no son pocos los motivos que promueven el vagabundaje extraconyugal: según datos del sitio de encuentros extramaritales gleeden.com, 60 por ciento de hombres y mujeres casados o en pareja han engañado al compañero al menos una vez durante la relación. Y si bien las maisons closes y los partouzes son cosa del pasado, la realidad es que en la Francia urbana dos de cada tres matrimonios terminan disolviéndose. Todo esto ha contribuido a situar al país en una posición alta en la liga de la infidelidad.

Una de las frases más comunes que se puede escuchar, sobre todo en París, en las conversaciones cotidianas es: “A final de cuentas, todo mundo se separa”. Cabe añadir que si no se separan, las parejas deben seguir viviendo bajo el mismo techo debido a motivos económicos pues, en efecto, divorciarse en Francia, sobre todo cuando hay hijos de por medio, es cosa de ricos. Afrontar el mantenimiento de dos hogares es algo que muchas parejas ven como un suplicio peor al de tolerar al compañero en turno. De modo que la solución para sobrellevar esta vida de roommates es el sucedáneo de la infidelidad. Algunas parejas lo aceptan sin más, otras evitan hablar de ello como si fuera tabú, un mal necesario que hace las veces de cemento social.

 

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La era de la informática ha sabido explotar este nicho como lo ha hecho con todas las áreas de oportunidad en el mundo. El flujo de la información al que está acostumbrada la sociedad contemporánea es un sustrato para la aventura amorosa, pero a la vez un campo sembrado de pistas delatoras. Esto ha propiciado el nacimiento de sitios de internet para encuentros extraconyugales como Meetic, Ashley Madison o Gleeden cuyos abonados se cuentan por cientos de miles. Pero también para sitios cuyo propósito es cuidar la espalda del infiel: French-alibi o Sos-agence-alibi que básicamente son generadores de mensajes o telefonemas destinados a crear una coartada. Y también, por supuesto, para sitios que buscan precisamente lo contrario, desenmascarar la infidelidad con fines muchas veces económicos, como los divorcios ventajosos o divorcios que tienen como fin ganar la custodia de los hijos, si los hay. Además, este fenómeno también ha representado un renacimiento de los detectives privados, una profesión que parecía haber quedado en el baúl de las historias, y quienes ahora han revivido para encontrar esa prueba definitiva y delatora. De igual modo los dispositivos electrónicos de espionaje han vuelto a la escena, las llamadas “moscas” que pueden interferir celulares o teléfonos fijos, además de cámaras y otros aparatos de espionaje.

Como puede verse, la infidelidad tiene ese otro aspecto mercantil en torno a ella, y que ha creado su correspondiente mercado.

 

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Según estadísticas del Instituto Francés de Opinión Pública (IFOP) el infiel par excellence en Francia corresponde a un hombre mayor de 50 años, con un nivel socioeconómico alto y de tendencia política de izquierda, con 46 por ciento, contra 40 por ciento de un hombre de derecha. Cabe hacer notar que en el estudio del IFOP, entre mayor es el nivel socioeconómico mayor la proclividad a la infidelidad, concretamente para las mujeres quienes con altos puestos de trabajo presentan un porcentaje de 63 por ciento contra 47 por ciento de hombres en puestos similares. Sitios como Gleeden, enfocado en la infidelidad femenina, han hecho que las cifras en el mundo de las mujeres con poder adquisitivo, se disparen.

Sin embargo, tomando en cuenta las estadísticas en general, la infidelidad en Francia sigue siendo un fenómeno masculino: del 43 por ciento de población infiel que arrojó el estudio del IFOP, 55 por ciento son hombres. También es un hecho que la propensión a engañar a la pareja se ha incrementado en los últimos 40 años; en 1970 era de 19 por ciento y para 2001 aumentó a 30 por ciento. Estas cifras, de acuerdo al estudio, van muy apegadas con el desarrollo de las telecomunicaciones.

Ahora bien, la infidelidad puede ser no solo un acto físico, sino que puede tratarse de una infidelidad pasiva o de pensamiento, concretamente juegos de seducción, flirteo y todo tipo de fantasías que no van más allá. Las cifras para este tipo de infidelidad son sensiblemente superiores: 70 por ciento de hombres y mujeres sueñan por ejemplo hacer el amor con otra persona diferente a su pareja. De igual modo, otro registro que sorprende es la cuestión del remordimiento tras un acto de infidelidad. En este sentido, las francesas presentan el menor grado de culpabilidad no solo frente a los hombres franceses sino en general en Europa: solo 21 por ciento admite sentirse culpable por el hecho de haberle sido infiel al consorte.

Francia es un país donde todo se juega mediante de la seducción. Esto ha sido validado desde hace siglos, y durante mucho tiempo se quedaba solo en la seducción. La sociedad francesa actual opina diferente, pues uno de cada tres franceses estaría dispuesto a engañar a su pareja si estuviera seguro de que nadie podría enterarse. Otro aspecto que ha vuelto más laxa a esta sociedad es la noción de la fidelidad. El concepto de “exclusividad sexual” tiende cada vez más a ser escindido del concepto de fidelidad, en otras palabras: 63 por ciento de las parejas piensan que es posible amar a alguien aun teniendo relaciones sexuales con otra persona.

Cualquiera que sea el caso, en general las mujeres son menos proclives a aceptar las conductas extramaritales y son ellas quienes favorecen más la idea de la fidelidad eterna. Sin embargo, y como corolario, hay una suerte de lema inherente a los principios del sitio Gleeden: los hombres engañan más pero las mujeres engañan mejor.